El informe Mancini CAPÍTULO XIII #2
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CAPÍTULO XIII #2

—Lo ignoro. Yo era entonces lo mismo que soy ahora: el sacristán del templo, no me inmiscuyo en los asuntos internos de los hermanos.

Pero me atrevería a asegurar que sí. Esos documentos habían levantado ampollas en la curia romana.

El abad quiso ayudar, no denunció a Roma que el chico y los documentos ya estaban aquí. Pero no colaboró en nada.

Hice ademán de levantarme, pero el hombre volvió a hablar.

—Verá, Mario —comenzó—, yo vine aquí en el 77. Conocía al hermano Blas Mejuto y algo de lo que sucedía en el Vaticano. ¿Tiene prisa?

—Ninguna —respondí—. Pero dígame una cosa: ¿de qué conocía usted al hermano Blas?

—Soy arquitecto, preparé mi tesis en Roma, bajo su dirección.

—¿Y cómo acaba un arquitecto de sacristán en un convento?

—Soy mucho más que eso, Mario. Este convento es museo a la vez y los hermanos tienen otras propiedades e incluso otros monumentos.

—Ya. ¿Y usted lleva la dirección y el mantenimiento de todos ellos?

—Algo así. —Asentí—. La historia que le voy a contar arranca mucho antes, pero yo voy a empezar por la parte que mejor conozco.

—Pues usted dirá.

—Ante la sorpresa del mundo entero, fue elegido papa Angelo Giuseppe Roncalli, tenía setenta y siete años. Escogió el nombre de Juan XXIII, y su nombramiento supuso un auténtico cambio de rumbo en la política vaticana desde el primer día.

—He oído que fue algo revolucionario.

—¿Revolucionario? Su primera noche en el Vaticano pidió al cardenal Nasalli que cenara con él.

Hasta ese momento, y desde la noche de los tiempos, los papas comían solos.

Cuando digo comían, me refiero a cualquier ingesta de alimentos —aclaró—.

El cardenal se negó, fiel a la tradición, a lo que Roncalli replicó: «¡Como papa tampoco van a dejarme hacer lo que me apetezca!

». El cardenal pidió: «¿Puedo traer champán, santidad?

». «Sí, sí, espero que al menos eso no esté prohibido.

Y, por favor, no me llame santidad, que cada vez que lo dice me parece que me está tomando el pelo».

Si eso ocurrió la primera noche, ya puede usted imaginarse los siguientes cinco años.

—Me hago una idea.

En realidad, yo no me imaginaba nada. Solo sabía de Juan XXIII que había sido un papa, pero ni siquiera lo hubiera ubicado en el tiempo.

—Se había propuesto hacer una reforma profunda de la Iglesia, y la hizo.

En los primeros cien días, dejó claro que el fin de la cruzada contra el comunismo había llegado.

Ordenó a los obispos italianos que se mantuvieran políticamente neutrales.

Después restringió el libre acceso al Vaticano de los agentes de la CIA.

—¿La CIA en el Vaticano? —pregunté circunspecto.

—Cuando llegó él, ya llevaban tiempo allí. No podría decirle bien desde cuándo, pero sí que andaban por allí como Pedro por su casa, nunca mejor dicho.

—A los americanos les sentaría como un tiro.

—No les gusto mucho, evidentemente. Pero no acabaron ahí las cosas. Inmediatamente después, inició una serie de conversaciones, muy discretas pero no ocultas, con los países del Este de Europa hasta que consiguió entablar relaciones con Nikita Kruschev.

—¿El presidente ruso?

—El mismo. Consiguió que el Kremlin lo reconociera como un amigo. Pero pronto esa consideración se quedó corta y pasó a ser un camarada socialista al tiempo que iniciaba una purga de ultraconservadores de la curia que habían sido la corte de Pío XII.

—¿Este fue el papa que convocó el Concilio Vaticano II?

—Exactamente, Mario. El mayor impulso reformador de la historia de la Iglesia católica. Una auténtica puesta al día. Renovó, en fondo y forma, todas las actividades vaticanas, pero dejó las arcas en números rojos.

—¿En números rojos…? ¿El Vaticano…?

—El Vaticano. Aquello fue una temeridad. Los conservadores se tiraban de los pelos. Muchos de aquellos hombres habían conocido la miseria anterior al Tratado de Letrán. Aquel derroche, y la pobreza que acarreaba, podía asestar a la Iglesia un golpe mortal.

Asentí, pero no añadí nada, no sabía qué decir. Pero sí que pensé que quizá esa era la clave. ¿Estaría el Vaticano arruinado?

—Todo aquello implicó una serie de consecuencias políticas.

Por primera vez en la historia se producía en Italia un vuelco político definitivo.

El partido Democracia Cristiana, sin la ayuda económica de la Iglesia, perdió definitivamente la posición de privilegio de la que disfrutaba desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

—¿Ese era el partido de Aldo Moro?

—Sí. —Asentí—. Si el Gobierno norteamericano ya se había enfadado por la expulsión de la CIA, el recorte en los presupuestos del partido más fuerte (inclinado a la derecha) y su cataclismo los enfureció más aún.

—Entiendo. Supongo que, con la caída de los democristianos, también caía el dique de contención del comunismo italiano.

—Y todo por obra del papa.

El sacristán se levantó, tomó una botella de vino de una vitrina y sirvió dos copas.

—No le he preguntado, pero doy por sentado de que le gusta el buen vino.

—Asentí—. En las siguientes elecciones, los democristianos perdieron trece escaños, mientras que el Partido Comunista Italiano incrementó los suyos en veinticinco, adquiriendo desde ese momento un peso específico propio en la política italiana.

—Los norteamericanos se sentirían insultados.

—¡Ellos y toda Europa! Pero la desgracia no duró mucho. Apenas un mes después de las elecciones, el papa anunció que padecía de cáncer de estómago. Por lo visto, lo sabía desde septiembre y había rehusado operarse por no dejar a medio terminar el concilio y que este se desviara.

—De todos modos, no lo vio culminado.

—No. Pero los rusos sí le agradecieron su labor antes de morir concediéndole el premio Balzan en reconocimiento de su labor en favor de la paz y la fraternidad entre los hombres.

—¿Y cuándo murió?

—En el 63 y, como usted bien ha dicho, no vio concluida «la puesta al día de la Iglesia», como él llamaba a su proyecto.

El presidente de los Estados Unidos de América, Lyndon B.

Johnson, le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad a título póstumo.

La condecoración civil más alta de los Estados Unidos.

—No quisieron quedarse atrás respecto a los soviéticos.

—No.

—¿Quién lo sucedió?

—El cardenal Montini, Pablo VI. Un profesional de la administración vaticana. Su cónclave fue uno de los más cortos de la historia.

—Lo tenían claro, entonces.

—Clarísimo. La verdad es que Juan XXIII había sido un manirroto. Eso hizo mucho daño al grupo de poder vaticano.

—Pablo VI era más conservador.

—Y más mafioso.

—¡Pero él acabó el Concilio Vaticano II!

—A él la renovación de la Iglesia se la traía al pairo. Su misión era recuperar las arcas. El concilio fue su cortina de humo para llevar a cabo su proyecto.

—¿Y lo realizó?

—Sí. Pero de mala manera. Una noche de mediados del 69, después de mucha meditación, llegó a la conclusión de que la quiebra iba a ser inminente. La caída económica había llegado a un punto de no retorno. Sus colaboradores estaban en el ajo.

—Su problema era que la Iglesia estaba empobrecida de nuevo y sin poder político.

—Así la había dejado su antecesor. Aquella noche, después de cenar y retirarse a sus aposentos, llamó a su amigo Michele Sindona, un miembro de Propaganda Due, una logia secreta de la francmasonería italiana con importantes conexiones en la Mafia siciliana.

—¿Para qué lo llamó?

—Quería reunirse con él con la mayor brevedad en el más riguroso secreto.

—¿Cómo lo hicieron?

—Entrando por una puerta secreta y un pasadizo que lo llevaba directamente a los apartamentos privados del papa.

Sindona se presentó a la entrevista tan elegantemente vestido como solía: traje azul marino, corbata a juego, camisa blanca, gemelos de oro.

En contraposición, el papa estaba angustiado, su lividez era tal que parecía un cadáver andante.

Tenía el gesto descompuesto. Llegué a pensar que estaba enfermo.

—¿Usted lo vio?

—Yo lo introduje en el Vaticano. —Me quedé atónito—.

Lo hice por indicación de Blas Mejuto. Él estaba en la habitación cuando yo entré.

Ambos se saludaron con un apretón de manos, el papa no le ofreció el anillo para que lo besara ni el otro lo intentó.

Después, el papa me hizo un gesto para que me fuera de allí.

Yo conocía bien aquellos pasadizos y me quedé detrás de la puerta falsa que daba a la habitación a través de un armario grande.

—¿Y qué ocurrió en la reunión?