El informe Mancini CAPÍTULO XXII #2
56%

CAPÍTULO XXII #2

—No. No soy de la condición de acusar a la víctima de los hechos de su agresor. Solo quiero apuntar que el Estado ya había colapsado cuando llegaron ellos, aunque no las posibilidades de reconducirlo si hubiera habido voluntad por parte de todos.

Fabricio sacó un mechero, lo prendió y se lo acercó a su interlocutor, el cual, haciendo un hueco con las manos para preservar la llama del viento, encendió el pitillo.

—Es evidente que España, tras el largo periodo de la Restauración, el caciquismo, la guerra de África, la corrupción sistémica de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera, necesitaba evolucionar hacia una democracia real, una república seria. Pero no lo conseguimos.

—¿Por qué no cuajó la II República?

—El primer bienio republicano conoció varios gobiernos, todos ellos presididos por Azaña.

Hubo cambios drásticos que afectaron a la sociedad, especialmente a los terratenientes, empresarios y grandes capitalistas que, de la noche a la mañana, no solo vieron enajenadas sus posesiones, es que los convirtieron en malvados hijos de Satanás, en enemigos del pueblo; entre ellos, una de las instituciones más perjudicada fue la Iglesia.

—¿Y los militares?

—Un sector de ellos se avino a la normalidad, aceptó bien las reformas y le allanó el camino al nuevo régimen.

Los africanistas lo llevaron peor. El Gobierno suprimió el escalafón de guerra y lo unificó.

El sistema de ascensos que había logrado que algunos llegaran a comandantes con menos de veinticinco años cumplidos desapareció. Eso, evidentemente, no les sentó bien.

—¿Quiénes eran los africanistas?

—Los que habían tenido especial relevancia en la guerra de Marruecos.

La izquierda no los trató bien. No solo les quitó las prebendas por haber estado en el frente: sueldos, destinos, ascensos…

, los responsabilizó de todos los males habidos y por haber, los destituyó de sus cargos y los alejó de los centros de poder, de Madrid.

—De la pomada.

—Sí.

—¿Pero eran monárquicos?

—No, no creas. Si había una facción antimonárquica en el Ejército, esa era la africanista.

Alfonso XIII fue un rey corrupto, la culpa de la hecatombe africana fue suya y solo suya.

El Ejército no estaba bien pertrechado y, para colmo, él mismo dirigió algunas de las operaciones más catastróficas de la campaña.

La palma se la llevó la batalla de Annual.

—¿El desastre de Annual?

Ilde asintió pensativo. En su mente se rememoraban aquellos fatídicos días. Un hermano suyo había fallecido en África.

—Una estúpida derrota que le costó la vida a más de once mil quinientos soldados españoles, algunos barbilampiños aún.

Aquella derrota nos obligó a replantear nuestra política colonial, pero sentenció al rey y, por ende, a la monarquía, la cual, para salvar los muebles, consintió, o quizá programó, el golpe de Estado del general Primo de Rivera y la dictadura posterior.

—¿Otra dictadura?

—Sí. El período conocido como Restauración, uno de los más largos en paz de este país nuestro, finalizó con una dictadura.

—¿Y dice usted que la programó el rey?

—Sí. A la vista del desastre ocurrido allí, Dámaso Berenguer, un alto comisionado del Ministerio de la Guerra encargó al general Juan Picasso una investigación que aclarase los hechos y depurase las responsabilidades pertinentes.

El expediente se realizó minuciosamente y llegó a las Cortes, donde se debatió muy acaloradamente, según se pudo leer en la prensa del momento, a la que se le filtró todo.

Indalecio Prieto, un líder socialista de la época, responsabilizó al rey sin ambages de ningún tipo.

El presidente del Gobierno, Sánchez Guerra, dimitió, lo que provocó que se suspendieran las sesiones.

Alfonso XIII puso al frente del Consejo de Ministros a Manuel García Prieto, un liberal, y el debate continuó.

Si hasta ese momento las sesiones habían ido recrudeciéndose, ahora adquirían tintes de batalla campal.

La comisión de investigación solicitó a la Junta de Defensa Nacional las actas emitidas al respecto, pero le fueron negadas y comenzaron los rumores de que el rey era el único responsable de la matanza de Annual.

—¿Y lo era?

—Oficialmente nunca lo supimos. En los días anteriores a la votación de las conclusiones en el Congreso de Diputados, el capitán general de Cataluña, general Miguel Primo de Rivera, dio un golpe de Estado, disolvió las Cortes e instauró una dictadura con el beneplácito de la casa real.

—¿Y nunca más se supo del asunto?

—¡Nunca!

—¿Por eso aceptaron los militares la república y las reformas?

—Sí, la mayoría de ellos sí.

—¿Y qué sucedió después?

—Durante los dos primeros años del período republicano, se produjeron una serie de sucesos violentos entre el Estado y las facciones más extremistas de la izquierda: Casas Viejas, Castilblanco y Arnedo, sobre todo, sirvieron de revulsivo a una enérgica ofensiva política de centroderecha.

Todo ello, junto con la premura de los cambios —la izquierda se apresuró con las transformaciones— hicieron fracasar al Gobierno, y el presidente, Niceto Alcalá Zamora, acabó destituyendo a Azaña en septiembre de 1933 y convocando elecciones para noviembre de ese año.

—¿Y ganó la derecha?

—Ganaron en conjunto, pero ningún partido obtuvo un triunfo notable.

No obstante, las izquierdas se dieron un batacazo.

A partir de ahí todo fue de mal en peor: se unieron a los separatistas, las huelgas fueron cada vez más violentas y, en octubre del 34, los comunistas y anarquistas se echaron a la calle en toda España con una virulencia inusitada en Asturias.

Acto seguido, el País Vasco y Cataluña se declararon independientes en virtud de un pacto político que se había celebrado en San Sebastián en 1930 entre los partidos republicanos.

En realidad, aquello fue un proyecto para acabar con la monarquía de Alfonso XIII y dar paso a una república federal, pero nunca se formalizó.

La Constitución republicana no preveía el federalismo en España.

—¿Todo eso ocurrió mientras gobernaba la derecha?

—Sí. Durante el segundo bienio.

—¿Y el Gobierno cómo reaccionó?