El informe Mancini CAPÍTULO XXII
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CAPÍTULO XXII

Tabaco, pinos y conversación

La mañana siguiente la pasó Fabricio dando un paseo por los alrededores del cenobio junto al hermano Galtieri, un italiano afincado allí desde el fin de la guerra civil española.

El monasterio se encontraba en la vertiente noroeste de la sierra de la Cresta del Gallo, junto al Verdolay —una zona residencial de Murcia— y el castillo moro de Santa Catalina, del siglo IX.

Este se erguía sobre un cerro próximo, una atalaya modificada por la edificación, en la que ya no se llegaba a distinguir dónde acababa el monte y empezaba el castillo y en cuya falda se podían ver restos de acequias y aljibes ahora en desuso.

Aunque a primera vista parecía un lugar demasiado apartado, no lo era.

A menos de dos kilómetros estaba Santo Ángel, otro barrio residencial de la ciudad hasta el que se podía llegar por un camino que descendía por el valle del Hondillo y que pasaba junto a las huertas del monasterio de la Fuensanta, al cual se llegaba mucho antes por allí que por la carretera.

El monasterio estaba enclavado entre dos ramblas —en Murcia a los barrancos los llaman ramblas y, cuando llevan agua, todos exclaman: «Ha salido la rambla»—.

Por levante, la del Sordo y, por poniente, la de Santa Catalina, que pasaba bajo su ventana.

Al sur, se encontraban las pendientes montañosas de la sierra y, hacia el norte, las viviendas y huertas de la zona del Verdolay.

Todo el conjunto conventual estaba constituido por una superposición de edificaciones de muy distinto carácter y épocas que habían sido construidas a lo largo de los tiempos.

Debido a la orografía del enclave, la edificación estaba escalonada en tres alturas comunicadas por suaves rampas y pequeñas escalinatas.

En lo más alto estaba el claustro de noviciado; la iglesia u oratorio se había construido en la parte más baja a finales del siglo XVII y, según Galtieri, se había hecho con el permiso expreso del obispo de la diócesis de Cartagena, Fernández de Ángulo, para que los ermitaños originales pudieran levantarla.

La altitud máxima de aquella cordillera que los murcianos consideraban el pulmón de la comarca era de quinientos veintitrés metros, nada significativo, pero tenía un perfil abrupto y escarpado que la convertía en un atractivo reclamo para senderistas y escaladores.

—Cerca del antiguo ermitorio hay un refugio ibérico del siglo IV antes de Cristo que ha llegado hasta nuestros tiempos a pesar de que los romanos arrasaron con todo allá por el siglo III antes de Cristo —explicó Galtieri al ver la curiosidad que Fabricio sentía por el lugar.

—¿Se puede visitar?

—Sí, sí. Y no muy lejos de él hay un yacimiento arqueológico ibero.

El hermano Ilde se unió a ellos casi una hora después, era un hombre más abierto y locuaz que Galtieri, y cinco minutos después ya parecían amigos de toda la vida.

—El origen del cenobio está relacionado en una población de ermitaños que hasta el siglo XVIII vivieron en unas cuevas que había donde ahora se erige el eremitorio —les explicó al ver que la conversación entre Fabricio y Galtieri giraba en torno al origen del monasterio—.

La comunidad ha pasado por dos momentos clave en su historia: la desamortización de Mendizábal en el siglo XIX, que nos expropió un ingente patrimonio cultural y religioso y prácticamente nos dejó el monasterio y sus huertas; y los inicios de la guerra civil del 36.

—¿Fue dura por aquí? —preguntó Fabricio.

—Los rojos —Ilde llamaba así a los radicales de la izquierda de la época— se cebaron con los monjes hasta el punto de obligarlos a abandonar el convento y a refugiarse de nuevo en las cuevas que habían sido el origen de la comunidad.

Fabricio notó cierto odio en las palabras del fraile y compuso un gesto de desaprobación. Galtieri lo notó y antes de que dijera nada le explicó:

—Cada vez que venían por aquí asesinaban a cuantos se les ponían a tiro.

—Yo entonces no estaba aquí —terció Ilde—, pero la mayoría de los hermanos que viven ahora en el monasterio fueron testigos de aquellas incursiones.

—¿Por qué usan el hábito de los jerónimos? —preguntó Fabricio.

—Los jerónimos tuvieron una presencia muy importante en Murcia —se adelantó a contestar Ilde— desde su establecimiento en La Ñora, una pedanía de Murcia que hay cerca de aquí, junto al río Segura, en el siglo XVI.

—¿Conoces las ñoras, Fabricio? —preguntó Galtieri. El italiano negó con un gesto—. Son unos pimientos típicos de esta zona. Los jerónimos los trajeron de América.

—¿Los frailes?

—Sí. Por lo visto, Colón tuvo un regreso muy ajetreado de su primer viaje e hizo promesa de ir a poner unas velas a la Virgen de Guadalupe, en Extremadura, promesa que cumplió incluso antes de ir a ver a los reyes a Badalona. Allí dejó unas semillas que al poco dieron sus frutos.

—¿Los pimientos? —intervino Fabricio.

Ilde asintió con un gesto antes de continuar:

—Exacto. Por lo visto se aclimataron bien y los llevaron al monasterio de Yuste, y de allí al de aquí, al de La Ñora, ¡de ahí el nombre del pueblo, que entonces ni existía! Eran las huertas del primer monasterio.

Días después, una tarde que Galtieri no los acompañó, desde uno de los altozanos donde charlaba con el padre Ilde, vieron que en uno de los patios del eremitorio había un niño de unos once o doce años jugando con un balón.

Fabricio observó detenidamente al chiquillo que se comía un bocadillo mientras lanzaba a patadas la pelota contra una descarnada pared.

—No sabía que en el eremitorio hubiera chicos.

—Pertenece a una familia desestructurada de Murcia; su padre está en la cárcel y la madre es una prostituta que, encima, se ha liado con uno de un clan contrario al del padre del crío.

—Fabricio se volvió hacia Ilde, pero no le interrumpió—.

La madre está embarazada del otro. El padre ha delatado a un traficante de drogas de su barrio para que le acorten la condena y poder vengar su afrenta.

Las autoridades no son ajenas a ello, pero parece que no les importa.

El chico es muy inteligente y don Fulgencio, su párroco, quiere sacarlo de todo ese fango y darle una oportunidad.

Fabricio comprendió. Se levantó de la piedra en la que se había sentado y echó a andar por un sendero que se adentraba en el bosque sin percatarse ni él ni Ilde del hombre que los acechaba desde lo alto de una roca en la umbría de la montaña.

A Rogan no le hubiera costado ningún esfuerzo acabar con la vida de los dos en ese momento, pero ese no era su encargo.

Necesitaba vivo a Fabricio y disponer de él algún tiempo para arrancarle dónde guardaba los documentos que el médico italiano le había mandado y tanto interesaban a su jefe.

—¿Son vengativas las gentes de por aquí, hermano Ilde?

—No especialmente. El niño es gitano —añadió como si esa circunstancia fuera suficiente por sí sola para explicarlo todo.

Pero, al volverse hacia Fabricio y ver su rostro, comprendió que no había captado su intención—.

Los gitanos en España viven marginados; el Gobierno, al menos la dictadura, no ha hecho nada por integrarlos, al contrario: les ha levantado barrios, colegios e iglesias exclusivamente para ellos.

—Eso está bien —interrumpió.

—En principio puede parecerlo, pero con el tiempo han degenerado en auténticos guetos.

Con la muerte de Franco y este lío de transición en la que aún no sabemos si somos un país democrático o una reminiscencia de la dictadura, la cosa ha empeorado mucho.

Los jóvenes consumen drogas en los institutos ante la aquiescencia de los profesores.

En algunas ocasiones, hasta son ellos mismos quienes se las proporcionan.

El libertinaje se ha convertido en bandera de los progres.

La gente no sabe vivir en libertad; las autoridades tampoco, todo es confuso.

—Pero ya han tenido elecciones libres, han legalizado los partidos políticos, el Parlamento es democrático y muy pronto tendrán una nueva constitución. Las cosas se están haciendo bien, ¿no?

—Sí, sí. Pero la sociedad va más despacio, está descabezada.

En los colegios algunos profesores siguen aún las pautas del franquismo y otros, los más jóvenes, no saben explicar que la democracia es algo más que libertad.

La democracia es respeto, Fabricio —añadió después de un corto silencio—, la democracia es Estado de derecho.

Un Estado puede persistir sin él, pero una democracia no.

Usted es licenciado en Derecho, su país lleva años en democracia —la última frase la pronunció mirándolo a los ojos.

—No crea que estamos mucho mejor que ustedes, la Mafia gobierna la mitad del país, el Vaticano dirige nuestra economía y la izquierda es intransigente, ni respeta el Estado de derecho ni lo acata.

—Eso mató en España a la II República —terció Ilde.

—Yo siempre había creído que fue Franco.

El fraile no respondió. Buscó un tocón, se sentó, sacó un cigarrillo, le ofreció otro a Fabricio —el cual lo aceptó mientras buscaba dónde sentarse— y luego continuó:

—Realmente fue él. El golpe inicial, el ideado por Mola, tenía como objetivo reconducir la república; los ideólogos del golpe original no eran fascistas ni monárquicos.

Desde que la izquierda perdió las elecciones de 1933, ellas y el separatismo se opusieron a la legislación vigente en todos los órdenes creando un ambiente propicio para que algo así sucediera, pero, conforme Franco fue ganando protagonismo entre los sublevados, el propósito se diluyó y terminó siendo un movimiento a su imagen y semejanza.

El verdadero golpe contra la democracia fue que la junta de defensa lo pusiera a él al frente del Ejército.

—¿Culpa a los progresistas de lo sucedido?