CAPÍTULO XIX
El monte
Bajó del tren en la estación del Carmen de Murcia.
En el andén no había nadie esperándole, tampoco estaba seguro de que debiera haberlo, Blas Mejuto no se lo había dicho ni él se lo había preguntado.
Tomó un taxi en la puerta de la estación, dio las señas al chófer y este automáticamente se puso en marcha.
La estrecha y sinuosa carretera que le conduciría hasta el eremitorio partía desde la pequeña localidad de Algezares (una de las pedanías de la ciudad que hay al pie de la Cresta del Gallo —el monte, como le gusta decir a los lugareños—).
El primer tramo consistía en una empinada cuesta de varios kilómetros que finalizaba en el monasterio de la patrona de la ciudad, la Virgen de la Fuensanta.
El taxi no paró allí como él esperaba al ver el edificio y el convento.
Continuó trazando una amplia curva y se adentró en el bosque.
La carretera se estrechó y el alumbrado municipal desapareció.
Deseó que el viaje no durara mucho más: estaba cansado, hambriento y un sinfín de preocupaciones rondaba su cabeza.
—¿Queda mucho para llegar?
—No, un kilómetro escaso o poco más —aclaró el taxista, que hasta ese momento no había dicho esta boca es mía.
El eremitorio era una ermita con varios edificios circundantes, todos del siglo XVIII.
El taxi se detuvo en una explanada asfaltada junto a una cerca de hormigón y una reja metálica cerrada a cal y canto.
El chófer le bajó la maleta del coche, cerró el portón del maletero y le pidió quinientas veinte pesetas. Fabricio sacó unos billetes sueltos que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y buscó uno de quinientas y otro de cien, no llevaba monedas.
El taxista entró en el coche buscando la vuelta, pero, al ver que se retrasaba en volver, Fabricio le dijo que lo dejara, que ya estaba bien así. El hombre le dio las gracias, se acomodó al volante, cerró la puerta y emprendió el regreso.
Una vez se hubo quedado solo en la explanada, le echó un vistazo a todo el enclave, después tomó su maleta, caminó hasta la puerta de hierro y apretó un pulsador que había junto a la jamba derecha, bajo un letrero que decía: «Timbre».
Nadie le contestó a pesar de que bajo el pulsador había un pequeño altavoz.
Al cabo de un rato sin respuesta, volvió a pulsar.
Veinte o treinta segundos después se abrió una puerta en el edificio anexo a la ermita; un haz de luz iluminó el pavimento e inmediatamente después se dibujó en él la sombra de un monje que, al instante, apareció por la puerta rebuscándose entre los hábitos la llave que abría la cancela.
—¿Es usted el hermano Fabricio? —preguntó.
—Soy Fabricio, pero no soy hermano, soy seglar.
—Lo mismo da, hombre —manifestó mientras introducía la llave en la cerradura—. Aquí todo el que venga con buenas intenciones es bien recibido.
—¿Y cómo sabe usted que yo vengo con buenas intenciones?
El hombre emitió una sonora carcajada mientras se aproximaba a la puerta, luego la abrió, le franqueó el paso, le tendió la mano derecha y se presentó como el hermano Ilde.
—¿Ilde?
—Ildefonso, pero todos me acortan el nombre.
Ilde era un hombre próximo a los sesenta años, pero con buena presencia física, medía más de un metro ochenta y tenía buen porte, aunque también una prominente barriga.
—Tienes el tiempo justo de instalarte y cenar.
El hermano Ilde caminaba renqueando, padecía de una hernia discal que de vez en cuando le atacaba y estaba en uno de esos episodios. A pesar de ello, no perdía la simpatía.
La habitación no era la más amplia de la que había dispuesto en su vida. No obstante su reducido tamaño y su sobriedad, era acogedora.
—El sobre que hay encima de la mesa es para usted. Se lo envía desde Barcelona un tal Blas Mejuto, un hermano de nuestra orden allí.
—Gracias.
Se volvió hacia la mesita y sobre ella vio un abultado y gran sobre manila.
Deshizo la maleta, acomodó la impedimenta en el armario, abrió la ventana y se encontró con el bosque y con la oscuridad.
Al pie de la ventana se adivinaba un profundo desfiladero.
No se veía ni una sola luz, lo cual agradeció; no le gustaba la luz artificial.
De hecho, no conciliaba el sueño si se filtraba en la habitación algún hilo de luz.
La estancia estaba provista de una mesita de noche a juego con la cama de cuerpo y medio y un pequeño escritorio sobre el que había un flexo; más arriba, colgada de la pared, había una estantería para libros.
No tardó en inundarse del olor del bosque, consultó el reloj y, dado que aún quedaba casi media hora para la cena, se dispuso a leer el sobre que había sobre la mesita y que tanto interesaba a los servicios secretos vaticanos.
En el silencio del convento de los Hermanos de la Luz, Fabricio lo abrió.
En el interior había más. Empezó por el más pequeño.
No se trataba de los folios que había visto escribir a su padre en el bar de carretera en el que se detuvieron de camino a Anzio.
Era más personal, una explicación de todo cuanto él creía que había sucedido el día que se conocieron.
Cinzia te pidió que fueras a por mí porque las circunstancias requerían la máxima discreción. El encargo era hacer una autopsia a un hombre que no conocía, pero ahora me consta que era Albino Luciani, el santo padre, el papa Juan Pablo I.
Resulta que la hermana Vincenza Taffarel, que llevaba con él más de veinte años, nunca lo había visto enfermo. Según ella, en todos aquellos años no se había quedado en la cama ni un solo día, ni siquiera por cansancio, por eso le sorprendió su repentina muerte.
Además, era un hombre activo, era senderista. Su único problema, la hipotensión —presión arterial baja, para que lo entiendas—. De ahí que tomara Effortil.
Sin embargo, estoy seguro de que en el frasco no había etilefrina, principio activo que da origen al medicamento, sino un cóctel de benzodiacepinas de acción rápida y algún potente vasodilatador que habrán acabado con su vida en pocos minutos dado que como te he dicho era hipotenso.
Si los resultados del análisis clínico de las vísceras y medicamentos que tomé aquella madrugada te lo confirman, has de saber que estás ante uno de los asesinatos más importantes de la historia reciente, una circunstancia de la que no podrás zafarte ya: el fraile benedictino que nos vio aquella mañana no tardará en atar cabos.
Fabricio ya sabía eso. No en vano, ya se había convertido en fugitivo. Abrió el sobre de los laboratorios clínicos y halló la confirmación de la teoría de su padre. El líquido del vaso era una mezcla de agua y nitroglicerina con una proporción de cincuenta miligramos por mililitro.
Una nota del farmacéutico hacía constar que la dosis en las mucosas indicaba una sobredosis de nitroglicerina.
Fabricio se incorporó y volvió a los documentos de su padre.
Si a estas alturas no estamos juntos o yo he muerto, habrá sido como consecuencia del encuentro de aquella mañana con el benedictino.
Ese cabrón pertenece a una poderosa logia masónica, Propaganda Due (P2), que desde los tiempos de Pablo VI tiene el control del Vaticano e importantes ramificaciones en la Mafia italiana.
Nos conocíamos porque yo también trabajé para ellos durante algún tiempo.
De ahí que, tras habernos encontrado y después de haber sabido del fallecimiento del sumo pontífice, ese cabrón haya sumado los factores y la conclusión solo puede ser una: que sé cuál es la verdadera causa de la muerte del papa Juan Pablo I y, por ende, el joven que me acompañaba, tú, también.
En el momento en que escribo esto, el cardenal Villot acaba de anunciar por televisión que no habrá autopsia.
Entre los documentos que el papa muerto tenía en las manos había una lista de todos los miembros de la logia Propaganda Due (P2) que hay en el Vaticano y que Juan Pablo I iba a expulsar al día siguiente, uno de los nombrados era él, Villot, y no me extrañaría que fuera el cerebro de toda esta operación.
Ahí, en Barcelona (una obviedad: si estás leyendo esta carta es porque estás ahí), en Sant Pau del Camp, hay un fraile que conoce bien la historia del Vaticano y sus intrigas, es el hermano Blas, Blas Mejuto.
Junto con este correo le mandé otro a él explicándole la situación y pidiéndole que te pusiera al día y te ayudara. Después desaparece, hijo.
En otro sobre había una copia de un breve testamento depositado en una notaría de Anzio en el que Mancini se lo dejaba todo, aunque en realidad ese todo era una considerable cantidad de dinero en un banco suizo, posiblemente acumulado durante los años que había trabajado para la Mafia, y varios centenares de cabezas de ganado en una finca próxima al lago Nemi, en Castel Gandolfo, el pueblo donde se halla la residencia de verano del papa.
Hacía constar que, por un extraño mecanismo legal, él tenía el usufructo del palacete junto a la playa de Nettuno, pero que toda la heredad estaba vinculada al ducado de Mancini, y este lo regentaba Albano Marinetti.
El siguiente sobre contenía la fotografía de un texto manuscrito. En una nota aparte, Mancini le explicaba que aquel era el documento que Juan Pablo I sostenía entre las manos en el momento de su muerte.
Otro sobre contenía las fotografías del cadáver sobre la cama, de las manos, los pies y los labios con cianosis, y todas las notas que tomó en aquel momento.
Él no entendía nada de medicina, pero un médico sí podría llegar a alguna conclusión con aquellos documentos.