CAPÍTULO XVI
Montecassino
Supuso, tal y como su recién fallecido padre le había dicho, que la abadía benedictina sería un buen lugar donde ocultarse por unos días.
Después de que los godos destruyesen el original templo a Apolo, había sido fundada para la advocación de Juan Bautista por Benito de Nursia en el siglo IV, quien escribió la regla monástica que dio origen a la orden benedictina.
Desde la carretera giró a la izquierda antes de entrar en la pequeña localidad de Montecassino que da nombre a la abadía y emprendió el ascenso hasta la muralla que rodeaba el monasterio y lo protegía de todo tipo de ataques.
El abad, Juan Cassinello, un anciano que debía rondar los noventa años, lo recibió inmediatamente al saber que iba de parte del doctor Mancini, aunque, cuando escuchó de boca del joven el motivo de su huida, se negó en rotundo a continuar con aquello.
—Lo último que quiero al final de mi vida es mezclarme con esa peligrosa trama que gobierna la Iglesia.
—Al oír aquello, Fabricio lo miró estupefacto—.
No es por mí. Es por el buen nombre de la orden a la que he dedicado toda mi vida.
La curia vaticana, especialmente desde la llegada de Pablo VI, es un nido de mafiosos, saqueadores de bancos y blanqueo de fondos procedentes de los negocios más sucios de la humanidad: drogas, armas, usura…
—Fabricio no salía de su asombro—. Todo ello bajo el palio legal que le da ser un Estado reconocido por el mundo entero.
Luca Mancini y yo colaboramos con él en sus tropelías.
—¿Con Pablo VI? —Cassinello asintió con un gesto lento mientras a sus ojos acudía un rayo de decepción.
—Eso nos costó después el ostracismo. Yo me autoexilié en este monasterio apartado de las intrigas vaticanas y de cualquier canal de ascenso.
—¿Y Luca Mancini?
—Desterrado a su Anzio natal, sin más pena ni gloria que su herencia familiar.
Hubo otros centrifugados, Blas Mejuto, por ejemplo, que acabó en Barcelona orando y estudiando.
Esta Iglesia nuestra se ha convertido en un negocio —añadió Cassinello después de unos segundos de silencio—.
Es cierto que Benito de Nursia, el creador de nuestra orden, nunca impuso pobreza, castidad u obediencia en sus reglas.
Otras órdenes sí las tienen, pero no las cumplen.
En esta vida nadie debería comprometerse con actitudes que sobrepasan a los humanos.
—¿La orden benedictina no está en contra del enriquecimiento?
—No, siempre que sea fruto del trabajo honesto, pero nunca toleró a los sátrapas, y mucho menos a los delincuentes —añadió mirando con pena al joven recién llegado de aquel nido de víboras en el que se había convertido el Vaticano—.
Para el fundador, el enriquecimiento debía ser fruto del trabajo, el trabajo dignifica al ser humano.
¿Qué hay de malo si con él se enriquece sin hacer daño?
—Pero, hermano, el evangelio de Mateo decía: «Jesús, mirando en derredor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!”.
Los discípulos se asombraron de sus palabras.
Pero Jesús, no contento con el resultado, aún añadió: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en él”».
—Por esas palabras los eruditos católicos del siglo XVI interpretaron como algo denigrante trabajar buscando la riqueza, porque precisamente esa idea había sido la base de la Reforma protestante y de ahí que ahora muchos pensadores le achaquen el empobrecimiento social de los países del sur de Europa, que son los que más virulentamente reaccionaron con Martín Lutero.
—¿Y usted qué opina al respecto?
—Toda la vida de los humanos, creyentes o no, es importante; no se puede vivir ni sacar una familia dignamente adelante solo con oración o servicios religiosos.
El cristianismo solo puede vivirse en sociedad, en armonía, en familia, alejado de esa drástica jerarquía de poder que, desde el Tratado de Letrán, se ha impuesto en el Vaticano.
—Pero se supone que, desde la noche de los tiempos, los monasterios benedictinos son los encargados de salvaguardar los documentos históricos del cristianismo, que constituyen esas pequeñas islas de fe y razón en un mundo que supuestamente se ha embravecido por la barbarie, la superstición y la avaricia.
—Sí, eso es cierto, pero el camino no es predicar la pobreza como bandera de honestidad y enriquecerse del delito como Pablo VI y su caterva de delincuentes hizo.
—¿De dónde proviene ese encumbramiento de la pobreza que la Iglesia católica preconiza con tanto ahínco?
—Mira, hijo, todo este tinglado se montó en torno a unas ideas que san Pablo tomó de los esenios; Jesucristo no fue más que uno de ellos.
—¿Un esenio?
—Sí, lo esenios eran una secta judía integrista que, tras las revuelta de los macabeos, se retiraron al desierto bajo el liderazgo de un hombre que se hacía llamar el Maestro de Justicia y que impuso unas severas normas al grupo y todos los que quisieran unirse a él.
—¿Las normas de la santa madre Iglesia?
—Esas que han hecho prisionero al hombre desde la Edad Media: humildad, disciplina, donaciones.
Todo el que deseaba ingresar en la secta debía entregar sus bienes a la comunidad y trabajar para esta sin pretexto.
Además, estaban el celibato y nuestro cáncer actual, Fabricio: la misoginia.
Los miembros podían casarse, dado que era la única forma de procrear, pero una vez casados la unión era para siempre y ya no podían optar al ascenso religioso.
De ahí que tuvieran reyes ajenos al poder religioso; la base de toda monarquía es la herencia en sus descendentes y, por lo tanto, debían tenerlos.
Tras oír aquellas palabras del anciano, Fabricio permaneció en silencio hasta que se atrevió a preguntar: —Hermano, ¿Jesús de Nazaret era esenio?
—Es posible, aquella secta vestía con túnicas blancas como las de los carmelitas, cuya orden mantiene esa teoría.
—¿La de que Jesús era esenio?
El anciano asintió en silencio. Después añadió para zanjar aquel tema: —La abadía te prestará el apoyo necesario.
Eres un miembro de la orden que huye de las garras de la Mafia instaurada en el Vaticano y no te vamos a abandonar.
Pero te tienes que ir lo antes posible y no volver por aquí.
Está a punto de empezar una guerra que ya lleva años en estado embrionario: la lucha entre los masones irregulares, escindidos del Gran Oriente Italiano, la logia P2, y la facción anticomunista nacida en los países del telón de acero, que se va a materializar y va a tener el apoyo de países importantes.
—Parece que vaticina usted un conflicto bélico.
—Va a ser peor porque habrá derramamiento de sangre, poca, no escandalizará al mundo, pero las consecuencias humanas, económicas, sociales y políticas serán peores, Fabricio.
El joven lo miraba desconcertado. No llegaba a entender aquella oscura premonición.
El padre Cassinello leyó la duda en el rostro de su interlocutor e intentó explicarse mejor: —Hay una serie de movimientos en el mundo que son difíciles de percibir, pero, cuando culminen, y van a culminar en unos días, apenas el nuevo papa salga elegido, empezará la masacre económica más cruel que jamás se haya conocido.
—Estoy perdido, hermano —contestó con toda su sinceridad Fabricio.
—El próximo papa, que es el que debía haber salido en el último cónclave, es un anticomunista recalcitrante porque ha sufrido la represión en sus propias carnes al otro lado del telón de acero.
—Fabricio lo miraba estupefacto—. Entonces se dibujarán tres polos y sendos ejes que los unirán, y sobre ellos girará la política mundial durante unos cuantos decenios.
Es una guerra entre Oriente y Occidente que está a punto de estallar.
—¿Pero cómo puede usted saber cuál será el próximo papa?
—Porque conozco esta institución desde sus cimientos, sé quiénes son los jugadores de esta partida, y tu padre también.
—Si Fabricio ya estaba desconcertado, aquellas palabras no hicieron más que acrecentar su incertidumbre—.
El nuevo papa —continuó el anciano fraile— tendrá el apoyo incuestionable de los conservadores británicos, cuya líder, Margaret Hilda Thatcher, será la futura primer ministro del Reino Unido y después los republicanos estadounidenses, con Ronald Reagan a la cabeza, llegarán a la Casa Blanca.
Ese trío va a cambiar el mundo durante varios decenios, no te quepa la más mínima duda.
—Pero todo eso está por pasar, hermano.
—Sí… —contestó Cassinello acompañando a su triste tono de un gesto afirmativo de los ojos—, pero sucederá.
Pocos días después de estar en el monasterio, Fabricio quiso reunirse de nuevo con el hermano Cassinello.
No solo porque había estado empapándose de los movimientos geopolíticos e intentando asimilar su estrategia siguiendo las instrucciones de su anfitrión, era que desde que todo aquello había empezado, especialmente desde que había conocido a su padre, una curiosidad había hecho presa en él: ¿quién era en realidad aquel personaje que, después de hacer lo que le pidieran que hiciera aquella madrugada en Roma, había sido asesinado y que tan buenas relaciones tenía con los benedictinos?
El nuevo encuentro tuvo lugar en la biblioteca. El hermano Cassinello oyó atentamente las dudas que el joven fugitivo le expuso y comprendió su curiosidad, aunque, en un momento dado, interrumpió sus explicaciones levantando lentamente la huesuda mano derecha.
—Fabricio, ya te he dicho que no quiero saber por qué estás aquí. No me interesa. Serás atendido y, cuando tu seguridad esté garantizada, te marcharás.
—Pero es que, hermano, necesito saber quién era Luca Mancini.
El abad lo miró de hito en hito y comprendió la desazón que el joven debía sentir.
—¿Aparte de tu padre?
—Aparte de mi padre, hermano.