CAPÍTULO XV
Regreso a Anzio
Debía haber vuelto a su residencia de Subiaco, pero algo en su interior le avisaba de que nada iba bien.
Ahora sí tenía la sensación de ser un eslabón en una trágica cadena de sucesos y no sabía bien qué papel desempeñaba él en todo aquello.
Por eso regresaba. Solo Mancini podía darle la explicación pertinente.
Aquella hora u hora y media en la que él y sor Vincenza se habían ausentado de la casa de su tía eran claves para comprender qué estaba sucediendo.
Llegó al palacete donde solo unas horas antes había recogido al doctor Mancini, ahora, con el sol ya mandando en el cielo, le pareció menos siniestro que de madrugada.
El primero en salir a recibirle fue el perro, al que en esa ocasión ya se atrevió a acariciar mientras el animal reptaba cariñoso entre sus piernas.
La puerta principal seguía cerrada y volvió a entrar por la de la cocina.
Todo seguía igual de sucio que hacía unas horas, pero, con la luz del día, se le antojó más humano.
Al llegar al comedor se encontró con la segunda sorpresa de aquel día: el cuerpo de Mancini yacía sin vida sobre el mismo sillón en que lo había encontrado dormido de madrugada.
«¿Qué está ocurriendo aquí?», se preguntó sobresaltado. Estuvo tentado de salir zumbando de allí antes de que nadie pudiera relacionarlo con aquel macabro suceso, pues los signos de violencia en el cadáver del médico eran evidentes.
Sobre la mesa del comedor se encontraban esparcidos todos los enseres que portaba en su maletín, pero faltaban los folios que había escrito en el bar de carretera donde habían desayunado.
Cogió unos guantes de látex del maletín, se los puso y registró el cadáver. No halló nada, ni rastro de ellos, solo una vieja pluma estilográfica pinzada en un bolsillo interior de la chaqueta, la misma que había utilizado para redactar su informe.
En el fondo del bolsillo donde había encontrado la estilográfica descubrió unos diminutos trocitos de papel.
Era un recibo de correos, lo sabía porque el logo se conservaba intacto.
El papel no era viejo, no estaba desgastado ni descolorido.
Los guardó todos junto con la pluma. Miró por última vez el cadáver y salió a la calle.
Al llegar al coche, observó como el perro lo miraba a los ojos, su alegría inicial se había convertido en tristeza al verlo marchar ahora y abandonándolo junto al cadáver de quien fuera su único amigo.
Arrancó el coche y enfiló el camino de salida.
Antes de perder la casa de vista vio por el espejo retrovisor al animal sentado; lo miraba como el náufrago ve pasar por el horizonte los barcos sin poder hacer nada para ser visto.
Al llegar a la carretera giró a la izquierda con la intención de volver a Subiaco, pero solo un par de kilómetros después decidió volver: la imagen del perro no se le iba de su cabeza.
En Anzio paró en una papelería y compró unos folios y cinta adhesiva trasparente. Unos kilómetros después, cuando el sueño se hizo insoportable, se metió en un bar de carretera para tomar un café.
Se sentó en una mesa próxima a la ventana desde donde podía ver el coche y al perro, sacó los trocitos de papel que había hallado en la chaqueta de Mancini y, uno a uno, los fue juntando sobre un folio, como si fuera un rompecabezas.
Eran tres documentos: un certificado de Correos de haber enviado una carta al monasterio benedictino de Sant Pau del Camp, en Barcelona, España; un recibo de haber entregado unas muestras en un laboratorio clínico de la ciudad que había dejado atrás y que tenía como dirección de entrega la del mismo monasterio catalán; el tercer documento era una nota en la que le explicaba que, si no podía abandonar Italia por las buenas y se viera obligado a huir, lo hiciera a través del monasterio de Montecassino, cuyo abad, el hermano Cassinello, le debía varios favores.
Con la cinta adhesiva, fijó —bien hermanados— todos los trocitos de papel y se marchó. Al llegar a Valletri buscó otra papelería y fotocopió la composición, compró una carpeta y guardó los documentos en ella, la escondió bajo la alfombrilla del coche y prosiguió su viaje.
Entrando por la puerta de su monasterio, advirtió que, estacionados en el aparcamiento, había dos Fiat 132 no habituales allí.
Su color negro y los cristales tintados recordaban a la Mafia o a la curia vaticana, que ahora se le antojaban lo mismo.
No podía decir por qué, pero un pálpito le hizo sospechar que aquellos vehículos estaban allí por él.
Rodeó el vetusto edificio y estacionó en la parte de atrás, junto a las cocinas.
Bajó al perro del coche, le puso agua en la frondosa sombra de un sauce llorón y entró al edificio por la zona menos noble.
Subió al seminario y entró en el despacho de un compañero de departamento cuya trayectoria había sido muy parecida a la suya, aunque con treinta años de diferencia, los mismos que Antonello le sacaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó atónito el benedictino.
—Trabajo aquí —contestó extrañado ante la pregunta de su compañero.
—Ya, pero esta mañana nos han comunicado que habías tenido que ir urgente a visitar a tu tía Cinzia y luego ha venido la guardia suiza a buscarte. ¿Qué has hecho?
—¿La guardia suiza extramuros del Vaticano? —Antonello asintió con gesto de circunstancias—. ¿Por qué me buscan?
—¿No lo sabes?
—Juro que no sé nada.
—Algo de unos documentos que han desaparecido de las habitaciones del papa.
—¡Pero el papa ha fallecido esta mañana!
Antonello insistió:
—Por lo visto alguien se ha llevado unos documentos delicadísimos.
El joven miró a su amigo, pero guardó silencio. No estaba seguro de cuál era la respuesta correcta. Salió del despacho y por la misma escalera de servicio que había subido bajó buscando la salida de atrás. Pero antes una monja que lo conocía lo detuvo.
—¿Qué has hecho, hijo?
—No he hecho nada, Teresa. Nada.
—Huir no es la solución, Fabricio. No te queda otra que hablar con ellos y decirles que tú no has hecho nada.
—No puedo, Teresa, no puedo, ya no me creerán —rechazó por intuición sin saber bien por qué.
Desde la ventana de un despacho superior alguien vio su coche abandonar el monasterio a toda velocidad y dio la voz de alarma.
Los cuatro gorilas de la Guardia Suiza salieron tras él en sus coches por las sinuosas carreteras de la región, pero Fabricio los despistó con mucha pericia al volante, aunque le costó casi una hora de arriesgada conducción por pasos de montaña y desfiladeros infinitos.
Libre de sus seguidores, pensó que lo mejor era dirigirse a España como Mancini le había indicado, pero ni llevaba dinero ni ropa ni tenía infraestructura preparada para una huida así.
Condujo un buen rato hacia el sur sin rumbo cierto, hasta que decidió ir a Nápoles, desde allí salían barcos para Barcelona a diario, pero antes necesitaba establecer un punto de apoyo logístico y recordó el consejo de Mancini: Montecassino.