CAPÍTULO XVIII
La hermana Alicia
Las últimas palabras de Rodrigo aún retumbaban entre mis sienes cuando llegué a Barcelona.
Ya solo me quedaba visitar el monasterio de San Pedro de las Puellas en Sarrià-San Gervasio, una laboriosa comunidad de monjas benedictinas dedicadas a la reconstrucción de libros y manuscritos antiguos.
Mi intención, como había hecho anteriormente en lo relacionado con los otros dos frailes ajusticiados (lo de ajusticiados, de momento era cosa mía, aunque, a medida que avanzaba en mis indagaciones, comprobaba que no era el único que mantenía esa teoría), era adivinar qué relación podía existir con una anciana monja que había amanecido una mañana desnucada en su cama y cuya muerte, según Marta, la pareja de Jerónimo, tanto había perturbado a su pareja.
Mi interés en aquella visita no era otro que averiguar qué circunstancias rodeaban la muerte de sor Cinzia, que había amanecido desnucada en su cama y sin heridas, algo muy raro: nadie se rompe el cuello durmiendo plácidamente.
Pensé que la prensa no había dado bien el dato, conocía a la periodista que había cubierto la información y sabía que carecía de una fuente eficaz.
Me mosqueaba mucho que tanto el juzgado como la policía lo dieran por muerte natural cuando los indicios apuntaban a un acto criminal.
Sabía por mis fuentes que la finada no había recibido visitas en el último mes, lo que, desde mi punto de vista, reducía el número de sospechosos a una veintena de monjas que pernoctaban en el cenobio, ya que el suceso se había producido de madrugada.
La hermana Alicia no tendría ni cuarenta y cinco años —desde la perspectiva de mi edad, toda una jovencita—, era más bien bajita, tenía el cabello rubio, los ojos azul claro y, además de guapa, era inteligente.
Yo le sacaba más de quince años; sin embargo, aquella mirada seria y cariñosa a la vez me recordó al de las chicas mayores que en el instituto me miraban con condescendencia maternal cuando intentaba ligar con ellas obviando la diferencia de edad.
La seguí por los luminosos corredores del palacete que ocupaban sin dejar de radiografiar su espalda, trasero y la melena rubia que le colgaba por detrás de una cofia blanca.
Entramos en su despacho, una estancia espaciosa, luminosa, con grandes ventanales que daban al patio interior.
—Siéntese —me pidió mientras me ofrecía una silla que había frente al que supuse que debería ser su escritorio.
La hermana se sonreía, supongo que porque se había dado cuenta de cómo la miraba. Por muy monja que fuera, también era una mujer que se sabía atractiva.
—Hábleme de la hermana Cinzia —fue lo primero que le pedí tras sentir que me habían pillado «con el carrito del helado».
—Era una mujer extraña —contestó con una sonrisa que terminó por aflojar todas mis coyunturas—. Vino a España desde Italia, concretamente del Vaticano, en el otoño de 1978 —aclaró.
Evidentemente aquel dato reactivó mi responsabilidad, todos los fallecidos provenían de Roma, todos eran italianos y todos habían llegado a España el mismo año que el mundo conoció a tres papas.
Ya nadie podía convencerme de que entre todas esas circunstancias no había un nexo: «Sé que la casualidad existe, pero no hasta ese punto, me niego a creerlo».
—¿Era introvertida? —pregunté.
—Para nada, era la mujer más alegre y extravertida que jamás he conocido, de ella también se hubiera enamorado usted a la primera —añadió sonriendo. Aquella aseveración me dejó sin armas. Estaba claro que me había cazado.
—¿Salía de aquí en alguna ocasión?
—Nunca. Al menos en los años que yo la conocí, que son más de veinte.
—¿Y no recibía visitas?
—Solo un hombre venía de vez en cuando a visitarla, un benedictino del monasterio de San Miguel de Fay que sospechamos debía de ser un familiar lejano o un antiguo amigo.
—¿No llevan control de quién entra en su monasterio?
—No somos monjas de clausura, señor Fergó. Somos un centro de formación. El hombre venía a verla. Si era invierno, se veían a la biblioteca, que es más cálida porque está orientada al sur; si era verano, aquí, en el jardín —dijo señalando hacia la ventana.
—¿Cómo se llama ese monje?
—Ramón Rodríguez, del monasterio de San Miguel de Fay.
Intenté que no me notara que conocía a aquel hombre, pero no sé si lo conseguí; Alicia era una mujer muy astuta.
—¿Qué relación había entre ellos?
—Lo ignoro, pero supongo que no era muy directa.
—¡Una cosa, Alicia! He leído que ustedes forman parte del clero regular. ¿Qué quiere decir eso?
—Frailes, monjas… Todos aquellos que vivimos en un monasterio guardamos una regla propia y no dependemos de la autoridad de un obispo. En nuestro caso, seguimos la regla de san Benedicto o san Benito de Nursia.
—¿Y el otro clero?
—¿El secular o diocesano? —Asentí—. Es el que un hombre como usted conoce como curas : los obispos, sus presbíteros, los sacerdotes de las diócesis, los diáconos; en definitiva, todos aquellos que no están regidos por una regla sino por una autoridad.
—¿Y por qué se los llama seculares ?
—Porque viven en secolo o saeculum , en latín, no realizan los votos monásticos, viven con las personas de su siglo, en el siglo, en sociedad.
—¿Y el celibato?
La mujer se rio abiertamente, como ya hacía años que no oía una carcajada femenina, y su expresión iluminó mi alma.
—No confunda celibato con voto de castidad, Mario.
—¿No significan lo mismo?
—No. El célibe no se casa, pero no necesariamente ha de ser casto —la última expresión la pronunció dibujando unas comillas con los dedos índice y medio de ambas manos.
Asentí sin dejar de mirarla a aquellos ojos grandes azules en cuya claridad me estaba perdiendo.
—Ahora el celibato se exige en la Iglesia católica tanto al clero secular como al regular, pero solo el clero regular hace voto de castidad.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. En los primeros años del cristianismo no existió. De hecho, las confesiones que se escindieron, como la Iglesia ortodoxa y otras, no lo prevén dentro del clero secular, y la anglicana permite la ordenación de las mujeres y de los homosexuales.
—¿Usted también ha hecho voto de castidad? —pregunté sin pensar bien en las repercusiones que la cuestión podía plantear.
—También —contestó sonriendo burlonamente o, al menos, eso me pareció a mí.
—Volviendo al sobre perdido de sor Cinzia, hermana Alicia, ¿usted sabe quién se lo mandó o tiene indicios de qué podía contener?
—No, puede que solo fuera una revista, una suscripción; muchas hermanas reciben publicaciones extranjeras sobre temas relacionados con nuestro trabajo aquí…
—¿Extranjeras? —pregunté extrañado. La hermana Alicia asintió—. ¿El sobre que recibió la hermana Cinzia venía del extranjero?
—De Francia. Vi el sobre cuando lo trajo el cartero.
—¿Y no sabe quién era el remitente?
—No. La policía también se interesó por él.
Pero no fue hallado ni en el registro de su celda ni en los cajones de su aula ni en su pequeño taller orientado al jardín interno, donde ella consumía horas y horas con sus gafas de aumento puestas cosiendo con esmero las páginas nuevas y las viejas que conformaban los volúmenes restaurados.
—¿Qué es eso de «páginas nuevas»? —pregunté con curiosidad a la hermana Alicia.
—Sí. Hay páginas tan deterioradas que, por la calidad de la restauración, es mejor hacerlas completamente nuevas.
—¿Y cómo pueden hacer eso?
—Es una técnica, señor Fergó. Si está interesado, apúntese a alguno de nuestros talleres y con gusto le enseñaremos a hacerlo —contestó sonriendo.
—¡Si el curso lo das tú, me apunto ahora mismo! —la adulé poniendo mi mejor sonrisa.
—¿Nos conocemos desde hace cinco minutos y ya nos tuteamos, Mario? —me reprendió de una forma tan sencilla y encantadora que estuve por postrarme a sus pies y pedirle una cita.
—Ha sido un lapsus, hermana. A veces no sé contenerme delante de una mujer guapa.
—¿Le tira usted los tejos a todas las mujeres guapas que ve?
—A todas no, solo a aquellas de las que me enamoro a primera vista.
Los ojos azules, o quizá verdes, de la hermana Alicia se clavaron en mí. No había reproche en ellos y aquella aquiescencia despertó aún más mi interés por ella.
—Hermana Alicia.
—¿Qué?
—En la investigación que sigo hay coincidencias inexplicables para mí y que quizá me ayude a comprender.
—Tú dirás, Mario —accedió sonriente, y el tuteo me desconcertó.
—Tanto los dos frailes asesinados en Sant Pere del Camp y en Montserrat como Cinzia eran italianos, de edades similares y los tres llegaron a España en el 78 procedentes de Roma y del entorno del Vaticano.
El semblante de Alicia se ruborizó.
—¿Qué ocurrió ese año en el Vaticano?
—¿En el 78, Mario? —Asentí—. En el 78 aún no había nacido yo.
—Gracias por el dato. —La mujer sonrió.
—Pero vamos, a bote pronto se me ocurre que ese año el mundo conoció tres papas, dos murieron, uno por edad, el otro muy precozmente y levantó muchas sospechas; hubo dos cónclaves, motivo más que suficiente para que hubiera muchos relevos.
—¿Y todos los depurados —ahora el que hacía el gesto de la comillas era yo para resaltar la expresión— se vinieron a España?
—Todos no, esos tres.
—¿Y a los tres los han asesinado al mismo tiempo?
—¿Tú crees que a la hermana Cinzia la han asesinado?
—A una anciana octogenaria que muere desnucada cuando está durmiendo, si no se cayó de la cama, ¿qué otra cosa le pudo ocurrir?
La hermana Alicia guardó un mutismo voluntario. Se quedó pensando, miró al cielo azul a través del ventanal de su despacho y luego se volvió hacia mí.
—Es difícil, pero ha sucedido —respondió.
—Alicia, ¿tú crees que Juan Pablo I pudo ser asesinado y eso dio lugar a la diáspora posterior de religiosos hacia destinos fuera de Italia?