El informe Mancini CAPÍTULO XIII #3
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CAPÍTULO XIII #3

—Una vez a solas, se acomodaron en sendos sillones y el papa confesó a Sindona la causa de su desazón: «La reforma fiscal que el Gobierno italiano va a acometer en breve gravará con nuevos impuestos todas las inversiones del Vaticano.

La decisión nos va a costar más de setecientos millones de dólares.

Todo el líquido del que disponemos. —Sindona lo escuchaba atento, pero no parecía perturbado por la crítica situación que le pintaban—.

Pero esto no ha hecho más que empezar. Si otros países, emulando al Gobierno italiano, toman medidas similares, toda la estructura financiera urdida por Bernardino Nogara durante los últimos cuarenta años se va al garete».

—¿Qué hizo Sindona?

—No noté que se mostrara preocupado por la catastrófica situación económica que le describía su amigo.

El papa siguió hablando: »—A este riesgo hay que añadirle la pérdida de apoyos que estoy sufriendo.

He intentado ser tan cauto y centrado que ahora ni los conservadores ni los progresistas se encuentran cómodos con mi gestión pastoral.

Las críticas, unas veces veladas y otras no tanto, son continuas desde ambos sectores y estoy empezando a sentirme muy solo.

¿Qué pasará ahora, Michele, si toda la fortuna que gestiona el IOR se nos va por el sumidero de la hacienda italiana?

»—Lo más efectivo, Giovanni, es sacar todo el dinero de Italia lo antes posible y desviarlo a empresas radicadas en paraísos fiscales, da igual América que Europa.

Es la misma táctica que he empleado para blanquear el dinero de la droga de la familia Gambino, solo que en esta ocasión gozamos de un plus de seguridad financiera: puedo hacerlo a la vista de todos, sin secretos, el Vaticano es un Estado soberano que puede llevarse sus inversiones a donde le plazca.

Además, la medida serviría de escarmiento para los legisladores italianos y un aviso para los demás gobiernos que sientan la tentación de cargar impuestos contra la Iglesia.

—¿Y el papa qué dijo?

—Debió de meditar durante varios minutos, después lo oí levantarse y abrir un cajón, supongo que de su escritorio, de donde debió de sacar algún escrito que entregó al banquero al tiempo que le explicaba: «Con este documento te concedo poderes ilimitados sobre los fondos administrados por el Instituto para las Obras de Religión.

Solo te pongo una condición: deberás trabajar mano a mano con el arzobispo Paul Marcinkus».

—¿Marcinkus? —interrumpí.

—Un obispo al que todos llamaban el Gorila por haber sido el guardaespaldas y hombre de confianza del papa desde el 64.

Yo asentí con un gesto al tiempo que mi interlocutor añadió: —Con ellos también colaboraría el cardenal Sergio Guerri, gobernador de la Ciudad del Vaticano.

Después, el silencio lo inundó todo. Supongo que habría un cruce de miradas y el banquero volvería a leer el texto, porque a continuación oí: »—El Vaticano deposita en ti toda su confianza.

»Después solo se oyó el sonido de una estilográfica deslizándose sobre los documentos, aquel poder quedaba rubricado.

—¿Usted oyó todo eso?

—Todo.

—Después el papa tiró del llamador que avisaba al hermano Blas para que mandara a por el banquero, dejé pasar diez minutos, los que se tardan en llegar desde un apartamento sito en Borgo Pio hasta las habitaciones por el pasadizo, y entré sin llamar.

—¿Le contó todo eso a su mentor?

—El hermano Blas no daba crédito. Él conocía a Sindona, sabía que era frío, pero no que su contención llegara hasta el punto de que ni siquiera él adivinara su alegría al abandonar el Vaticano aquella madrugada siendo uno de los hombres más poderosos del mundo.

Al día siguiente, los cinco bancos y ciento veinticinco compañías que manejaba comenzaron a mover su propio capital a través del Estado vaticano hacia la banca suiza.

—¿Se arregló todo?

—Después de aquel nombramiento, la triple alianza formada por la Mafia, la Democracia Cristiana y la Iglesia fue tan fuerte como lo había sido el binomio Iglesia y monarquía en la Alta Edad Media.

—Puedo imaginármelo.

—No puede, Mario. Los hijos de los mafiosos o se dedicaban a la política o ingresaban en el clero.

Su poder se proyectó sobre todo en Sicilia, una isla olvidada en la que reinaban la pobreza y el analfabetismo, y donde podían hacer y deshacer a su antojo sin que las autoridades se inmiscuyeran en sus asuntos.

—¿Tan poderosos se hicieron?

—El miedo es muy malo, la gente con miedo se deja doblegar, y ellos tenían sus propios demonios.

—No lo entiendo.

—Verá. La Mafia disponía de armas, podía asesinar a todo el que le molestara.

—Asentí—. La Iglesia contaba con Dios, un ser justiciero y rígido que no iba a dudar ni un segundo en castigar a todo el que se le opusiera.

—Volví a asentir—. Mientras, la Democracia Cristiana mostraba a los comunistas como demonios; solo con mencionar la posibilidad de que los rojos se establecieran allí, los pobres campesinos sicilianos se acojonaban.

Y el caso es que no tenían nada por lo que temer.

—¿Eso en Sicilia?

—En Sicilia. Donde, además, la máxima local es «El enemigo de mi amigo es mi enemigo». Y dado que el enemigo común de los mafiosos, los clérigos y los conservadores eran los comunistas, allí nunca saldrían elegidos.

—Dígame una cosa: ¿usted conoció a un tal Alveroli en el Vaticano?

—Sí, era el encargado de la Biblioteca Vaticana.

—¿Y a Efraín Martínez lo conoce?

—Era el ayudante de Alveroli, vive aquí en Barcelona.