CAPÍTULO XVII
Aquí la tierra es oración
Mi siguiente visita pasaba por el monasterio de Montserrat, un lugar en el que había estado mil veces, pero del que sabía lo mismo que cualquier turista, no en vano es uno de los sitios más interesantes de la comunidad, de España y de Europa para visitar; da igual que la inquietud del turista sea arquitectónica, geológica, biológica, espiritual o esotérica.
Desde luego aquella mañana yo no era un turista, a mí me movía la intriga de la vida interna de los monjes y, especialmente, la trayectoria vital del hermano Victoriano, que había sido envenenado con estramonio intramuros de uno de los monasterios benedictinos más importantes del mundo.
La historia de Montserrat se remonta a finales del siglo IX de nuestra era.
Según cuenta una leyenda, unos pastores acampados cerca de allí oyeron una melodía que provenía de algún lugar cercano.
Al buscarla, vieron una luz en el monte, la siguieron caminando tras ella y se encontraron frente a la imagen de una Virgen que era imposible que estuviera allí.
Los pastores intentaron bajar a la Virgen al poblado más cercano, pero, por más que lo intentaron, no lo consiguieron.
Bajaron a Olesa, hablaron con el rector y este subió con ellos al monte y constató la historia, entonces le construyó una capilla, y así empezó todo.
Como siempre me pasa, fuera cual fuera el motivo de erigir en medio de la nada aquel monasterio, la historia de los pastores no me la trago.
El que lo ideó, allá por el siglo XI, quiso hacer algo grande para el resto de la humanidad y lo consiguió.
Si lo analizo desde otro punto de vista, he de suponer que, por su altitud, más de setecientos metros sobre el nivel del mar, el lugar constituye una atalaya desde la que vigilar Barcelona.
Su arquitectura románica lleva la impronta de su precursor en Cataluña, el abad Oliva, bisnieto de Wifredo el Velloso, así que es muy fácil que inicialmente fuera una fortaleza o algo similar.
Como sabía que estacionar en las inmediaciones es un trabajo difícil, solicité una visita.
No fue fácil conseguir la cita, los detectives privados somos los peor recibidos en todos sitios y, como tampoco llevamos un auto judicial que nos avale, nuestra misión siempre es más difícil.
Pero Efraín, después de confesarme que conocía a Blas Mejuto, el monje asesinado en Sant Pau del Camp, me echó una mano para conseguirla.
Es verdad que no quiso hablarme de aquella relación entre el finado y él, pero no es menos cierto que le prometí que en otra ocasión insistiría en saber algo más de aquella relación que ahora se me antojaba interesante.
El vigilante de la barrera de acceso me expidió una entrada con un número de aparcamiento en la zona reservada a las visitas.
Apenas aparqué el coche, vino a recibirme un fraile que se presentó como hermano Rodrigo, un hombre de pelo rubio, fornido, de mediana edad y aspecto jovial.
Me condujo directamente a la biblioteca por unos pasillos, la palabra pasadizos no los definiría bien, pero por ellos caminábamos ajenos a los turistas que inundaban la explanada y la iglesia por todas partes.
Las visitas a la biblioteca son guiadas y escasas, por lo que la privacidad era perfecta y el entorno para un amante de los libros como yo, un placer.
Por recomendación de mi amigo Efraín, al que ahora veía como alguien más misterioso, expliqué que mi visita estaba relacionada con la desaparición de Jerónimo —ya no me molestaba en pronunciarlo en su idioma—.
Este era un hombre muy conocido en el lugar, el propio Rodrigo se me presentó como un amigo íntimo de él debido a aficiones comunes: la cultura y las artes marciales.
Desconocía que el ausente disfrutara con ellas, pero, a juzgar por las explicaciones del hermano Rodrigo, era verdad.
Ambos habían vivido en Monserrat durante su adolescencia.
Según el locuaz fraile, Jerónimo había llegado allí a primeros de los ochenta, con trece o catorce años.
—¿De dónde venía?
—Nunca lo dijo. Es una tumba respecto a su pasado.
Es gitano, no sé si alguien se lo habrá dicho, y, por su acento y entonación, de algún suburbio de Murcia.
Es un tío muy inteligente, listo, curioso.
Leía insaciablemente todo lo que caía en sus manos y le encantaba jugar al fútbol, aunque, la verdad sea dicha, no estaba dotado para ello —dijo entre sonrisas.
—¿Os relacionabais con el recién fallecido hermano Victoriano?
Rodrigo guardó silencio. Me miró a los ojos y algo cambió en su semblante.
—Mire, señor Fergó. Tras la autopsia de Victoriano, la policía no ha dejado de venir por aquí un solo.
Su muerte, sea asesinato, homicidio o suicidio (que bien pudiera serlo), ha alterado la vida de este cenobio, pero es usted el único que ha establecido esa relación —dicho aquello, el hermano Rodrigo se sumió en un silencio que, aun no conociéndolo yo de nada, supuse que no era normal en él.
Algo había sucedido en su interior—. Victoriano fue el mentor de Jerónimo durante toda su adolescencia —añadió—, según me contó este último.
Ellos ya se conocían del monasterio de Sant Pere de Rodes, donde habían pasado juntos algún tiempo, pero, por alguna extraña razón que los unió para toda la vida, tuvieron que huir.
—¿Huir?
—No sé si es la expresión más correcta. Pueden ser imaginaciones mías, pero yo diría que sí, que fue una huida en toda regla.
—¿Y vinieron aquí?
—No, al menos no directamente. Hicieron una escala en el monasterio de San Miguel de Fay.
Con aquellas últimas palabras llegué a la biblioteca, donde otro hermano, cuyo nombre para bien mío ya he olvidado, el tío más sieso que jamás he visto, lo único que me confirmó fue que el hermano Victoriano pertenecía a la hermandad y que había muerto, algo que yo ya sabía.
Me tomó el pelo con mucha inteligencia. Aún no sé por qué se lo consentí, quizá porque mi conversación con el hermano Rodrigo había sido fructífera y me interesaba más mantener aquella relación que la del imbécil que me recibió oficialmente.
Al salir de la biblioteca, Rodrigo me aguardaba en la puerta.
—¿Cómo le ha ido, Mario? —me preguntó con su sonrisa recobrada.
—Pues la verdad es que hubiera preferido ir al dentista que hablar con ese tío.
—No lo juzgue a la ligera. Esta no es una institución fácil, no le habrán permitido que diga nada al respecto.
—¿Pero hay algo más al respecto, Rodrigo? —le pregunté sujetándolo del brazo y deteniendo nuestra marcha por aquellos largos pasillos.
—Si hay algo más, Mario, tendrás que averiguarlo tú.
No añadió nada más, pero su tono y aquel tuteo inesperado fue más elocuente que su silencio: él sí estaba dispuesto a ayudarme.
Salimos a la calle por los mismos corredores por los que habíamos entrado y nos mezclamos con la gente, que, por cierto, se había multiplicado por cuatro en aquella media hora.
De camino hasta el aparcamiento, nos detuvimos en el pretil que da vista a Barcelona, pero no en ninguno de los miradores que hay previsto para ello, sino en un lugar cubierto por unos arrayanes.
—Esta montaña siempre se ha caracterizado por esconder los secretos más importantes de la humanidad, ¿sabe? —dijo el hermano Rodrigo—. Tres mil años antes de Cristo ya se veneraba aquí a una gran diosa pagana madre de la prehistoria. Esta tierra es oración.
Aquellas palabras me recordaron algunas de las sentencias del padre Efraín: «Todo es mentira, la Iglesia católica y todas sus celebraciones fueron precedidas por otras religiones y creencias más antiguas, las llamadas paganas, que el cristianismo fue sustituyendo con mucha sutileza».
—Después, en la época grecorromana —siguió explicándome—, se construyó cerca de aquí el templo a Afrodita, hoy reconvertido en ermita bajo la advocación de san Miguel, por no hablar de brujas y otras supersticiones.
—No dije nada, comprendí que optar por el silencio era mi mejor aliado en aquel momento—.
Hasta la imaginación novelesca de algunos llegó a esconder aquí el Santo Grial que después buscara con tanto ahínco Perceval.
—Otros buscaron Ítaca —añadí—. Al final, la esencia es la misma: cada uno se busca a sí mismo allá donde cree que se oculta, ¿no?
Rodrigo me miró. Quizá no esperaba de un ser tan mundano como yo una reflexión como aquella. Luego se giró de nuevo hacia la ciudad y añadió:
—Ignacio de Loyola también vino aquí como un Percival renacentista lleno de dudas respecto a su vida y buscando aclararlas.
—¿Lo consiguió?
—Dicen que sí, que su vida dio un giro después de postrarse ante la Moreneta: le entregó su espada, repartió sus ropas entre los mendigos, abandonó al guerrero que llevaba dentro y se convirtió en un ermitaño que vivió cerca de aquí —el hermano acompaño su explicación con un gesto que señalaba hacia un lugar impreciso de la sierra—.
Después se convirtió en caballero de Dios y, muchos años más tarde, siendo ya Ignacio de Loyola y habiendo fundado la Compañía de Jesús, recordó que todo empezó aquí, en Montserrat.
—Rodrigo, ¿hay algo más que quieras decirme?
—¿Crees que hay algo más?
—No te has detenido aquí, en un rincón sustraído a la vigilancia de las cámaras que hay por todas partes para contarme la historia de san Ignacio, ¿verdad?
—Jerónimo sabía algo que la curia vaticana quiere callar a toda costa y ahora, tras desaparecer, anda buscando por todos los lugares por donde pasó.
—¿La curia vaticana?
—Los servicios secretos vaticanos, Mario.
—¿Crees que lo localizaron?
—Creo que lleva toda su vida huyendo de eso.