CAPÍTULO XVI #2
—Siéntate. Como puedes suponer, aquel embarazo no deseado de Cinzia, el tuyo, no tenía solución fácil. Él era casado y tenía un hijo.
—¿Tengo un hermano?
—No tienes nada. Era hijo de su mujer y del gitano que cuidaba los caballos de la familia de ella, los Marinetti. Pero, como él lo aceptó, ante los ojos del mundo era suyo y por eso lleva sus apellidos.
—¡Ya! —exclamó el joven.
—No obstante, unos meses después, quizá un año, ella le perdió el respeto a tu padre. Era muy joven, estaba locamente enamorada de Albano, carecía del tesón necesario para mantenerlo en secreto y los cuchicheos empezaron a agobiar al matrimonio, y especialmente a Luca.
—Ya.
—Entonces pactaron su separación: ella se llevó la mitad de su dote a América, un buen tajo, donde emprendería una nueva vida junto a su verdadero amor.
El niño se quedaría en Italia a cargo de los Marinetti y heredaría el título.
—Fabricio asintió—. Si la familia había hecho un buen acuerdo, aquel tampoco era malo para ellos.
Él quedaba libre, con el riñón bien cubierto, y podría buscar a sus verdaderos amores: Cinzia y al hijo habido entre ellos.
—A mí.
—A ti. Pero no os encontró, sor Vincenza, su prima, se buscó apoyos importantes dentro de la Iglesia y os ocultó de él.
Entonces tu padre volvió a Cantù y retomó su carrera, pero su vida ya nunca fue igual.
La desazón de haber perdido al amor de su vida y no haber conocido nunca a su hijo lo sumieron en el alcoholismo y acabó perdiendo su trabajo.
No era un gran problema. En la Italia de la época, un médico podía seguir ganándose la vida si tocaba a las puertas adecuadas.
—¿Y las tocó?
Cassinello hizo un intento de levantarse para servirse agua de una jarra que había en un aparador próximo. Pero Fabricio se le adelantó y se la sirvió él mismo.
—En Milán, unos cuarenta kilómetros al sur de Cantù, se había instalado un siciliano de origen humilde: Michele Sindona. ¿Sabes quién es?
—Pues la verdad es que había oído su nombre antes, pero no supe que era un pájaro de cuenta hasta que mi padre —al decir aquellas palabras sintió un estremecimiento interno— me lo advirtió.
—Tenía razón. Sindona se educó con los jesuitas y era un protegido del obispo de Messina, que había ejercido como abogado, fiscal y contable en su tierra.
Su fama por sus relaciones con la Mafia corrió por toda Italia.
No en vano, apenas abrió sus oficinas, empezó a realizar operaciones de contrabando para ella.
—Tengo entendido que es un hombre muy inteligente.
—Lo es. Su habilidad y destreza para eludir impuestos corrió de boca en boca de los hampones hasta que la familia Gambino, jefes de la Cosa Nostra, de la mafia neoyorquina y sus primos sicilianos, los Inzerillos, contactaron con él.
Necesitaban blanquear la inmensa fortuna que les generaba el tráfico de heroína y, sin lugar a duda, él era el hombre ideal para tal fin.
—Un tío sin escrúpulos.
—Ninguno. No los desengañó, pero él se llevó su parte.
Solo unos meses después, compró su primer banco, una tapadera perfecta para lavar dinero.
Enseguida apareció entre sus amistades Giovanni Battista Montini, el cardenal de la archidiócesis, que coqueteaba sin ambages de ningún tipo con todo aquel entramado de corrupción.
—¿Pablo VI?
—Pablo VI —confirmó Cassinello mientras asentía con un leve gesto de cabeza y un lento parpadeo—. Y ya nunca se separarían el uno del otro.
—¿Y mi padre qué pintaba en todo eso?
—Luca Mancini era su médico.
—¿Del cardenal?
—De Sindona; y en un principio jugó muy bien sus cartas.
Pronto entró al servicio de los sicilianos, relación que le permitió mantener su herencia en Anzio, alquilar un piso en la plaza de la Santísima Trinidad de Milán, recuperar su licencia de médico y montar una pequeña clínica privada.
En ese centro, por la puerta de delante atendía a lo más granado de la sociedad milanesa y por la trasera a todos los sicarios que resultaban heridos en sus fechorías —añadió tras una leve pausa para beber agua—, personas que no podían asistir a clínicas convencionales porque en ellas hacían demasiadas preguntas.
—Entiendo.
—Lo que nunca supo Luca Mancini es que Cinzia formaba parte de la congregación que atendía la archidiócesis de Milán y al cardenal Giovanni Battista Montini, a quien ya nunca abandonaría hasta su muerte como Pablo VI.
—¿Mi madre? —De nuevo el estupor se adueñó de él al oír esas palabras de sus propia voz.
—Ostentaba un buen puesto entre el servicio personal del cardenal, que supo mantener en Roma cuando ya era papa.
Eso le permitió, haciéndote pasar por su sobrino, tenerte cerca y que asistieras a los mejores colegios.
Su prima mayor, Vicenza, estaba al servicio del vicario de la diócesis, Albino Luciani, el papa recién fallecido.
Gracias a sus influencias, Cinzia ingresó en el convento y allí naciste tú.
Después te entregó a una inclusa que había en Venecia donde ella podía visitarte a menudo.
Por eso se inventó que eras su sobrino y que tu madre había muerto al nacer tú.
Cuando te hiciste mayor, te llevó a un monasterio benedictino.
Fabricio recordó ese momento. Nunca perdió su contacto con ella.
También recordó el disgusto que le dio cuando no quiso tomar los hábitos.
Se amparó en que la orden no se lo exigía para seguir en ella.
Desde su origen en el siglo VI, la orden benedictina admitía a seglares en su seno.
Benito de Nursia, su fundador, estaba convencido de que la vida cristiana no era cosa de sacerdotes, sino de creyentes, motivo por el que Fabricio pudo seguir después ejerciendo como profesor de Derecho Constitucional en el seminario de Subiaco.
—Luca nunca más supo ni de ti ni de Cinzia.
—¿En ningún momento nos buscó?
—¡Jamás dejó de buscaros! Pero estabais muy bien protegidos por su mentor.
—Pablo VI —confirmó Fabricio.
Cassinello volvió a ratificar con un gesto.
—Además, gracias a los benedictinos y a los servicios secretos, ella tenía perfectamente controlado a Mancini.
—¿En ningún momento perdió su pista?
—En la vida. Estaba muy enamorada de él, siempre lo estuvo.
Aquellas palabras hicieron brotar las lágrimas de Fabricio.