El informe Mancini CAPÍTULO XXI
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CAPÍTULO XXI

—Ya le dije que era un lugar precioso, que merecía la pena que lo visitara. Es uno de los rincones más bonitos del mundo, cuenta con más de mil años de historia. Fue fundado por el señor de Montbuy, cuyo castillo aún se alza en Caldas.

—Gombau de Besora —precisé.

—Ramón, me he desplazado hasta aquí para que me hable de sor Cinzia.

—El fraile se volvió hacia mí circunspecto.

Mi tono de voz y la forma tan tajante en que lo había cortado le debió dar la información necesaria para comprender que yo no iba de turismo—.

Sé que usted la visitaba y estuvo con ella hasta su muerte.

Ella fue la primera víctima de los tres.

Necesito saber todo lo que pueda decirme de su vida.

—No sé mucho, señor Fergó —su tono de voz había cambiado al tiempo que su rostro. Se tomó unos segundos para recomponerse y ordenar un discurso y luego continuó hablando—: Cinzia era una mujer cariñosa, sola en la vida, sin familiares.

—¿Qué relación tenía usted con ella?

—Nada especial, créame. La visitaba porque no tenía a nadie en la vida.

—Pero esa no es una razón. ¿Cómo la conoció? ¿Qué los unía?

—Verá. Pocas semanas después de llegar yo aquí, el monasterio recibió una importante donación anónima y la promesa de seguir recibiendo otras siempre que yo (se referían a mí con mi nombre y apellidos) visitara a sor Cinzia para que no se sintiera sola y abandonada.

—¿Por qué usted y no otro?

Ramón se quedó en silencio. Tuve la sensación de que quería ocultarme algo o intentaba ordenar sus ideas para no hablar demasiado. Luego añadió: —¿Recuerda que en Barcelona le hablé de un fraile benedictino que había venido hasta Sant Pere de Rodes desde el Vaticano?

—Sí, el que está enterrado allí.

Miré mis notas para recordar el nombre, pero Ramón se adelantó.

—Alveroli, Máximo Alveroli.

—Exacto —contesté volviendo a mirarlo a la cara.

—Tuvo que ser él. Debió de darle mi nombre a alguien.

Por tercera vez durante aquella conversación, Ramón volvió a mirarme de una forma especial, era evidente que con ella intentaba hacerme partícipe de algo que le costaba trabajo explicar.

—¿Él tenía algo que ver con ella, eran familia?

—No lo sé, pero creo que no. Siempre tuve la sensación de que él me recomendó a alguien, me tenía en mucha estima, los meses que pasamos juntos en Sant Pere de Rodes…

—Se calló, miró hacia el cielo y unos segundos después volvió a contemplarme con aquellos ojos que lo decían todo, pero que yo no entendía—.

Máximo y yo estábamos muy unidos, ¿sabe?

Entonces lo entendí.

—¿Quiere decirme que en el tiempo que estuvieron en Sant Pere de Rodes, entre usted y él hubo algo más que amistad?

Ramón asintió.

—Mucho más.

A mí poco me importaba lo que dos hombres adultos hicieran con su vida y sus cuerpos entre aquellas paredes erigidas en mitad de un paraje que todo lo que tenía de bello lo tenía de aislado.

—¿Máximo nunca le contó nada sobre Fabricio o sobre el niño?

—A Fabricio lo conocía desde niño, eran muy amigos; al niño lo conoció cuando llegó a España, era cosa de Fabricio, no de él.

Cuando yo trataba de sonsacarle algo respecto a aquel misterio que tanto los unía, siempre me contestaba lo mismo que la monja: «Si te lo contara, tendría que matarte». Luego se reía a mandíbula batiente.

—¿Fabricio también era homosexual?

—No, él no, y el niño tampoco.

—¿El donante de aquella dote nunca se preocupó por Cinzia?

—Sí, sí se preocupó. No personalmente, pero me exigía que todas las semanas le mandara una carta hablándole de ella e informándole de su estado de salud.

—¿A nombre de quién y a qué dirección mandaba la carta?

—A nombre de nadie, a ninguna dirección. Un apartado de correos de Barcelona.

—¿De Barcelona?

—Sí.

—¿Puede decirme el número de apartado?

—Supongo que sí. Cinzia ya ha fallecido…

Tras anotar en mi libreta el número de apartado de correos al que el fraile mandaba la carta semanal, me dispuse a marcharme.

Ramón me acompañó hasta el coche y, justo en el momento antes de abrir la puerta, me hizo una revelación: —Unos días antes de morir, sor Cinzia me pidió que enviara una carta por ella.

Me volví hacia él, lo miré de nuevo a los ojos y esperé en silencio a que el fraile me contara un nuevo secreto.

—La carta iba dirigida a un primo suyo que vivía en Ventimiglia… —Hice ademán de preguntarle algo, pero me cortó—. No, no sé la dirección ni el nombre, ella solo me dijo que era para un primo. Me imagino que su intención era no preocuparme.

—¿No abrió la carta?

—No. Le puse un sello y la eché a un buzón de correos.

—¿Ella nunca le habló antes de ese primo?

—Nunca.

De vuelta a Barcelona, llamé a Valentina por teléfono —como ya he comentado, mi socia, mi amiga y, en alguna ocasión, muy lejana ya, mi amante, aunque eso de momento está aparcado—.

Quería encargarle que averiguara a nombre de quién estaba aquel apartado de correos.

Entrando en la ciudad, la melodía de mi teléfono interrumpió el programa de radio que iba oyendo. Era ella.

—Mario, el apartado de correos está contratado por el colegio que Jerónimo, nuestro desaparecido, dirigía.

—¡Joder! ¡Menudo bucle! ¿No? Todos los hilos que abro en esta puta investigación se cierran sobre sí mismos —exclamé con la desazón que todo aquello me causaba.

—Supongo que saber qué hacía el desaparecido con esas cartas que le mandaba Ramón sería un avance importante en la investigación —dijo Valentina rompiendo mi propia reflexión.

—Lo seguiremos intentando —le contesté antes de colgar.