CAPÍTULO XXV
Jóquey, pizza y sexo Proyecté una visita a Murcia para la semana siguiente.
Ignoraba cuánto tiempo debería estar fuera y no quería que mi hijo se sintiese abandonado de nuevo ni dejar enfriar mi relación con Mariona, así que aquella misma tarde subí a la Cerdaña.
Desde que me puse al volante del coche, una duda rondaba mi cabeza: no sabía si hospedarme en mi casa del Bolvir o probar a quedarme en la de Mariona y mi hijo.
Evidentemente no era cuestión de llamarla por teléfono y preguntarle.
Quizá lo mejor fuera llegar allí con la maleta en el coche, saludar, proponer una cena entre los tres y luego esperar el desarrollo de los acontecimientos.
Dudé sobre la procedencia de avisarla de que subía o presentarme de sopetón.
Me incliné por lo primero y le pedí al navegador del coche que la llamara por teléfono (la sociedad actual ha asumido estos adelantos, pero, si mis abuelos levantaran la cabeza, sería un trauma morrocotudo para ellos ver que las máquinas obedecen a nuestra voz).
Mariona descolgó el teléfono al segundo tono. Eso era una buena señal, al menos demostraba cierta avidez por hablar conmigo. En ese momento eran las seis de la tarde, yo llegaría a la Cerdaña sobre las siete y media, más o menos. Era jueves y no había mucha circulación.
—Ve directamente al estadio de jóquey sobre hielo, Mario tiene entrenamiento y estaremos allí hasta las ocho.
—Me parece perfecto, allí iré. Si quieres, podemos cenar allí mismo, en la cafetería.
Mariona no contestó, supuse que estaba meditando su respuesta antes de proponer su plan.
—No, a Mario lo esperan sus amigos los deberes. Es mejor que nos vayamos a casa. Yo encargo unas pizzas , cenamos allí y así no le interrumpimos la marcha.
—Me parece bien, es mejor idea —le dije al tiempo que pensaba que aquel cambio me allanaba el paso para mis segundas intenciones: pasar la noche con ella.
Mi hijo se alegró mucho al verme entrar por la puerta de la pista. No disfrutaba mucho de mí, no lo acompañaba a ningún partido. Vi cómo el entrenador se fijaba en su expresión de felicidad y cómo lo conminó para que viniera a saludarme.
El crío se alejó de él patinando con alegría hacia la esquina donde yo estaba. Al llegar a mí, me abrazó con fuerza y acto seguido me preguntó: —¿Te vas a quedar hasta el domingo? Quiero que te vengas con nosotros al partido contra el Font Romeu.
—Por supuesto que iré, hijo.
—¿Puedo decirles a mis compañeros que contamos con tu coche?
—Sí. Puedes decírselo.
No había visto aún a Mariona, pero el crío me señaló con el dedo la grada donde estaba sentada. Miré hacia ella y comprobé que había visto la escena desde allí, porque estaba sonriendo. Ni que decir tiene que le gustaba ver a su hijo feliz. A él también era lo que más le satisfacía en el mundo.
Mariona nos saludó con la mano y nosotros le correspondimos a la vez.
Después, el chaval volvió junto a su entrenador y yo subí por las gradas hasta el lugar donde estaba ella.
No había mucha gente, la mayoría eran madres que esperaban a que sus hijos terminaran el entrenamiento para llevarlos a casa.
Al llegar a Mariona, esta se levantó a recibirme, no besamos en las mejillas y me senté. A mí me habría gustado que hubiera sido en los labios, pero no reuní el valor necesario para hacerlo.
—¿Les queda mucho?
—Quince minutos, pero siempre se le va un rato más.
Estuve a punto de invitarla a un café, pero, al ver que mi hijo no dejaba de buscar de interactuar conmigo visualmente, deseché la idea. Se le notaba que estaba contento de verme allí y no era cuestión de ausentarme. Así que opté por jalearlo y festejarle su buen hacer.
—Me he comprometido a llevarlo al partido de Font Romeu, ¿te importa? —le comenté a la madre.
—No. Eres su padre, tienes todo el derecho. Aunque quien verdaderamente lo va a disfrutar es él. Te echa de menos, te necesita. Se está haciendo un hombre y necesita la referencia de su padre, Mario.
Aquel comentario me hizo reflexionar. Llevaba razón. Yo no lo estaba haciendo bien.
—Si quieres, puedes acompañarnos.
—Mejor no. No es por nada… O sí. Me gustaría que estuvierais solos más tiempo, que estrecharais lazos… Más que gustarme, me encantaría; él lo desea, ¿sabes?
—Mariona, ¿estaríais dispuestos a veniros a Barcelona conmigo? A mí me es imposible trasladarme a vivir aquí. Puedo intentar venir más a menudo, pero no es fácil. Y no quiero que tenga la sensación de que lo abandono.
Mariona no trabajaba. Vivía de su pensión como maestra —tras su paso por la cárcel, se había retirado por problemas psicológicos—, de las rentas de los alquileres de un par de viviendas que le había dejado su padre en herencia, de algún cuadro que vendía y de la ayuda que yo le pasaba para Mario.
—No sé, Mario. Quizá sea él quien no quiera trasladarse a Barcelona.
Aquí están sus amigos, su equipo: aquí es feliz.
Es verdad que te echa de menos… Podrías venir a la Cerdaña los miércoles por la tarde que te fuera posible, teletrabajar el jueves y el viernes, pasar aquí el fin de semana y el lunes volver a Barcelona cuando te fuera estrictamente necesario.
Era una posibilidad. Pero no la que más me satisfacía. El entrenador mandó al equipo al vestuario.
—¿Tomamos algo en la cafetería? —me propuso Mariona.
—Sí, vamos.
Por los pasillos del estadio la saludaron varios padres y alguna madre. Yo la observaba, la notaba cómoda, o al menos eso quise creer. No me pareció que mi presencia la violentara. Incluso percibí cierta satisfacción por mi compañía.
—La gente nos mira porque ignoran quién eres, Mario.
—Algunos estuvieron en la comunión. Deberían conocerme.
—El crío va a estar encantado de tenerte hoy aquí, ¿sabes?
En la barra de la cafetería había dos mujeres solas. Mariona se aproximó a ellas para saludarlas y presentarme.
—Es el padre de Mario —les dijo sobre mí.
Las dos mujeres me saludaron encantadas. Comprobé que una de ellas miró confidencialmente a Mariona.
—Estás contenta, ¿eh? Tienes a tu hombre contigo —le dijo la mujer mientras deslizaba la mano por el antebrazo de Mariona. Ella le sonrió confirmando sus sospechas.
Un camarero se acercó a nosotros. Ella pidió un refresco de cola y yo un gin-tonic , a la vista de lo cual, Mariona rectificó y pidió otro.
—¿Nos los llevas a la mesa? —le dijo al camarero al tiempo que señalaba una de las que había libres. El joven asintió—. ¿Queréis acompañarnos? —preguntó a las mujeres.
Ambas se miraron, Luego, la que había contactado físicamente con ella rehusó amablemente la invitación: —Para una vez que tienes aquí a tu pareja, no vamos a aguaros la fiesta.
Aquella expresión, «tu pareja», se grabó en mi mente. «¿Estará al corriente de lo sucedido la noche de la comunión?», me pregunté.
Al poco de estar en la mesa, llegó nuestro hijo. Venía ufano. Se abrazó a mí y me estampó dos besos. Luego, sin demora, empezó a contarme las vicisitudes del entrenamiento.
Al salir de allí, en el estacionamiento, quiso venirse en mi coche. Noté que flotaba gracias a mi inesperada visita y me sentí orgulloso. Una vez en casa, entre los tres preparamos la mesa y esperamos la llegada del repartidor de pizzas , que fue bastante puntual.
Después de consumir las cuatro pizzas que había encargado, Mariona obligó al crío a acostarse: al día siguiente había cole y tenía que descansar.
—¿Me vas a llevar mañana al colegio, papá? —me preguntó con una sonrisa de oreja a oreja antes de abandonar el comedor.
—Claro que sí. A las ocho y media de la mañana en punto estaré en la puerta esperándote.
—¡Ven antes y desayunamos juntos! —me pidió abrazado a mi cuello. Miré a su madre buscando su aprobación y esta me la concedió.
—Así lo haré. Palabra.
Repitió su abrazo, esa vez con más fuerza, y luego madre e hijo desaparecieron por el pasillo.
Había un espejo en el comedor, aunque no me pillaba bien para verme, pero tampoco lo necesitaba para saber que me encontraba como un capitán general y que mi rostro debía de reflejarlo.
Me serví una copa más de vino y la saboreé tranquilamente.
Al cabo de un rato volvió Mariona y se puso a recoger la mesa.
Hice la intención de consumir el vino de un trago y levantarme para ayudarla, pero me lo impidió con un gesto.
—Termínate la copa —me dijo—, no tengas prisa, esto lo recojo yo, hoy eres mi invitado.
Una vez acabada la copa, limpia y recogida la mesa, me levanté y me dispuse a marcharme.
—Entra y dale un beso a tu hijo en la cama. Le va a encantar —me dijo Mariona con un tono entre la súplica y la orden.
Me dirigí a la habitación de Mario y me lo encontré acostado, leyendo una novela infantil, algo que me gratificó enormemente.
Yo era un lector empedernido, tanto que, por muy cansado que llegara a la cama, tenía que leer algo, aunque solo fueran unos renglones de la novela que siempre me esperaba sobre la mesita de noche.
Me gustaba que él estuviese adquiriendo el mismo hábito.
Me senté a su lado, dejó la novela sobre su pecho y yo la cerré poniendo el punto de lectura por la página que iba, le subí las sábanas, le acaricié el pelo y le di un beso en la frente.
Antes de irme estiró la mano, cogió el libro que yo había dejado sobre la mesita de noche unos instantes antes, La llamada de la selva , de Jack London, antes no había reparado en el título, y me lo tendió.
—Léeme un poco, papá.
Abrí el libro y comencé a leerle. Aún no había llegado a mitad de un capítulo cuando vi que había caído en brazos de Morfeo.
Volví a marcar la página por la que iba, cerré el libro despacio, lo deposité de nuevo sobre la mesita, lo besé en la frente una vez más, apagué la luz y volví al salón.
He de confesar que no me apetecía irme de allí.
Llevaba años falto de la sensación que da un hogar, esa impresión que solo una mujer trasmite a una casa.
Ninguna de las mías, ni la de Barcelona ni la de Bolvir, lo eran, parecían oficinas, pensé al tiempo que recordaba a Sabina.
Cuando volví al salón comedor, Mariona estaba sentada en el sofá viendo la televisión.
Había apagado la luz del techo, había encendido una lámpara que emitía una luz amarillenta en un rincón, y la penumbra embelleció sus facciones.
«Ya no es una niña —pensé—, pero aún conserva la belleza».
Cogí mis cosas en silencio y me dispuse a marcharme.
Ella me miró. En su cara había una sonrisa que no se borraba.
Entonces me dije: «Quizá un hogar sin un hombre también esté incompleto».
Me acerqué a ella para darle un beso e intentó levantarse.
Se lo impedí con un gesto, no quería interrumpir aquella paz.
Cogí la chaqueta que colgaba del respaldo de una silla y eché a andar por el pasillo.
Aún no había llegado a poner la mano sobre el pomo de la puerta cuando oí su voz: —¿Te apetece una copa?
—Más que la copa, lo que me apetecía era sentarme en aquel sofá junto a ella, dejar que apoyara su cabeza sobre mi hombro y que se durmiera así.
Podía ocurrir, pero la copa era preceptiva—.
Mañana no tengo que madrugar tanto; si vas a llevar a tú a Mario al colegio, yo voy más relajada.
No contesté. Tampoco abrí la puerta. Volví sobre mis pasos por el corto pasillo, me asomé al comedor y, aunque no dije nada, ella me entendió. Se levantó, caminó hacia el mueble bar, abrió la puerta y sacó una botella de Jack Daniels sin empezar, dos vasos y una cubitera. Conocía mis gustos.
—Sé que es tu marca favorita, lo compré por ti. —No sé qué cara puse al oírlo, pero estoy seguro de que un borrego degollado tendría una expresión más vivaz que la mía—. Siéntate —me ordenó mientras caminaba hacia la cocina con la cubitera en la mano.
Obedecí como un colegial en los brazos de una mujer madura.
Unos minutos después, volvió, sirvió dos generosas copas y se sentó a mi lado.
En la televisión, Pablo Motos tiraba un coche desde una grúa.
Poco me importaba a mí lo que hiciera Pablo Motos.
De mi mente se habían borrado delitos, pruebas, testimonios…
Aquel era un momento entrañable para mí, nunca había tenido una mujer a mi lado con la intención de hacerme sentir como un rey, aquella lo estaba haciendo y yo quería disfrutarlo.
A la primera copa le siguió la segunda, después llegó la tercera, pero esta se quedó a medias sobre la mesa.
La atracción sexual nos venció y el alba nos sorprendió en la cama de Mariona, desnudos y abrazados bajo las sábanas.
La acaricié lentamente y disfruté de su piel suave y cálida.
La noche anterior la excitación no me había permitido complacerme con su cuerpo, la violencia del sexo me lo impidió.
Pero ahora era el momento. Me arrebujé contra ella creyéndola dormida y la besé suavemente en los labios.
Para sorpresa mía estaba despierta, sacó un brazo de debajo de las sábanas, me rodeó y tiró de mí mientras se ponía bocarriba.
Me puse sobre ella, la besé en los labios, en el cuello, en los pechos, y recorrí su cuerpo de arriba abajo deteniéndome en todos los rincones de la anatomía.
Luego nos acoplamos de nuevo, esta vez lentamente.
Una hora después, nuestro hijo nos despertaba zarandeándonos al tiempo que decía: —¡El desayuno y el cole!
El domingo llevé a Mario a Font Romeu junto a otros dos niños cuyos padres no podían ir al partido.
La primera parte la pasó en el banquillo; la segunda la jugó entera y marcó dos tantos: uno de ellos, el del desempate.
Una vez duchados, los invité a refrescos, luego llevé a los otros a sus respectivas casas y nosotros volvimos a la de Mariona, donde estaban todas mis cosas.
A la mía no había ido en todo el fin de semana.
Aquella misma tarde volví a Barcelona; al día siguiente volaba a Murcia y el martes o el miércoles a Roma por asuntos de trabajo.
No me comprometí a volver el fin de semana siguiente: no sabía el tiempo que me ocuparía la misión allí y no quise incumplir mi promesa.
Aunque sí le garanticé que lo llamaría todos los días y que volvería cuanto antes.
—Si el trabajo te impide volver, podemos ir nosotros a Roma y pasar el fin de semana contigo —propuso Mariona.
El crío no estuvo de acuerdo, volvía a haber partido y no quería perdérselo ahora que estaban en racha.
—Yo me quedo en casa de Paul y que me lleve él al partido; total, jugamos en casa.
Aquella salida de nuestro hijo nos dejaba a Mariona y a mí frente a un fin de semana en la Ciudad Eterna. Ella me miró a los ojos esperando una respuesta que yo se lo confirmé de inmediato.