CAPÍTULO XX
Carreteras secundarias y motocicleta
Los días ya empezaban a ser más largos y soleados, lo que me daba más tiempo para centrarme en el caso que me ocupaba aquella primavera. Una sensación me atenazaba desde el inicio de la investigación: algo se me estaba escapando, pero no sabía qué.
Continuamente me preguntaba cuál sería ese secreto del que el hermano Ramón Rodríguez me había hablado. Según Efraín, ningún descubrimiento del pasado podía con la Iglesia, todos estaban más que superados.
Conducir por evasión por carreteras secundarias, además de proporcionarme el placer de introducirme en paisajes subyugadores, me ayudaba a pensar. No me importaba hacerlo en moto o en coche. Pero he de confesar que la primavera y el buen tiempo me habían despertado las ganas de sacar la moto.
Hace ya unos años, en un momento de debilidad en el que comprendí que la juventud se me estaba escapando, decidí comprarme una motocicleta de la que siempre estuve enamorado: una Indian Roadmaster, toda una preciosidad.
Quizá un poco pesada para mi edad, pero, si no aprovechaba mis últimos años de madurez, muy pronto el deseo se convertiría en una añoranza irrecuperable.
Por la tarde la llevé a lavar y a que le hicieran una revisión de las ruedas, la batería y demás.
Al día siguiente, sobre las ocho de la mañana, ya con el sol fuera, ataviado con mis vaqueros fetiche, una chaqueta de cuero y mi casco, monté en mi corcel de hierro —me gustaba llamarla así— y, bordeando el Mediterráneo, tomé una ruta hacia el norte.
El tramo hasta Pineda de Mar lo hice de un tirón. Allí me detuve en un bar de carretera a desayunar: un café con leche bien cargado y una tostada de tomate, aceite y sal. Mientras degustaba los alimentos, saqué la tableta y busqué noticias que tuvieran una relación con Roma y con aquel año.
La Europa de los años setenta no había sido un remanso de paz: el terrorismo revolucionario había puesto en jaque a todos los países. En Alemania, la Fracción del Ejército Rojo mataba sin control alguno en una lucha fratricida contra el capitalismo.
Francia se vio acosada por varios grupos terroristas: palestinos, Acción Revolucionaria Internacional (GARI), Núcleos Armados por Autonomía Popular (NAPAP) que más tarde se juntaron para crear Acción Directa siguiendo el modelo de Fracción del Ejército Rojo alemán.
Pero el movimiento que más disgustos les proporcionó a los europeos en aquel momento fue el Frente de Liberación de Bretaña, una corriente asesina, fundada por una escisión de Emsav, cuya pretensión más importante era la independencia de la Bretaña francesa —reclamaban aquellos asesinos el restablecimiento de sus fueros y derechos anteriores al Tratado Franco-Bretón de 1532, ahí es nada—.
Es cierto que no contaban con muchos adeptos, lo que los llevó a enarbolar la bandera de la lucha de clases, del celtismo y del europeísmo.
En España sucedía algo parecido con ETA. La banda terrorista había surgido como movimiento de liberación vasco, luego evolucionó hacia el antifranquismo y —muerto el dictador e instaurada la democracia— abanderó la revolución comunista y la lucha por la república vasca.
A todos estos asesinos los unían elementos fundacionales similares y un líder en Europa, Ilich Ramírez Sánchez, alias Carlos, también conocido como el Chacal, un guerrillero de origen venezolano que se había hecho famoso liderando un sangriento comando en suelo europeo anexo al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP).
Italia no se quedó atrás. El terrorismo revolucionario también sembró allí su semilla, especialmente a finales de los setenta. Como en el resto de Europa, el movimiento terrorista se fraguó con las propuestas ideológicas de grupos intelectuales de la nueva izquierda.
El más violento fueron las llamadas Brigadas Rojas (br).
Estos brigadistas empezaron a operar en 1970 en las zonas industriales del norte de Italia, concretamente en Milán y Turín.
Sus primeras acciones violentas tuvieron como escenario los conflictos laborales, donde aprovechaban para poner bombas en los coches de los empresarios y camiones de abastecimiento.
El golpe que los llevó a la primera plana de los periódicos como movimiento terrorista fue el secuestro y juicio popular del magistrado Mario Sossi.
El éxito de esa operación los llevó a la conclusión de que debían incrementar la acción terrorista durante el 75 y el 76, pero la policía detuvo a los principales dirigentes brigadistas a finales de aquel año.
El grupo se regeneró con dirigentes menos especulativos y más eficientes en la gestión de la violencia que sus románticos predecesores. El más significado fue Mario Moretti. La estrategia cambió, abandonaron la huelgas y manifestaciones obreras y orientaron sus ataques hacia el aparato del Estado.
El 16 de marzo de 1978, asestaron su golpe más espectacular secuestrando a Aldo Moro, el presidente del Gobierno.
Durante cincuenta y cinco días los terroristas estuvieron emitiendo información sobre el juicio popular al que lo estaban sometiendo hasta que el día 9 de mayo su cadáver fue descubierto en el interior de un coche.
«¿Podía estar el Vaticano implicado en la muerte del presidente de los democratacristianos?», me pregunté. Pero dejé las indagaciones para la hora de la comida: tocaba volver a la ruta.
Al llegar a Tossa de Mar, la carretera se volvió sinuosa, pero el día estaba soleado y sortear aquella infinidad de curvas y contracurvas que había hasta Sant Feliu de Guíxols no hizo más que mejorar la experiencia.
Desde ahí en adelante no es que fuera mucho mejor, pero ya era distinta.
En Begur hice un alto para comer y echar otro vistazo a la tableta.
Con el fin del año 78, los españoles estrenamos la actual Constitución, un paso decisivo en la transición hacia la democracia tras la muerte de Franco.
Los españoles comenzábamos a experimentar la libertad social y cultural, y nos preparábamos para entrar en los coloridos años ochenta y la movida madrileña, un movimiento cultural surgido a raíz del fin de la censura que durante cuarenta años había atenazado al país.
Comenzó el destape y en las calles la moda europea hizo furor.
Mi próximo destino era Cadaqués. Busqué una terraza abierta a la bahía (mirar al mar relajadamente es otro de los placeres que me permito de vez en cuando), busqué una mesa que me proporcionara ese deleite y pedí un refrescante gin-tonic .
No hice otra cosa que deleitarme con el paisaje y degustar el combinado.
Rememorar el año 1978 no me estaba sirviendo de mucho, aunque reconozco que, en el ámbito católico, el hecho de que la humanidad conociese entre el verano y el otoño de aquel año a tres papas, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, sí era bastante significativo.
Acabé el combinado y volví a la motocicleta. Enfilé la carretera del Port de la Selva, donde me aguardaba otra parada obligatoria: el monasterio de Sant Pere de Rodes, no en vano había sido el refugio de Fabricio y Giovanni (Jerónimo) tras abandonar Murcia.
Sant Pere de Rodes era un ejemplar exótico dentro del románico catalán.
Evidentemente no era la Vall de Boí, donde había estado investigando el hallazgo de aquel cadáver emparedado en los bajos de un hotel al principio de la Guerra Civil, pero su arquitectura era una de las más sofisticadas, además de un centro espiritual del condado de Empúries desde la Edad Media.
Su importancia se mostraba en las generosas dimensiones del enclave.
El conjunto estaba formado por la iglesia con su campanario y las sacristías, el claustro, las dependencias de los monjes que habitaban en él y el palacio del abad.
Al verlo de lejos, se distinguía su peculiar forma aterrazada, una técnica de los arquitectos de la época para adaptar la construcción a la fisonomía del terreno.
Los edificios que lo formaban se hallaban en torno al claustro de la iglesia —la parte más antigua de todas—, que databa de los siglos X y XI.
Por entonces, los condados carolingios del sur, aprovechando la debilitación del poder central del imperio, las guerras intestinas entre los herederos de Carlomagno y que los moros ya no eran un problema, se independizaron de este.
El emperador no había dotado al imperio de una estructura política duradera.
Su organización se basaba en la fidelidad de la nobleza al rey de los francos y de los lombardos.
Dicha fidelidad disminuía por días a medida que los condados se hacían más autónomos.
Uno de sus principales errores fue no dotarse de un ejército profesional y estable.
Su defensa se basaba en la organización de levas de armas en las que cada guerrero se equipaba por su cuenta.
La sociedad era muy rural, la base económica era la agricultura de subsistencia.
Las ciudades eran inexistentes, y las que había eran muy pequeñas y sin comercio.
Mantener a un guerrero profesional y su ejército resultaba carísimo.
Debido a ello, solo unos pocos señores podían pagárselo.
El resto, si quería defensa, debía rendir vasallaje al rico.
La carencia de una clase social burguesa y comerciante obligaba a mantener una economía autárquica que impedía el progreso de las comarcas menos agraciadas por la naturaleza.
Esa situación es el embrión de la independencia de los condados respecto del imperio.
Así fue como el conde Borrell II oficializó la ruptura con los francos al no prestar juramento al primer monarca de la dinastía de los Capetos.
En Cataluña —como consecuencia de las presiones señoriales, la violencia de los nobles arrolló a los campesinos, gracias, entre otras cosas, al perfeccionamiento de las tácticas militares: caballería pesada y contratación de mercenarios bien armados y a caballo—, se originaron lazos de vasallaje muy fuertes entre los campesinos libres y la nobleza, lo que desembocó en una sociedad feudal en la que los pequeños propietarios se convirtieron en siervos de los señores o de la Iglesia.
Con el tiempo, los condes de Barcelona vincularían a todos los demás condados catalanes con el suyo y después este pasó a formar parte de la Corona de Aragón junto con las taifas de Tortosa y Lérida.
En aquellos dos edificios iniciales del monasterio de Sant Pere, junto a sus columnas y capiteles, se podía observar parte de ese pasado.
La portalada principal se había construido bajo la dirección del maestro de Cabestany.
Esculpidas en mármol, se muestran pasajes de la vida de Cristo, que, aunque muy deteriorados, han sobrevivido hasta nuestros días en prueba de su extraordinaria calidad.
Otra envidiable característica del lugar eran sus privilegiadas vistas del cabo de Creus y los restos del antiguo poblado medieval de Santa Creu de Rodes, donde eran de destacar, así se lo hacía saber Fabricio a Giovanni, la iglesia de Santa Helena de Rodes.
No entré al monasterio, no tenía necesidad de ello, desde fuera y andando por las laderas próximas me podía hacer una idea de lo que había dentro.
De allí bajé al Port de la Selva, busqué la calle que me paseara por el puerto y la playa y, sin demora, continué mi ruta hacia Portbou, a donde quería llegar con luz del día.
Conozco ese pueblo desde hace más de cuarenta años, me siento ligado a él porque de joven había pasado un verano allí con mis padres y, después de mi formación en la academia de Úbeda, fui destinado allí.
Siempre que se me ofrecía la oportunidad lo visitaba, me encantaba perderme por sus calles, plazas y especialmente su playa, que tantas noches había vigilado.
Hay lugares que nos marcan de por vida, Port-Bou era uno de ellos.
En la terraza del Café Riky me encontré con Maricarmen Rubio, una vieja amiga que me dio mucha alegría encontrar.
Estaba sola y me senté con ella. Pedí otro gin-tonic , hablamos de esto y de aquello y, al anochecer, Maricarmen me invitó a cenar unos calamares que le salían buenísimos.
Tras la cena emprendí la vuelta hacia Barcelona más tarde de lo que hubiera querido, pero muy satisfecho por el día de reflexión, aunque en realidad no había avanzado nada.
En Figueras tomé la autopista. Desde allí a Barcelona había un paseo, aunque llegué cerca de la una de la madrugada.