CAPÍTULO XXII #3
—Mal. En lugar de afirmar los pilares de la democracia, se vio obligado a hacer frente a todas esas tropelías, algo que, para ser sinceros y no faltar a la verdad, realizó con poco tacto y menos talante democrático.
Los mineros asturianos fueron reprimidos desproporcionadamente por el Ejército.
Los rebeldes catalanes y vascos fueron detenidos, juzgados y condenados.
En febrero del 36 la ingobernabilidad era palmaria.
El presidente de la República, desbordado, accedió a la solicitud del presidente del Gobierno, Portela Valladares: disolvió el Congreso y convocó las segundas elecciones generales del período republicano.
—Y las últimas.
—Su intención era mejorar la mayoría en el Congreso.
—Y no lo consiguieron.
—No. Al contrario; con ellas llegó el caos.
Las izquierdas y los separatistas se unieron en un bloque, el Frente Popular, y las derechas en otro, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas).
El proceso electoral era complicado. Había mucha crispación; tanta que, tres días después de las elecciones, antes de que terminara el recuento y sin saber aún el resultado final de la primera vuelta, el presidente del Gobierno dimitió.
—¡Vaya lío!
El hermano Ilde asintió.
—Ante esta crisis, Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República, mandó la tarde del 19 de febrero a Azaña a formar un Gobierno provisional. El día 26, cuando el nuevo presidente ya llevaba una semana en el cargo, se supo el resultado final de la primera vuelta.
—¿Por eso Franco acusaba a Azaña de haber amañado los resultados?
Ilde no contestó. Fabricio quiso ver en sus ojos la sombra de la duda, pero, cuando abrió la boca fue para continuar con su relato:
—Según las actas, la participación fue la mayor de toda la República, más del setenta por ciento de la población con derecho a voto lo ejerció.
En número de papeletas había ganado el bloque de derechas; en escaños, la izquierda con una amplia mayoría.
No obstante, el resultado obligaba a una segunda vuelta en cinco circunscripciones, en las que ninguno de los dos bloques había llegado al cuarenta por ciento de los votos; veinte escaños.
Esa segunda jornada electoral tendría que haber sido el primero de marzo del 36, pero nunca se celebró.
Como te he dicho, el 19 de febrero el presidente de la República puso al frente del Consejo de Ministros de forma provisional a Azaña.
Este formó un Gobierno de coalición entre Izquierda Republicana y Unión Republicana; concedió la amnistía a los presos catalanes y vascos, condenados por sedición unos meses antes; anuló la suspensión del Estatuto y aprovechó el estado de excepción, vigente desde octubre del 34, para encarcelar a la plana mayor de Falange Española acusándolos de un atentado habido contra el vicepresidente de las Cortes el 2 de marzo.
—¡Hostia! —exclamó sorprendido el joven Fabricio—. ¿Todo eso lo hizo estando de forma accidental al frente del Gobierno?
—Sí.
—¿Fue esa la causa de la rebelión militar de julio?
—Fue una más. La greña entre los partidos comenzó con un debate en el Congreso sobre la legalidad de la última disolución de las Cortes.
Según la Constitución, el presidente estaba facultado para disolverlo, pero, si lo hacía por dos veces durante su mandato, la segunda podía ser sometida a debate.
Si la mayoría lo solicitaba, y si así se acordaba, el presidente podía ser destituido.
—¿Y lo destituyeron?
—Sí. La nueva mayoría salida de aquel convulsivo recuento consideró que esta había sido la segunda disolución y que el presidente debía destituirse.
—¿Y no lo era?
—Había quienes opinaban que en realidad era la primera, pero no tenían razón.
—Entiendo. Aprovecharon el subterfugio para hacerse también con la presidencia de la República.
El hermano Ilde volvió a dar la callada por respuesta mientras inhalaba una larga calada y exhalaba el humo lentamente hacia arriba. Luego, con la misma parsimonia, añadió:
—El presidente del Congreso se hizo cargo de la presidencia de la República de forma interina y, unos días después, Azaña la ocupó de nuevo.
—Esta vez el que se mostraba estupefacto era Fabricio—.
Inmediatamente después, se organizaron en Barcelona unas Olimpiadas Populares en contraposición a las de Berlín (mientras toda Europa guardaba las formas hacia Alemania, España no lo hizo) y nos echamos como enemigos a Italia y Alemania.
—Y me imagino que a buena parte de los países europeos que mantenían relaciones con estos y que además habían anunciado su participación en los juegos berlineses.
Ilde asintió de nuevo mientras apagaba el cigarrillo pisándolo con el pie.
—El mismo día en que esos juegos españoles iban a ser inaugurados en Barcelona, se dio el golpe de Estado y todo acabó. Después, la guerra criminal y cruel, la represión posterior y la dictadura.
—Fueron momentos duros, ¿verdad?
—¿Que si lo fueron? Te voy a contar la historia de un hecho ocurrido no muy lejos de aquí.