CAPÍTULO XIV
Sin rastro
Fabricio salió de Anzio con las últimas palabras de Mancini resonando en sus oídos. Al llegar al San Cesareo se detuvo en un cruce, frente a él una señal de tráfico le indicaba que Roma estaba a sesenta kilómetros a la izquierda y Subiaco a cincuenta y tres kilómetros a la derecha.
Si Mancini llevaba razón, debía ir a por Cinzia. Quería pensar que todo era una tontería, un absurdo. Pero en su fuero interior una desazón lo convencía de que al médico le asistía razón.
El sonido del claxon le sacó de su abstracción.
Miró por el espejo y vio que detrás de él había un camión cuyo conductor le insistía para que iniciara la marcha.
No sabía cuánto tiempo había estado parado decidiendo qué hacer.
Pisó el embrague, metió primera y giró a la izquierda automáticamente.
Volvería a Roma. Era evidente que algo estaba sucediendo.
Envuelto en sus propias dudas, entró en la ciudad dos horas después de haber dejado atrás Anzio. Una hora más tarde, debido al tráfico de la ciudad, estacionaba en Viale delle Milicie, mucho más lejos de Borgo Pio que la pasada madrugada.
Fue caminando hasta el portal del que hacía unas horas había salido arrebujado a primeras horas de la mañana para devolver a Mancini a su casa.
Sin embargo, ahora el ambiente era completamente distinto, entre otras cosas, porque hacía un calor insoportable.
Además, al conocerse la inesperada muerte de Juan Pablo I, los alrededores del Vaticano se habían convertido en un hormiguero de turistas, periodistas, policías, congregaciones…
Por seguridad, la puerta de Santa Ana se había cerrado y el único acceso al Vaticano era por la plaza de San Pedro; no fue hasta allí, su morbo no era tan insidioso ni le gustaban las aglomeraciones de gentes.
Nadie le abrió la puerta del apartamento: ni Vincenza, a la que había conocido aquella madrugada, ni Cinzia.
Pero era normal con todo lo que se había liado.
Salió a la calle, buscó una cafetería, se sentó en una mesa y, mientras degustaba un café con leche, empezó a reflexionar sobre todo lo que le habían contado Mancini y Cinzia, su madre.
Llevaba visitando aquel apartamento desde los primeros sesenta, cuando el papa Juan XXIII pidió a Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, el hombre al que su tía había servido durante toda su vida hasta morir con el nombre de Pablo VI, que se trasladara al Vaticano con él.
Sin embargo, nunca había visitado a la que entonces consideraba su tía en el interior del Vaticano, siempre en aquel apartamento. Era algo que nunca había meditado, pero ahora se convertía en una incógnita.
Una imagen del televisor llamó su atención: en la pantalla se veía a sor Vincenza, muy compungida, hablando de la noticia que esa mañana había despertado al mundo.
Entonces se enteró de que era la sirvienta personal del papa fallecido.
Aquella madrugada, apenas él y Mancini entraron en el apartamento de Cinzia, ella y el médico alcohólico desaparecieron durante un buen rato. Mancini tenía razón.
Después, una periodista desde un estudio preguntó a un médico sobre la autopsia del papa.
El entrevistado, el doctor Vicenza Rulli, profesor de Electrofisiología además, expresó ante el mundo entero sus dudas acerca del dictamen de muerte por infarto de miocardio.
Afirmó que hay muchas causas de muerte repentina, y que estas solo se pueden determinar con precisión en la autopsia.
Poco después apareció en la pantalla Villot desde el Vaticano, se le veía muy compungido.
La reportera le preguntó si habría o no autopsia del cadáver, a lo cual el cardenal declaró que, sin duda alguna, no.
Que, según el artículo 17 de la Constitución del Vaticano, esa práctica estaba excluida para los pontífices.
—La única práctica que prevé el texto legal es un reconocimiento externo por parte del camarlengo.
—¡Pero si el camarlengo es él! —masculló Fabricio.
Tras esa declaración apareció otro corte del director de prensa del Vaticano, el padre Romeo Panciroli, en el que aseguraba que solo en caso de que existiera una petición de autopsia, esta debería ser planteada ante la Congregación General.
Devuelta la conexión a los estudios de televisión, un periodista en el estudio afirmó que el médico personal de Juan Pablo I, Renato Buzzonetti, había confirmado su diagnóstico de muerte por infarto de miocardio.
Pero la noticia fue desmentida inmediatamente, dado que dicho médico no se encontraba en Roma en ese momento.
Otro de los entrevistados en la sala de prensa del Vaticano fue el cardenal de la curia romana monseñor Bernardin Gantin, que había sido el último en verlo con vida antes de que se retirara a sus habitaciones, y declaró no haber observado «ningún atisbo de fatiga en el rostro y en los gestos de Juan Pablo I».
Salió de la cafetería y se dirigió hacia la puerta de Santa Ana.
Al llegar al monasterio que da nombre al acceso lateral del Vaticano, de uso exclusivo de los funcionarios y personas que iban a realizar gestiones en la Santa Sede, un miembro de la Guardia Suiza le salió al paso.
—Deseo ver a Máximo Alveroli, documentalista de la Biblioteca Apostólica Vaticana —le explicó Fabricio.
Ambos se conocían desde su estancia en el seminario de Milán, donde habían pasado su infancia.
Quince minutos después, llegó Máximo al despacho donde tenían retenido a Fabricio, solo entonces lo dejaron entrar en el Estado. Una vez a solas, mientras paseaban entre las estanterías repletas de libros, Fabricio se interesó por los acontecimientos que rodeaban la muerte del papa.
Máximo no estaba por la labor de hablar mucho, toda lo que sabía era fruto de habladurías y chismes vaticanos, él carecía de información fiable al respecto. No obstante, Fabricio le insistió para que le revelara algo.
—Por lo visto, toda la tarde de ayer la pasó muy ajetreado y se acostó pronto.
—¿Se sentía mal?
Máximo no contestó, compuso un gesto de duda. Era evidente que él no estaba en el círculo más próximo al papa, solo lo había visto una vez en aquel mes y porque el santo padre había querido visitar la biblioteca.
—¿Entonces a qué se debía su nerviosismo?
Máximo se detuvo ante uno de los impresionantes estantes y se encaró a su amigo de la infancia.
—Cuentan por ahí que rumiaba la idea de renovar la curia por completo y hoy iba a hacer públicos los nuevos cargos.
Era un asunto muy escabroso porque suponía acabar con muchos años de corrupciones y finanzas delictivas.
—Fabricio no salía de la estupefacción. Durante los últimos años de Pablo VI corrían esos bulos frecuentemente, pero de lo pintado a lo vivo había un mundo—.
Parece que anoche se tomó un calmante y se retiró temprano a sus habitaciones con unos apuntes de los que desde hacía días no se desprendía.
Según las malas lenguas, era la lista de los cargos que iba a renovar —esto último lo dijo susurrando muy cerca del oído de Fabricio.
—¿Tú crees que lo han matado?
Ahora el silencio cambiaba de bando; Máximo miraba a Fabricio con miedo.
Aquella conversación no le estaba gustando.
Él era un hombre muy comedido, que realizaba su trabajo sin entrar en cuestiones políticas de ningún tipo, aunque a veces le resultase imposible sustraerse a los dimes y diretes de las intrigas a su alrededor.
Se acercó de nuevo a su amigo y volvió a susurrarle: —La lista en la que, se dice, aparecían los relevos de los cargos se ha perdido.
—¿Cómo que se ha perdido?
—Sospechan que está en manos de Villot, quien fue el primero en entrar en las habitaciones y la cogió antes de que nadie supiera que había muerto.
—¿No fue sor Vicenza?
—No, esta fue quien dio la alarma cuando comprobó que no se había tomado el desayuno que todos los días le dejaba en la puerta de la habitación.
—¿No entró?
—No. Ninguna mujer puede entrar en los aposentos papales si no están vacíos o va acompañada de otra persona.
Ninguno de los dos hombres se dio cuenta de que, desde un ángulo de la cuarta planta de la biblioteca, en un rincón entre dos estanterías, alguien los espiaba.
Si Fabricio hubiera mirado hacia aquel lugar, quizá habría identificado al desconocido cuyo encuentro aquella mañana tanto había preocupado a Luca Mancini.