El informe Mancini CAPÍTULO XXIV
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CAPÍTULO XXIV

El nuevo papa

Los días fueron pasando en el eremitorio hasta que, poco a poco, la rutina se fue haciendo patente.

Solo la radio y algunos periódicos en español lo unían al mundo.

Aunque todas las noticias hablaran de lo mismo, el repentino fallecimiento del papa aún ocupaba buena parte de los noticieros; otros ya conjeturaban sobre quién sería el siguiente.

La crisis del Gobierno egipcio tampoco dejaba mucho espacio en blanco en las noticias internacionales.

El presidente Anuar el Sadat nombró primer ministro a Mustafá Abdul Jalil, quien hasta el momento había ocupado la cartera de Industria, en sustitución de Mamhmuh Mohamed Salem, que no llevaba ni un año en el cargo.

El nombramiento de Jalil incluía una importante reorganización del Gobierno en la que destacaba el relevo de dos prestigiosos generales, Abdel Gamassi y Alí Fahmi.

El primero ocupaba el puesto de vicepresidente del Gobierno y ministro de Defensa.

El segundo era el jefe del Alto Estado Mayor.

Ambos fueron nombrados consejeros de la Presidencia, pero todo el mundo sabía que quedaban relegados de la vida política.

Los analistas políticos coincidían en que aquella crisis era consecuencia de los acuerdos de Camp David, una de las residencias del presidente de los Estados Unidos, situada en el Catoctin Mountain Park, en el condado de Frederick (Maryland), a las afueras de Washington D.

C. Entre otros muchos acontecimientos, allí se firmaron los pactos que concluyeron con la paz entre Israel y Egipto, y que pusieron fin a años de hostilidades en una región desgarrada.

En el panorama español, destacaban los plenos parlamentarios sobre la cuestión de los establecimientos penitenciarios y el informe de la comisión especial sobre los sucesos de Málaga y Tenerife, ocurridos durante el año 77, en los que murieron dos personas a manos de las fuerzas de orden público.

Pero si había alguna noticia que destacar era el trámite de nuevo texto constitucional que pondría a España entre los países democráticos del mundo.

Un día, Fabricio conoció a Giovanni. El chico, como todas las tardes, se estaba comiendo su bocadillo de chocolate de algarrobas mientras pateaba un balón de cuero raído contra uno de los muros del convento.

Se mostró simpático e hicieron buenas migas: jugaban juntos al fútbol, paseaban por los senderos de la Cresta del Gallo y, sobre todo, hablaban.

Hablaban de Italia, de los lugares donde Fabricio había vivido, de Roma, del Vaticano, de su monasterio en Subiaco, de Montecassino.

—A mí esos lugares solo me suenan de las películas de guerra.

—¿Te gusta el cine?

—Sí.

—¿Has ido mucho?

—En verano, la plaza de toros de Murcia se convierte desde junio a septiembre en un cine de verano. Los críos de mi barrio nos colamos con facilidad todas las noches y vemos películas.

Un día, en una de aquellas caminatas que tan bien les sentaban a ambos, Fabricio quiso saber si el crío sabía cuál era su situación.

—El padre Fulgencio me trajo aquí para protegerme y para que estudiara. Nadie puede saber dónde estoy.

—¿Pero tú quieres volver con tu madre y tus hermanos?

—Me gustaría verlos, me gustaría que mi madre supiera que estoy bien, pero no quiero volver a aquel barrio ni al colegio.

La madurez del muchacho desconcertó a Fabricio.

Aun sin haber llegado a los doce años, intuía que, si no ponía tierra por medio de aquel gueto, jamás sería quién fantaseaba ser: un científico, como Félix Rodríguez de la Fuente, su ídolo junto a Johan Cruyff y Vicente del Bosque, aunque a su edad ya le constaba que ni en sueños llegaría a ser como los dos últimos.

—Antes de irme con el padre Fulgencio le obligué a que me mantuviera informado de cómo estaba mi madre y mis hermanos. Cuando sea científico, seré yo quien se lleve a mi madre lejos de allí, al monte, entre lobos y águilas, como Félix Rodríguez de la Fuente.

Aquella afición por la fauna los unió más.

No es que Fabricio fuera un amante exacerbado de la naturaleza, pero al crío le gustaban tanto las aves que muchas tardes, después de consultar libros y enciclopedias en la biblioteca, salían por los alrededores a observar la naturaleza.

Hizo que le trajeran unos prismáticos de Murcia y juntos recorrían los paisajes de la serranía que les permitían ver mirlos, palomas torcaces, tórtolas, petirrojos, verderones y muchas otras especies de pajarillos.

Pero lo que le gustaba realmente era ver las grandes aves rapaces como el águila perdicera, el halcón peregrino, el águila o el búho real.

También mostraba el crío cierto interés por las serpientes; los hermanos le contaban que habían visto algunas grandes por las inmediaciones, pero en aquella época del año era difícil encontrarse alguna porque ya se estaban disponiendo para el letargo.

Lo que sí abundaban eran los zorros, los jabalíes, los conejos, las liebres, los erizos, los tejones, las garduñas, las comadrejas y los gatos monteses.

Pero, para decepción del crío, no había ni osos ni lobos ni linces, sus especies totémicas de mamíferos.

Rogan los seguía a menudo, incluso algunos días se cruzó con ellos simulando ser un senderista, pero se abstuvo de actuar.

Fabricio guardaría en su habitación los documentos que él tanto anhelaba, de poco le iba a servir abordarlo en mitad del monte si luego no iba a poder acceder a su celda.

Debía trazar otro plan en el que liquidarlo fuera la segunda parte.

El 14 de octubre de 1978, las puertas de la Capilla Sixtina se sellaron y comenzó un nuevo cónclave del que saldría el siguiente sucesor de san Pedro.

El Colegio Cardenalicio seguía tan dividido como el anterior, aunque ahora había dos fuertes candidatos: el conservador Giuseppe Siri, arzobispo de Génova, y el liberal Giovanni Benelli, arzobispo de Florencia, cercano colaborador del recién fallecido Juan Pablo I y un firme defensor de este dispuesto a continuar sus truncadas reformas.

Los partidarios de Benelli estaban seguros de que saldría elegido en las primeras votaciones, pero no fue así, solo alcanzó a conseguir nueve votos.

Algo había cambiado en el espíritu de los cardenales y empezaba a respirarse en el ambiente que a ninguno le alcanzaban los apoyos suficientes para conseguir la mayoría de dos tercios más uno de los votos necesarios para ser elegidos.

Los italianos apostaron por su favorito, Giovanni Colombo, y estuvo a punto de conseguirlo, pero, cuando empezó a recibir votos y a estar más próximo a calzarse las sandalias del pescador, anunció que no aceptaría el cargo.

El cardenal Franz König, el influyente y respetado arzobispo de Viena, sugirió a uno de los suyos, el cardenal polaco Karol Józef Wojtyła, arzobispo de Cracovia.

König sabía, o al menos intuía, que los partidarios de Siri y los cardenales de Estados Unidos también lo apoyarían.

Finalmente, el día 16, tercero del cónclave, en la octava votación, con noventa y nueve a favor de los ciento once electores convocados, Wojtyła derrotó a Benelli.

En algunos periódicos se decía que el propio Wojtyła había votado por Benelli.

El nuevo papa aceptó su empleó usando la fórmula: «Con obediencia y fe en Cristo, mi Señor, y confianza en la Madre de Dios y la Iglesia, a pesar de las grandes dificultades, acepto».

Lo hizo y, como tributo a su predecesor, tomó el nombre de Juan Pablo II, a pesar de simbolizar su antítesis.

Se convertía así en el primer papa no italiano en más de cuatro siglos.

Todos los hermanos del eremitorio se alegraron al conocer la buena nueva.

Para Fabricio no eran tan buenas noticias.

Los conspiradores habían ganado; al final, todo les había salido a pedir de boca.

El nuevo papa paralizaría todos los proyectos revolucionarios de su antecesor.

Quizá una buena parte del mundo tampoco lo vio venir, pero el orden mundial iba a cambiar notoriamente, el hermano Cassinello lo había predicho en Montecassino.

Los más próximos a Juan Pablo I supieron aquellos días quién era el famoso cardenal que se había sentado frente a Albino Luciani en el cónclave del 26 de agosto anterior, el que lo había sentado a él en la silla de san Pedro.

Uno de los miembros del Colegio Cardenalicio lo había revelado ante la inocente pregunta del secretario personal de Juan Pablo I.

Era un dato insignificante, pero para los allegados de Albino lo decía todo.

Su amigo no se había equivocado en sus premoniciones, pero eso ya nunca lo sabría.

Para el mundo católico era uno más, pero Fabricio no dejaba de recordar la palabras del abad Cassinello en el monasterio de Montecassino: «El próximo papa, que es el que debía haber salido en el último cónclave, es un anticomunista recalcitrante porque ha sufrido la represión en sus propias carnes al otro lado del telón de acero».

Para los grandes dirigentes del bloque comunista del momento, su elección representaba una amenaza.

Y no les faltaba la razón, el principio de su fin se cernía sobre ellos.

El nuevo papa era todo un acicate para la revitalización del patriotismo anticomunista de su país y del resto de los que subsistían al otro lado del telón de acero.

Polonia siempre había sido el eslabón más débil de bloque soviético. Los agentes soviéticos en el Vaticano enviaron informes desalentadores a su Gobierno. Cada gesto del nuevo papa constituía una acción subversiva, un sabotaje ideológico para el sistema socialista. No eran temores infundados.

Desde el primer día de su pontificado, Juan Pablo II mostró sus cartas.

Ya en la gran misa celebrada en la plaza de San Pedro el día 22 de octubre de 1978 apeló desde el púlpito a la valentía de los reprimidos.

Defendió con énfasis el aperturismo y la libertad religiosa como un derecho humano imprescindible: «No tengáis miedo de dar la bienvenida a Cristo y aceptar su poder.

A su poder salvador abrid las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos».

Todos los presentes interpretaron aquella frase como una consigna, un llamamiento a la resistencia anticomunista.

No terminaron ahí las cosas. Apenas un mes después, desde Asís, mostró su compromiso con todas las Iglesias católicas perseguidas en Europa Central y del Este: «Ahora hablan con mi voz», dijo.

Aquella expresión fue todo un desafío para el bloque soviético.

Un poco después, durante una visita a México, se atrevió a calificar públicamente al marxismo de error antropológico.

Ahora ya estaba claro. Se había erigido en adalid de la causa anticomunista y atacaba a dos pilares básicos de la sociedad socialista: la internacionalización de la clase obrera y la negación del individuo como tal.

Fabricio seguía con fruición todas las intervenciones del nuevo papa, analizaba todas y cada una de sus palabras.

En ellas no había referencia a su antecesor.

Fue entonces cuando empezó a forjar una teoría distinta sobre el porqué de su muerte, cuando no encontró respuestas a sus preguntas: ¿y si no fueran los masones ni los mafiosos los únicos desencantados con aquel pontífice?

, ¿y si los agentes antisoviéticos en el Vaticano, al ver frustradas sus intenciones, hubieran planeado la eliminación de Albino, quien, a pesar de su bondad y honestidad, no iba a hacer nada por los oprimidos al otro lado del telón de acero?