CAPÍTULO XXVI
El Dios de Spinoza
Una noche, en el silencio de su celda, le dieron las tantas pensando en su situación y cómo había podido llegar a ella.
Realmente él no había hecho nada, pero una serie de casualidades le había llevado a estar en el ojo del huracán de una trama entre mafiosa y católica de la que había sido completamente ajeno hasta ese momento.
Lo mirara como lo mirara, lo estudiara desde el ángulo que lo estudiara, siempre llegaba a la misma conclusión: su vida estaba en peligro.
Asimilarlo estremecía su cuerpo y lo bañaba en un sudor frío que se trasmitía a las sábanas.
El hecho de haber conocido a sus padres justo en el momento de perderlos tampoco le ayudaba a sosegarse y estar convencido de que su propia muerte lo acechaba lo amargaba más.
Sobre las cinco y media de la mañana bajó al refectorio.
El calor del obrador reconfortó su maltrecho cuerpo, la luz era tenue en la sala, a los hermanos aún les quedaban casi veinte minutos para bajar.
La única luz era la que se colaba por la ventana de la cocina.
Se acercó a ella y vio al hermano Luis preparando el desayuno.
—Buenos días, hermano Luis. ¿Puedo desayunar?
—Ha madrugado mucho, Fabricio, ¿o es que no ha podido dormir?
—Más bien lo segundo.
El hermano Luis sonrió, luego se acercó a la hornilla y de un puchero sacó un cazo de café que sirvió en un bol pequeño, luego puso en un plato unas rebanadas de pan tostado.
Depositó ambas cosas sobre una bandeja de madera, le puso al lado unos trozos de chocolate, una jarra con leche caliente y otra más pequeña con aceite y se la llevó al poyo que servía de alfeizar.
Al volverse, sorprendió al hermano Ilde detrás de él.
—Has madrugado, Fabricio —le dijo por saludo.
—Tú también, ¿o es tu hora habitual?
—El hermano Ilde se levanta siempre a medianoche —contestó el hermano Luis desde el interior de la cocina.
Fabricio tomó asiento en una de las mesas y después Ilde se acercó a él con una bandeja similar a la que le habían servido.
—¿Puedo?
Fabricio levantó la mirada hacia él y contestó: —Por supuesto, Ilde.
—Anoche te oí revolverte en la cama —le comentó tras el primer sorbo de café, que desprendía un fuerte olor a anís dulce.
Los monjes siempre añadían anís a la olla en la que hacían el café, pero era evidente que el tazón de llde había sido rebautizado de nuevo—.
Mi celda está debajo de la tuya. —Fabricio no contestó y continuó comiendo su tostada—. Un viejo refrán dice: «Ora et labora».
—¿Refrán o máxima de san Benito? —preguntó Fabricio.
—No es de él. Se le atribuye, pero es más moderno; aunque da igual, porque es cierto.
—¿Qué me quieres decir?
—Que si hicieras algo, además de ver la vida pasar, dormirías mejor.
—No me estará diciendo de forma subliminal que soy una carga; yo no sé hacer chocolate ni escobas.
El hermano Ildefonso sonrió. Aquella salida de su huésped se debía a que el eremitorio era famoso en toda Murcia por las escobas y el chocolate de algarroba que elaboraban los frailes como medio de subsistencia.
Los fines de semana, los murcianos subían a la Fuensanta en busca de sus preciadas tabletas de chocolate puro y escobas de palma que fabricaban desde el siglo XVIII de manera artesanal.
Eso era así desde que los Hermanos del Desierto de la Sagrada Congregación de la Virgen de la Luz, que era su nombre real, pidieron autorización al Concejo para cortar las cañas, tan abundantes en los terrenos comunales, y aprovecharlas para hacer escobas.
Todo el trámite constaba en un acta capitular que se guardaba en la biblioteca del cenobio, junto a las recetas de un potaje legendario, una miel exquisita y su célebre chocolate de algarrobas, algo terroso al paladar, pero muy dulce, que llevaban disfrutando generaciones enteras de murcianos.
No acababa ahí la cosa. En el convento también elaboraban un preciado pan de carrasca, otro manjar del que daban buena cuenta los romeros de San Antonio Abad, una ermita próxima al eremitorio.
Otro documento contaba cómo los hermanos burlaron la famosa desamortización de Mendizábal y pudieron conservar el monasterio.
Resulta que los terrenos ocupados por los frailes eran propiedad del Ayuntamiento de Murcia.
Este, para evitar la expropiación, tomó una resolución en la que los obligaba a trabajar las tierras y pagar un arrendamiento al consistorio por su explotación.
También era municipal el agua de la Fuensanta, pero, a tenor de unas actas capitulares del siglo XV, se les había concedió su uso y disfrute a los religiosos Pedro Busquete, Pedro de Celaya y Pedro de Antequera, los primeros anacoretas que ocuparon las cuevas de la montaña.
—No me refería a eso, Fabricio. Tú sabes que los benedictinos, desde hace muchos siglos, estamos convencidos de que el trabajo y la cultura son una realidad profundamente humana que nos acerca a Dios.
—El joven asintió—. Aseguramos que existe una armonía profunda entre la razón y la fe.
Por eso animamos a los monjes con dotes artísticas a que les den una utilidad, cada uno de nosotros intentamos introducir belleza en todo lo que hacemos.
—Una actitud muy benedictina.
—Para san Benito, el exterior y el interior, el cuerpo y el alma, deben trabajar al unísono.
Nuestra mente debe armonizar con nuestra voz.
No te propongo que hagas escobas, chocolate o pan de carrasca.
Pero sí que, además de pasear con Giovanni y ayudarle a estudiar, cosa que te honra, hagas algo de ejercicio.
Eres un hombre joven y no debes abandonarte, no sabes lo que la vida te depara.
Fabricio siempre había sido un apasionado del deporte y aceptó aquella proposición con ilusión.
—Habla con el hermano Pedro Moreno, él da clases de artes marciales en una disciplina que es esencial para mantener cuerpo y alma. Te lo aseguro.
Aquello sí era una novedad: un monasterio o eremitorio benedictino impartiendo clases de artes marciales.
El gimnasio era una nave en los bajos del monasterio que por la parte de la montaña estaba enterrada en el subsuelo, pero que por la de atrás daba al barranco.
Un amplio ventanal iluminaba el espacio y desde él se podían ver las copas de los pinos de enfrente.
Desde su celda solo se veían el precipicio y la otra parte del cañón.
El suelo del gimnasio estaba cubierto por una lona, y sobre esta, ocupando aproximadamente la mitad de la superficie, había un tatami de unos cincuenta metros cuadrados.
La pared de la izquierda estaba cubierta por espalderas, y delante de estas había un potro, un plinto, un trampolín y otros artilugios gimnásticos.
El muro de la derecha soportaba un gran espejo que casi cubría su totalidad; en el otro, además de la puerta de acceso, colgaban cuadros con fotografías de monjes de extrañas religiones orientales que probablemente eran maestros consagrados de las artes marciales.
También se apreciaban unos bastones de madera de todas las clases y una especie de catanas de madera cuyo nombre era bokken .
El hermano Pedro era un hombre próximo a la cincuentena cuyo aspecto no recordaba al de un luchador, medía aproximadamente un metro ochenta, se le podía adivinar algo de barriga y estaba calvo por el centro de la cabeza.
Iba vestido con una especie de camisa blanca y una falda larga de color negro que parecía parte del hábito, pero no lo era.
Lo había visto varias veces en el refectorio y en el huerto, pero nunca había cruzado una palabra con él.
—Buenos días, Fabricio —le dijo tendiéndole una mano.
—Buenos días, hermano Pedro.
—¿Sabes lo que es el aikido?
—Sinceramente no, los únicos nombres que conozco de artes marciales son kárate, kung-fu, yudo y…
—Vale, vale —interrumpió el profesor—. Vamos a sentarnos —propuso señalando una pequeña mesa redonda y unas sillas de anea que había debajo de los cuadros de los monjes—.
Ante todo, debes saber que el aikido es filosofía y ciencia a la vez.
A lo largo de la historia, la violencia ha acompañado al ser humano, ha llegado a arrasar civilizaciones enteras y, como ya sabes, la cosa no ha cambiado en nuestros días, por mucho que haya un resurgir pacifista.
Las ambiciones, quisiera creer que de unos pocos, sumergen a la sociedad en un mundo hostil y competitivo.
A Fabricio le hubiera gustado interrumpirle y decirle «Si tú supieras la mitad de lo que sé yo y por qué huyo, no me explicarías esto».
Aunque luego pensó que quizá sí lo sabía.
¿Quién podía asegurarle que, después de tantos envíos y reenvíos de aquellos documentos de monasterio en monasterio, en algún momento alguien no los habría leído?
Luego llegó a la conclusión de que, si eso fuera así, ya estaría muerto, aquellos mafiosos no se andaban con chiquitas.
Cuando menos, nunca habrían llegado a él.
—No deberíamos permanecer insensibles a desagravios entre el mundo rico y el mundo pobre que solo crean odios y confusiones entre los más desfavorecidos y prepotencia entre los más ricos y poderosos.
—Ese escenario, hermano Pedro, puede parecernos único por estar viviéndolo en nuestros días, pero no es así, no es patrimonio de nuestro siglo. Todo lo contrario, es una actitud intrínseca de la naturaleza humana, que da prioridad al egoísmo frente al altruismo.
—Lo sé, Fabricio. Lo sé. La vida de Morihei Ueshiba, O-Sensei —añadió señalando uno de los retratos—, es un reflejo del camino de un hombre hacia la luz de su alma y la comprensión de la unidad no solo de la humanidad, sino de todos los seres.
—Fabricio asintió—. El entendimiento de esta unidad se alcanza solo a través de una vida entregada a la introspección y al conocimiento de la naturaleza interior, un ejercicio intelectual que nos lleva a comprender que la diversidad biológica es solo aparente.