El informe Mancini CAPÍTULO XXVI #3
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CAPÍTULO XXVI #3

—No creas que hay tanto misterio en ello.

Las biomoléculas que formaron las primeras células, las células procariotas, los primeros seres vivos en la tierra, se crearon de forma natural.

Primero dieron origen a los ácidos nucleicos, especialmente al ARN, que, en presencia de agua y a la presión y temperatura correctas, puede replicarse espontáneamente.

Posiblemente eso fue lo que ocurrió hace unos tres mil quinientos millones de años.

Desde entonces, la evolución nos ha traído a todos hasta aquí.

Puede también que ese proceso ocurriera en alguna estrella lejana o en alguno de sus satélites.

No es descabellado suponerlo. Luego, la estrella murió por explosión, como mueren todas las estrellas (incluido el sol, estrella al fin) y algún trozo físico en forma de meteorito, o más bien de cometa, llegó aquí y, cuando las condiciones físicas y químicas lo permitieron…

, ¡la maravilla! Te digo esto, porque me consta que en algunos cometas se han descubierto todos los elementos necesarios para la vida.

Con las ideas claras de qué era el aikido, a la mañana siguiente Fabricio y Giovanni se presentaron en el tatami vestidos de chándal.

La tarde anterior Fabricio le había estado hablando al chico de aquellas teorías y pensó que no le vendría nada mal para su formación combinar un poco de filosofía con el deporte y la defensa personal.

A fin de cuentas, la vida, al menos la humana, seguía siendo un infierno y no estaba de más estar preparados.

Al chico le gustó y a Fabricio también, así que todas las tardes, generalmente a las seis, ambos se presentaban a sus clases.

Los primeros días solo aprendieron a respirar mientras se movían; estar bien oxigenados era fundamental para controlar el estrés, el miedo y la razón.

Después llegaron las clases que les ayudaban a potenciar su cuerpo.

El hermano Pedro llamaba a la técnica el ki .

Consistía esencialmente en el poder de persuasión de cada uno.

Según la teoría, era el potencial necesario para hacer fluir la corriente energética a lo largo de nuestros brazos hasta sus extremos, la punta de cada dedo de la mano, y proyectarla al exterior.

Tal y como una bomba impulsaría el agua que circula por una cañería.

Cuando hubieron dominado la técnica, empezaron con el hara .

Otra filosofía que argüía que el ser humano, como cualquier otro cuerpo físico, consta de tres dimensiones y posee un centro de equilibrio, lugar en el que concurren todas las fuerzas y tensiones que soporta según los principios de la ley de la gravedad y la estática.

Decía Pedro que ese centro era el punto de intersección de todas las simetrías espaciales y se ubicaba en nuestro abdomen, a unos cuatro centímetros por debajo del ombligo.

Era en realidad, según la teoría, el centro de intersección de dos planos, uno vertical y otro horizontal.

El primero dividía al cuerpo en izquierda y derecha; el segundo, en superior e inferior.

El principio era hallarlo para pivotar sobre él describiendo un círculo perfecto que no permitiría jamás al adversario alcanzarte si hacía alguna tentativa para entrar en tu esfera, una esfera cuyos límites eran los de tus extremidades, por supuesto.

—Si te desplazas sin armonía, sin utilizar el centro de gravedad como base de tu círculo, el adversario penetrará fácilmente en tu esfera y te dominará —decía el profesor continuamente y luego añadía—: El adversario es otra esfera que rueda hacia nosotros con centro de gravedad en su hara .

El siguiente paso era el haragei , que no es más que conocer y adiestrar el hara .

—¿De qué modo? —nos preguntaba el hermano Pedro mirándonos continuamente a los dos para luego continuar—: Primero: adoptar una postura vertical al estar de pie, sentado o arrodillado.

Segundo: relajar todos los músculos, pero mantener una ligera tensión en el abdomen.

Tercero: concentrar la mente en el hara .

Cuarto: respirar lenta y profundamente (respiración completa) evitando hinchar excesivamente el vientre al inspirar y ahuecarlo al espirar, fase que se prolongará un poco más que la de la inspiración y en la que se mantendrá una ligera tensión en el abdomen.

»Controlada esta técnica, llegó el aikido y, con él, la base de este, el movimiento circular.

»Al principio nos cuesta mucho controlar las trayectorias circulares —continuaba el hermano Pedro—.

Nos falta hábito, pero con constancia se domina: es entonces cuando descubrimos la eficacia de estos movimientos.

Los cuerpos, cuando giran, experimentan dos fuerzas: la centrífuga, que tira hacia el exterior, y la centrípeta que lo atrae hacia el centro de rotación.

El cuerpo aikidoca debe comportarse así.

A su paso, arrastra o aparta todo lo que hay en su radio de acción, el cual está delimitado por sus extremidades extendidas. Así materializa el hara .

Giovanni aprendió la lección con facilidad, su cuerpo flotaba sobre el tatami, a Fabricio le costó mucho más, tenía menos elasticidad y sus vértebras le jugaron alguna mala pasada en forma de vértigos, algunos mareos y vómitos, muchos vómitos.

Pero el sacrificio mereció la pena: a partir de ahí, todo lo demás fluía como el agua de una cantarina fuente.