El informe Mancini CAPÍTULO XVIII #2
47%

CAPÍTULO XVIII #2

—Puede ser, Mario. Yo no lo sé. Pablo VI hizo muchas cosas…

—Nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos.

Luego ella añadió—: Mira, te voy a contar algo que a su vez me han contado a mí antes.

Hasta su llegada al Vaticano, me refiero a Pablo VI, las finanzas vaticanas habían estado en manos de Bernardino Nogara, un santurrón con una habilidad especial para los negocios que desde el Tratado de Letrán había asesorado a todos los papas.

Tras la firma del tratado, Mussolini indemnizó a la Iglesia con más de 1750 millones de liras por los territorios perdidos.

—¿Territorios perdidos?

—Los Estados Pontificios, Mario. —Noté que mi desconocimiento la enfadaba a la vez que su rostro se me hacía más bello—. Durante la unificación italiana, esos territorios pasaron a ser parte de Italia.

—¿Esa indemnización fue el embrión del emporio económico que vino después?

La hermana Alicia asintió.

—Tras ser reconocido el Estado vaticano por el derecho internacional —continuó—, el papa dirigió sus ojos hacia la Comisión para las Obras Religiosas.

—¿El Banco Vaticano?

—Así lo llaman los detractores. En realidad, es una institución benéfica que desde los tiempos de León XIII guarda y administra los capitales de las fundaciones pías. El papa Pío X le cambió el nombre y pasó a llamarse Instituto para las Obras de Religión.

—¡Ya!

—Luego Pío XI convirtió la institución en la Administración Especial de la Santa Sede. El santurrón de Nogara invirtió el dinero en acciones de industrias italianas, inmuebles, divisas, oro y en toda clase de negocios sucios.

—¡Menos mal que era un santo!

—No le tembló el pulso a la hora de comerciar con armas, practicar la usura o realizar otras actividades que antes la doctrina católica había rechazado a pesar de sus penalidades económicas.

—¿De ahí la mala fama del Vaticano? —La hermana volvió a asentir.

—Con el crecimiento económico y la solvencia de ser un Estado soberano los clientes aumentaron.

—Intuyo que a partir de ese momento las cosas fueron mejor.

—Sí. Volvió a ser rico. Pagaron los salarios que debían, contrataron nuevo personal y tomaron medidas para que las vacas flacas nunca volvieran a pastar en su jardín.

Luego llegó Pío XII y no cambió de rumbo.

Su papado sucedió en una Europa en guerra que le vino grande y, justo en el momento en el que la Iglesia debía convertirse en faro de amor y razón en medio del caos, el horror y la maldad, y alzarse contra los horrores del nazismo y el holocausto, dio la espalda al problema y cerró los ojos.

—¿La Iglesia fue consciente de la barbarie nazi?

—Lo fue. En las vísperas de su muerte, Pío XI había preparado una carta, la conocida como encíclica escondida, contra el racismo y el antisemitismo que su sucesor, Pío XII, archivó.

—No se quiso enfrentar a ellos.

—No. Durante la guerra llegaron al Vaticano numerosos informes sobre el genocidio, pero el papa ni se inmutó. En diciembre del 42, los aliados redactaron una misiva contra el exterminio; esperaban que el papa, como autoridad moral mundial, la firmara, pero no lo hizo.

—¿No?

—No. Luego tampoco intervino cuando miles de judíos fueron deportados de Roma a Auschwitz. Quiso ser neutral. Equidistante, como se estila ahora por estos pagos. Pero en aquellos momentos, como ahora con el nacionalismo rampante, la neutralidad se alió con la barbarie.

—Sí, lo entiendo. La equidistancia, depende en qué ocasiones, es el apoyo encubierto a los malvados.

—Arguyen sus defensores que su intención era no atraer la atención de Hitler sobre los católicos.

—¿Tú lo crees también?

—No —aseguró.

—¿Quién sucedió a Pío XII?

—A su muerte, la curia vaticana intentó proteger su imperio proponiendo como candidato al conservador Giuseppe Siri, arzobispo de Génova, quien, además de ser íntimo amigo de Bernardino Nogara, estaba muy familiarizado con las intrincadas claves de las finanzas vaticanas.

—¿Y salió elegido?

—No. Él estaba convencido de que iba a salir. Hasta eligió el nombre que tomaría tras ponerse el anillo de san Pedro: Gregorio XVII.

—¿Qué ocurrió?

—Fue un cónclave reñido. Cuentan las malas lenguas que sí ganó, y yo me lo creo.

Al segundo día de cónclave, de la chimenea de la Capilla Sixtina emergió una columna de humo blanco.

Los reflectores de luz la enfocaron y la muchedumbre que esperaba en la plaza de san Pedro gritó: «¡Blanco!

¡Blanco!» al verla. Los corresponsales de los periódicos y las emisoras de radio lo comunicaron al mundo, la guardia suiza se desplegó para rendir honores al nuevo pontífice.

Hay hasta quien asegura haber visto a los cardenales tras las ventanas del palacio apostólico, algo prohibido mientras el cónclave está reunido.

El nombre de Giuseppe Siri empezó a correr por la abarrotada plaza y se extendió por toda Roma de boca en boca.

—¿Y era mentira?

—Era verdad. Pero los cardenales de la Europa del Este lo obligaron a renunciar.

—¿Y eso?

—Argumentaban que su elección supondría graves desórdenes y posiblemente la muerte violenta de muchos clérigos que se encontraban detrás del telón de acero.

Al día siguiente, la agencia de noticias Associated Press publicó que había sido un error al prender la fumata, y había salido humo blanco en lugar del negro, obligatorio cada dos votaciones sin haber sido elegido un papa.

—¿Y nadie más desmintió lo sucedido?

—El presbítero Gianni Baget Bozzo corrió la voz de que Giussepe Siri había renunciado porque solo tenía cincuenta y dos años y no se consideraba preparado para hacer frente al complicado escenario político de la Guerra Fría.

—O sea, que propagaron dos noticias para que una quedara como bulo y la otra como real.

—Sí, pero las dos fueron mentira. Fueron los cardenales de Europa del Este los que se plantaron y no permitieron su elección.

—¿Y cómo solucionaron el desaguisado?

—El cónclave continuó y en dos días hubo seis votaciones. Después brotó de nuevo la fumata blanca.

—¿Y quién salió?

—Juan XXIII, Angelo Giuseppe Roncalli, el candidato de los cardenales del telón de acero.