CAPÍTULO XXIII
El caballo bermejo
El hermano Ilde se acomodó, sacó de nuevo su paquete de tabaco, encendió otro cigarrillo, exhaló el humo con aquel característico gesto suyo que asemejaba la postura que adoptan los lobos para aullar y comenzó a hablar:
—Mientras los ecos de la guerra resonaban por toda España, en esta región todo iba tranquilo.
Ni el Ejército ni las fuerzas de orden público habían secundado el golpe de Estado, y esa circunstancia generaba cierta tranquilidad, sin embargo, sin un motivo justificado, aparecieron grupos incontrolados de sindicalistas que salían de noche y sembraban el terror entre algunos vecinos de los pueblos, los campos, la huerta y la ciudad; su objetivo principal era sembrar el terror entre notarios, abogados, sacerdotes, frailes, terratenientes, tenderos…
, en realidad, contra quienes trabajaban por su propia cuenta.
No sabría explicar la obsesión de la izquierda por los emprendedores y, menos aún, por aquellos cuyos emolumentos apenas servían para mantenerlos a ellos y, si acaso, a un par de familias más.
Fabricio asentía. En la Italia de ahora estaba ocurriendo algo parecido, pero se abstuvo de hacer ningún comentario para no despistar al hermano Ilde. Este interpretó correctamente el silencio como interés y prosiguió:
—Una noche del verano de 1937 —prosiguió el padre Ilde—, ya llevábamos casi un año de guerra, una pareja de la Guardia Civil del puesto de El Palmar que vigilaba el puerto de La Cadena vio, desde la parte de arriba de la Venta de la Paloma, las luces de un coche que circulaba por la carretera de Las Llanas.
Se dirigía hacia Los Melgarejos, un barrio de las afueras, un paraje solitario al pie de la sierra habitado por unas pocas familias.
Eso los alertó. No en vano, un violento grupo de milicianos estaba atacando sin piedad la zona y, sobre todo, a las personas que le he comentado antes.
Unas noches antes habían matado a un notario, al que acusaban de haberles robado lo que era del pueblo; otra, asaltaron la parroquia de la Purísima Concepción y otra nos tocó a nosotros.
—¿Se refiere al eremitorio?
—A él me refiero. Su hazaña más grave —prosiguió— fue fusilar al dueño de unas fincas próximas y pasear su cadáver atado al parachoques de un coche por toda la comarca, desnudo y con sus propios testículos metidos en la boca.
Los guardias pensaron que, si aquellas luces eran las del Citroën Rosalie de don Ángel el Molinero, no había por qué preocuparse, pero, si eran las del Jacintín, la cosa se complicaría para esa familia que era la única que vivía por allí.
—¿El Jacintín?
—Sí. Un mozo imberbe que aún no había cumplido los veinte años.
—Por el tono en que lo describió, Fabricio intuyó que no le tenía gran aprecio—.
Su padre era el capataz de una finca próxima al Mayayo y era un hombre muy querido y respetado en El Palmar.
Se había quedado viudo al nacer su único hijo y hubo de sacarlo adelante solo y sin una madre.
Al principio de la guerra, se afilió a la CNT y, con un Ford de pedales, él y otros dos o tres empezaron a recorrer las fincas, los molinos y las haciendas vecinas.
Requisaban todo lo que se les antojaba, por las buenas o por las malas, argumentaban que era para ayuda de sus compañeros del frente.
La provincia entera se había convertido en granero de los contendientes.
—¿Y eran violentos?
El hermano Ildefonso giró el torso y la cabeza hacia él y lo miró. No le hizo falta contestar ni Fabricio insistió.
—Una noche de aquel verano, muy cerca de donde los guardias vigilaban el puerto de la Cadena, los milicianos sorprendieron a unos soldados que venían andando desde Cartagena con un permiso de fin de semana.
Bajaban hablando de las cosas de los chavales de esa edad, ninguno de ellos superaba los veinte años.
—Comprendo —dijo Fabricio al leer una interrogante en la mirada del hermano.
—La partida de milicianos los acusó de ser la avanzadilla de un cuerpo de Ejército que atacaba Murcia desde Cartagena.
—¿Cartagena pertenecía a los sublevados? ¿Pasaba por aquí el frente?
—Qué va. Cartagena era una importante plaza militar, pero se mantuvo fiel a la República. De hecho, fue bombardeada salvajemente por la aviación alemana para impedir que el Gobierno se llevara el oro del Banco de España.
—¿Ese oro salió por aquí?
—Sí. Estuvo unos días guardado en unos polvorines que hay en La Algameca, un paraje de Cartagena junto al mar, un terreno militar. La noche que iban a partir los barcos rusos con el cargamento, los alemanes bombardearon la ciudad.
—Y, volviendo a los soldados, ¿qué pasó con ellos?
—Que los fusilaron como a perros, sin juicio, sin defensa ni miramiento alguno.
A bocajarro, al pie de una roca en el fondo de un barranco.
Sus familias construyeron una cruz con forma de ángel alado en el lugar, sus gorras aún se exhiben al pie del ángel.
Sus familiares les siguen llevando flores frescas casi a diario.
Ilde sacó un pañuelo y se secó los ojos lacrimosos. Fabricio lo miraba mudo de estupor. El hermano estaba emocionado y necesitaba unos minutos para reponerse.
—Esos muchachos eran de mi edad —explicó para justificar su estado, luego retomó el relato inicial—.
Aún no había pasado ni una hora desde que los guardias vieron pasar las luces de aquel coche cuando otras encaraban el puerto desde la Venta de la Paloma.
Eran dos, muy tenues y zigzagueantes, que no podían pertenecer a un mismo vehículo porque lo mismo se juntaban hasta rozarse que se separaban varios metros o se entrecruzaban.
—Dos bicicletas.
—Exacto. José Antonio y Emilio, los dos guardias civiles de servicio aquella noche, se miraron en el silencio de la madrugada.
Suponían que eran el cabo Ginés Gil y el guardia Vivancos, que subían a vigilarles el servicio y echar un rato con ellos en el paraje Buenos Aires, donde a aquellas horas tenían una presentación.
—¿Pero no era algo rutinario?
—No. Venían a prevenirlos de que el grupo de milicianos se acababa de llevar a don Ángel, el molinero, de su casa.
Su mujer, doña Aurora, y su hijo mayor, que se llamaba como el padre, acababan de irse del cuartel tras haber denunciado el rapto.
Por lo visto, ya habían frecuentado la almazara, pero aquella noche don Ángel no les dio nada.
El hombre tenía ocho hijos y poco le sobraba a él.
Los guardias le comentaron al cabo que habían visto subir un coche hacia Los Melgarejos y que aún no había bajado.
El cabo Ginés dedujo que podían ser los milicianos y que aún debían estar en la sierra.
Si era así, el lugar idóneo para un ajusticiamiento era el castillo de la Asomada, aquel que ves allí —dijo el fraile señalando un murallón sobre un gran peñasco.
—El puerto está debajo, ¿verdad?
El fraile asintió antes de añadir:
—Ese castillo lo construyó Muhammad ibn Mardanís, el rey Lobo, como lo conocían los cristianos. Tenía su castillo en Monteagudo, el pueblo donde se alza la estatua del Sagrado Corazón de Jesús que hemos visto antes desde otro altozano.
Fabricio asintió, le había chocado ver aquel cristo encima de un peñasco.
—El rey tenía ahí —dijo señalando los muros del castillo— un regimiento que día y noche vigilaba el paso para evitar que entraran sus enemigos de África. Le preocupaban más estos que los cristianos. Desde ahí se ve todo el campo de Cartagena, una gran llanura que llega hasta el mar.
—Entiendo. Es un sitio estratégico.
—Lo es. A veces me imagino a las patrullas moras por estos andurriales vigilando el desfiladero, ¿sabes?
—Debió de ser una época alucinante.
Ilde asintió antes de proseguir.
—Los cuatro guardias dejaron las bicicletas ocultas bajo unas zarzas entre los pinos y tomaron un sendero que sube por el collado de la Mosquera y la ladera de la sierra del Portazgo.
—El fraile señalaba con un dedo el lugar por el que discurría el camino del que le hablaba, pero al joven italiano le resultaba imposible verlo, aunque asentía—.
El camino discurre por entre unas pozas de agua y sale a una cueva que hay justo debajo del castillo.
José Antonio y Emilio, los dos guardias más jóvenes, fueron los primeros en llegar a la muralla; el cabo Ginés Gil y Vivancos, que eran más viejos, subían detrás agarrados el uno al otro con el corazón en la boca, los pulmones reventados y las botas encharcadas por el sudor.
—Puedo imaginarme la situación.
—En el silencio del bosque solo se oían sus exhalaciones, pero pronto se vieron interrumpidas por el rugido de un motor que aceleraba y las voces de José Antonio y Emilio gritando «Tened cuidado, tened cuidado…
No paran». Los dos veteranos oían los quejidos del motor, pero no veían las luces porque los sindicalistas bajaban por el camino con ellas apagadas a toda velocidad.
El cabo Ginés se echó el mosquetón a la cara, tiró del cerrojo y disparó, pero erró el tiro o este dio en alguna de las estructuras de madera del camión, porque no saltaron las chispas propias del choque entre metales.
El guardia Vivancos no pudo montar el arma porque tenía el pulso tembloroso por la carrera y las manos sudadas, pero agarró el fusil por la bocacha y estampó la culata contra el parabrisas del coche.
Cinco o seis minutos después llegaron a las ruinas del castillo; José Antonio y Emilio ya estaban allí rebuscando por todos los rincones con sus linternas de petaca, pero en noche tan oscura era imposible ver nada fuera del círculo de luz amarillenta.
Buscaron cerca de los muros, entre las zarzas y arrayanes, hasta que hallaron el cuerpo del molinero sobre un gran charco de sangre.
Al intentar moverlo, el hombre herido exhaló un suspiro, aún estaba vivo.
—¡Qué suerte! ¿No? —interrumpió el joven.
—El pueblo estaba demasiado lejos para llevarlo a cuestas.
José Antonio, que era un hombre muy resuelto, se sacó un machete del cinto, cortó unas ramas de los pinos cercanos y con los correajes suyos y los de sus compañeros improvisó unas parihuelas.
Tumbaron el cuerpo de don Ángel sobre ellas y entre los cuatro lo llevaron a Baños y Mendigo, una pedanía al otro lado del puerto, donde había, y aún hay, una venta, una panadería y un camión.
Las mujeres del lugar le lavaron las heridas y le pusieron paños de agua fría y vinagre para que le bajara la fiebre.
Desde la venta llamaron a una ambulancia y a la comandancia de la Guardia Civil.
Pero la ambulancia iba a tardar mucho, así que decidieron montar al herido en el camión de la leña del panadero y llevarlo hasta Murcia.
Al llegar a la curva Buenos Aires, se cruzaron con la ambulancia y se detuvieron.
Ildefonso interrumpió la narración, sacó otro cigarrillo y volvió a invitar a Fabricio, que, aunque no llevaba tabaco encima, no rechazó la oferta.
—Mientras trasladaban al herido de la caja del camión a la camilla de la ambulancia, llegó al lugar una motocicleta Royal Enfield con sidecar.
Era el teniente Illán, el jefe de línea de la Guardia Civil de Alcantarilla, en cuyo tricornio de pulido charol reverberaba la luz intermitente del farol naranja de la ambulancia, cuyo conductor iba cubierto por una gorra de plato de color rojo.
El teniente sorprendió a los cuatro guardias civiles sin el tricornio puesto ni las trinchas.
El cabo intentó darle una explicación de lo que había pasado, pero el oficial era muy estirado y se negó a escucharlos.
Argumentó que de aquella guisa no quería oírlos y les ordenó que al día siguiente se presentaran los cuatro en su despacho, perfectamente uniformados y con un informe por escrito en el que se explicara a qué se debía aquel comportamiento tan irregular.
Fabricio se volvió hacia Ildefonso sin dar crédito a lo que estaba oyendo. No podía ni imaginar que, en semejante trance, por muy estirado que fuera un oficial, pudiera actuar de aquella manera.
—Dos días después —prosiguió el fraile una vez confirmó al joven llegado de Italia que así fue—, el cabo Ginés y Vivancos fueron al Hospital de San Juan de Dios, en la calle Obispo Frutos de Murcia, a visitar a don Ángel.
El rapapolvo del teniente se había quedado en eso, en rapapolvo.
Sin embargo, ellos sí llevaban una triste noticia a don Ángel: el Jacintín, tras enterarse de que se había salvado, había jurado matarlos a él y a toda su familia.
—Los hombres volvieron a cruzar sus miradas—.
Aquella misma tarde, don Ángel, su mujer y sus ocho hijos huyeron a Albacete en su Citroën Rosalie, conducido por uno de sus empleados y escoltado por el cabo Ginés y el guardia Vivancos, ambos de paisano.
Desde allí, la familia tomó un tren hacia Valencia.
Acabada la guerra, la familia volvió a su antiguo molino y lo encontraron quemado.
Fue la única pérdida material que el pueblo sufrió porque, quitando las fechorías del Jacintín, la guerra nunca llegó allí.
—¿Y qué fue del molinero y su familia?
—Don Ángel volvió al pueblo finalizada la guerra y quiso saber qué había sido de aquellos guardias civiles que le habían salvado la vida.
Fue al cuartel y preguntó por ellos. El cabo Ginés y Vivancos habían aparecido una mañana colgados de las ramas del eucalipto del Mayayo, un árbol conocido en toda la comarca por sus exageradas proporciones.
Del cuello de cada uno pendía un cartel en el que rezaba: «El pueblo no perdona».
José Antonio y Emilio andaban por Valencia en busca de bandoleros, habían tenido que abandonar el pueblo para que el Jacintín no los ajusticiara también.
—¿Y el Jacintín? —preguntó Fabricio con cierto aire de desilusión en la voz.
—Unos días después de lo del cabo y Vivancos, su cuerpo apareció colgado de una rama del mismo árbol. Al pie de este, su padre yacía con un tiro en la barbilla que le había atravesado el cráneo de abajo arriba y una escopeta entre las piernas.
Una mueca de dolor asomó a los labios del joven Fabricio.
—¡Qué historias!, ¿no? —dijo después.
Ilde no contestó. Apagó el cigarrillo en el suelo, se levantó de la piedra donde se había sentado y echó a andar cabizbajo.