CAPÍTULO XXVI #2
Aquello sí que era una revelación: un monje católico hablando de la igualdad biológica de todos los seres vivos.
—¿Qué piensas?
—Nada —contestó.
No le apetecía iniciar un debate entre la fe católica y la ciencia.
Pero era verdad que durante aquellos días la había perdido; nunca fue un buen cristiano, nunca creyó en milagros, en vírgenes que dan a luz, en seres que resucitan, pero, desde los sucesos de Roma, como el mismo había bautizado a todo aquel embrollo que lo había abducido, ya no creía en nada.
—¿Ha oído hablar del Dios de Einstein, hermano Pedro?
—No —contestó sosegadamente acompañando la negación con un gesto.
—Durante su vida, mucha gente le preguntó a Einstein si creía en Dios.
Es una pregunta que se le hace mucho a los científicos.
La gente tiende a pensar que, cuanto más conocimiento adquiere una persona, más descreído se vuelve.
De alguna manera, intuye que ambos conceptos en un mismo cerebro son inversamente proporcionales y que juntos suman una unidad.
—El hermano Pedro escuchaba atentamente sin interrumpir—.
Cada vez que le hacían la pregunta, él, invariablemente respondía: «Creo en el Dios de Spinoza».
¿Sabes quién es Baruch de Spinoza? —El hermano negó con un gesto, pero era evidente que no le molestaba la conversación—.
Fue un filósofo holandés considerado uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII, junto con Descartes y Hume.
Para él, Dios era la naturaleza y su única parábola, la que su Dios hubiera dicho, sería: ¡Deja ya de estar rezando y dándote golpes en el pecho!
Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.
Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.
¡Deja ya de ir a esos templos lúgubres, oscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi casa! Mi casa está en las montañas, en los bosques, en los ríos, en los lagos, en las playas. Ahí es en donde vivo y ahí expreso mi amor por ti.
¡Deja ya de culparme de tu vida miserable!
Yo nunca te dije que había nada mal en ti o que eras un pecador o que tu sexualidad fuera algo malo.
El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría.
Así que no me culpes a mí por todo lo que te han hecho creer.
¡Deja ya de estar leyendo supuestas escrituras sagradas que nada tienen que ver conmigo! Si no puedes leerme en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de tu hijito, no me encontrarás en ningún libro.
¡Confía en mí y deja de pedirme! ¿Me vas a decir a mí cómo he de hacer mi trabajo? Deja de tenerme tanto miedo. Yo no te juzgo, ni te critico, ni me enojo, ni me molesto, ni castigo. Yo soy puro amor.
¡Deja de pedirme perdón, no hay nada que perdonar!
Sí, yo te hice…, yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias…
, de libre albedrío. ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti?
¿Cómo puedo castigarte por ser como eres si yo soy el hacedor?
¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal por el resto de la eternidad? ¿Qué clase de Dios puede hacer eso?
¡Olvídate de cualquier tipo de mandamientos, de cualquier tipo de leyes! Esas son artimañas para manipularte, para controlarte, que solo crean culpa en ti.
¡Respeta a tus semejantes y no hagas lo que no quieras para ti! Lo único que te pido es que pongas atención en tu vida, que tu estado de alerta sea tu guía.
¡Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso! Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.
¡Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro!
Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.
No te podría decir si hay algo después de esta vida, pero te puedo dar un consejo: vive como si no lo hubiera, como si esta fuera tu única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.
Así, si no hay nada, pues habrás disfrutado de la oportunidad que te di.
Y si lo hay, ten por seguro que no te voy a preguntar si te portaste, bien o mal.
Mis preguntas serían: ¿te gustó?, ¿te divertiste?
, ¿qué fue lo que más disfrutaste?, ¿qué aprendiste? …
¡Deja de creer en mí! Creer es suponer, adivinar, imaginar. Yo no quiero que creas en mí, quiero que me sientas en ti cuando besas a tu amada, cuando arropas a tu hijita, cuando acaricias a tu perro, cuando te bañas en el mar.
¡Deja de alabarme! ¿Qué clase de Dios ególatra crees que soy?
Me aburre que me alaben, me harta que me agradezcan.
¿Te sientes agradecido? ¡Demuéstralo cuidando de ti, de tu salud, de tus relaciones, del mundo!
¿Te sientes mirado, sobrecogido?… Expresa tu alegría.
Esa es la forma de alabarme. Deja de complicarte las cosas y de repetir como un papagayo lo que te han enseñado acerca de mí.
Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas.
¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?
¡No me busques afuera, no me encontrarás! Búscame dentro…, ahí estoy, latiendo en ti.
Un silencio claro y diáfano se expandió entre ellos. Estaban solos en la sala, pero de momento se sintieron acompañados por la única verdad.
—¿Quién te habló de Spinoza?
—Un sabio, una víctima de la codicia y de la violencia de la que hablaba O-Sensei.
Después se calló, no quiso pronunciar el nombre del hermano Cassinello, el abad de Montecassino que la Mafia vaticana había arrancado burdamente de este mundo con egoísmo, dinero y violencia sobre violencia.
—El secreto del aikido no reside en cómo mueves los pies, sino en cómo mueves la mente.
Morihei Ueshiba dijo: «No os estoy enseñando técnicas marciales, os estoy enseñando no violencia».
El aikido o arte de la paz, ambas definiciones son válidas, heredado de O-Sensei, es producto de toda una vida dedicada intensivamente a la práctica de diversas artes marciales, a la forja de un hombre en una constante lucha por encontrarse a sí mismo, quizá por encontrar a ese Dios de Spinoza.
—Pero cómo se une lucha y paz en un mismo nombre.
—Jamás atacamos. Solo los cobardes, los que han perdido el control atacan.
El espíritu de paz va intrínsecamente ligado a la no violencia, que no solo es infligir daño físico a otra persona, animal o vegetal, también implica la no violencia mental y de palabra.
Los herederos de la doctrina de O-Sensei dicen: «No violencia significa evitar a cualquier ser viviente todo daño obrado con el pensamiento, la palabra o la acción».
Es una actitud frente a la vida que adquiere un valor enorme cuando comprendemos que los cuatro reinos (mineral, vegetal, animal y humano) que componen el universo están íntimamente ligados.
—Pero eso, hermano Pedro, es una verdad de Perogrullo.
Claro que estamos ligados: los vegetales y los animales, en esencia, somos la misma cosa.
Y que conste que cuando digo «animales» incluyo al hombre; somos seres pluricelulares con base de carbono, pero los átomos que nos componen son exactamente los mismos que los de los minerales.
Todo lo que hay en la tierra es polvo de estrellas.
—¿Polvo de estrellas?
—Como suena. Los elementos de los que estamos compuestos los seres vivos y los inertes tienen los mismos protones, neutrones y electrones.
No quiero entrar en el terreno de las partículas subatómicas.
Según la concentración de esas partículas en un mismo espacio, unas unidas por una gran fuerza y las otras atraídas por el electromagnetismo, tenemos un elemento u otro.
Pero las presiones para juntarlos y crear los diferentes elementos solo se producen en la explosión, en el estertor final de determinadas estrellas: los más pesados, en estrellas más grandes; los más ligeros, en otras más pequeñas.
Así pasamos del hidrógeno al helio, al carbono, al hierro…
—¿Y la vida, Fabricio? No me negarás que la vida no es un misterio.