El informe Mancini CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII

Sant Pau del Camp

Después de la conversación con el padre Efraín y todas mis reflexiones, dediqué una mañana a recorrer los monasterios donde habían ocurrido aquellos horrendos crímenes que bien podrían estar vinculados a la desaparición del profesor Geronimo, Jerónimo o Giovanni, el cual, al parecer, había sido su primer nombre.

El primero que visité fue el de Sant Pau del Camp, donde un fraile muy anciano, Blas Mejuto, había fallecido desnucado tras descubrir a un ladrón en su celda.

Con la primera persona que hablé fue con el sacristán, un hombre jovial que estaba próximo a la jubilación.

Su aspecto era de progre de los ochenta: calvo, barba cana algo descuida, mocasines, un pantalón vaquero descolorido, una camisa de cuadros y una americana con parches en los codos.

El monasterio se había modernizado hasta el punto de contar con un circuito cerrado de televisión con cámaras de vigilancia.

El sacristán me llevó hasta una pequeña oficina sin ventanas a la que se accedía a través de la sacristía, en la que había varias pantallas, un ordenador y una grabadora.

Se sentó en una silla y, con la ayuda del teclado y el ratón, en una de las pantallas apareció la grabación.

La giró hacia mí. He de aclarar que yo aún permanecía de pie, dado que en la instancia no había más sillas.

En la imagen se veía al ladrón, como lo llamaba él, que había acabado con la vida del anciano Blas Mejuto.

Se lo veía entrando por la puerta principal y caminando hacia a la zona donde está la puerta que da acceso a la parte reservada para la vida de los hermanos.

Llevaba la cabeza cubierta por una capucha e iba vestido con un chándal.

No se persignó ante el altar mayor, se sentó en un rincón bajo la arcada, frente a la imagen de la Mare de Déu, y esperó a que los pocos feligreses que a esas horas aún oraban fueran desfilando hacia la calle.

Casi media hora después, la nave estaba vacía. Entonces apareció un fraile renqueante que aún se movía con cierta agilidad, aunque era evidente que una de sus piernas no funcionaba todo lo bien que debiera.

—Aquel día cerraron muy tarde, yo me ausenté a media tarde y fue el hermano Griñán —dijo señalando el monitor con los ojos— quien cerró la puerta.

—Me volví y lo miré interrogativo—. Es un hombre sencillo.

Fue pastor de ovejas y, al morir sus padres y encontrarse solo con aquella ligera incapacitación que le hace cojear, decidió venderlas todas, hacer una donación a la orden e ingresar en ella.

Dirigí la vista hacia la pantalla del ordenador y vi la imagen del hermano Griñán caminando hacia la puerta, cerrarla y, al volverse, enfrentarse al hombre encapuchado cuyo rostro no se veía.

Intercambiaron unas palabras inaudibles y luego el encapuchado siguió al fraile hasta la parte privada del monasterio.

La imagen quedó congelada durante un minuto y medio y luego se apagó.

—Las cámaras están dotadas de un sensor de movimiento graduado para desconectarse veinte segundos después de registrar el último y activarse automáticamente con el primero que detecten —explicó el sacristán.

—¿En el interior no hay cámaras? —pregunté.

—No. Esto es un convento: los hermanos, por el voto de pobreza, carecen de bienes materiales, aquí solo se ora.

Al tiempo, el sacristán tocó una tecla y se reprodujo la imagen siguiente.

Habían trascurrido veinte minutos, el encapuchado apareció por una esquina de la pantalla dirigiéndose a la misma puerta por la cual había entrado.

Iba tranquilo, caminaba despacio y, como al entrar, la cámara no pudo enfocar su rostro.

Pedí hablar con el hermano Griñán y el hombre no opuso ninguna objeción.

Devolvió la pantalla a su lugar, se levantó, salimos a la sacristía y cerró la puerta del cuarto de grabación con llave.

—Siéntese —ni me lo ofreció ni me lo pidió, más bien me lo ordenó y salió de la habitación.

En una esquina superior de la habitación había otra cámara con un objetivo gran angular que debía de controlar toda la estancia.

Yo permanecí sentado, saqué el móvil y consulté el WhatsApp y los correos electrónicos, no me dio tiempo a más porque enseguida entró el sacristán seguido del hermano Griñán.

Juan Antonio, así se llamaba fraile, aún no había cumplido los cincuenta años, tenía un pelo recio y abundante peinado hacia atrás, y hablaba muy fuerte, aunque era excesivamente respetuoso y educado.

No era un hombre muy cultivado, pero tenía ese saber de las personas que han pasado mucho tiempo hablando consigo mismas mientras observan la naturaleza y la asimilan en todo su esplendor.

—Buenos días, Juan Antonio. Quería saber si usted conocía al hombre que se supone que mató al hermano Blas.

Antes de contestar, negó con la cabeza haciendo intensos aspavientos sin quitar los ojos de los míos.

Luego, con un ligero tartamudeo, contestó: —Yo no lo había visto en mi vida.

Vestía sudadera y pantalón de chándal; era fuerte, atlético, llevaba media barba rubia, tenía la piel más bien oscura y los ojos azules.

—¿Puede ser moldavo? —pregunté.

Los moldavos eran un grupo de delincuentes que años atrás había asolado las urbanizaciones privadas de buena parte de las ciudades mediterráneas.

En la jerga policial se los conocía por ese gentilicio, aunque no siempre lo eran.

Las más de las veces se trataba de exmilitares de la extinta Yugoslavia.

La independencia de algunos países del Este y la autodeterminación de los de la antigua Yugoslavia habían dado origen a una guerra civil y a la generación de jóvenes adiestrados militarmente que perdieron el respeto a la vida, una barrera psicológica que convierte en asesinos depravados a quien la pasa.

—«Busco al hermano Blas Mejuto» —fue lo primero que me dijo.

Di un paso atrás para separarme de él y verlo mejor. Aquel hombre acompañaba todas sus expresiones de gestos y representaba el papel de cada uno de los interlocutores de los que hablaba.

—Yo no conocía bien al hermano Blas, era un hombre mayor, extraño, muy listo, casi no se juntaba con ninguno de nosotros.

—Blas Mejuto era muy mayor, vino de Roma, del Vaticano, al fallecer Juan Pablo I —explicó el sacristán para aclarar las palabras de Juan Antonio, pero a mí me vino bien corroborar la fecha de llegada a España—, y siempre vivió aislado del resto de los monjes.

En algunas ocasiones compartía con ellos unos minutos, pero siempre estaba solo, encerrado en sus estudios sobre el universo y el origen de la vida en la tierra.

—¿Lo llevó a su habitación? —pregunté.

—No —contestó Griñán—. Lo llevé a una sala de visitas que hay en el piso de arriba —dijo buscando con la mirada la aprobación del sacristán— y fui a avisar al hermano Blas de que lo aguardaba una visita.

Después me volví al jardín del convento, estaba regando unos rosales y no quería que se inundaran.

—¿Cuándo descubrieron que el hermano había fallecido?

—A la hora de la cena —contestó el sacristán—. Al hermano Blas la cena se le servía en su habitación por la edad, aunque estaba muy lúcido, pero, con noventa y cinco años…, físicamente no estaba bien.

—¿Quién descubrió su cuerpo?

—Yo —terció Griñán—. Normalmente, yo le llevaba la cena y me quedaba con él hasta que se la terminaba.

—¿Cómo estaba?

—Tumbado en el suelo bocarriba.

—¿Había sangre?

—No, pero estaba todo revuelto. Aunque no le pudieron robar nada porque nada poseía.

Me levanté con la intención de irme y Griñán volvió a sus quehaceres.

—Al poco de venir el hermano Blas a este monasterio, ocurrieron aquí unos sucesos extraños —dijo el sacristán cerrando la puerta tras Griñán y señalándome la silla de la que se acababa de levantar.

Yo me volví a sentar y él se acercó otra—.

Sufrimos otro ataque del que también fue protagonista el hermano Blas.

Un hombre entró en el monasterio buscando unos documentos que por lo visto él había recibido de Roma.

—¿Unos documentos? —pregunté intentando disimular mi sorpresa.

—Sí.

—¿Y los consiguió?

El sacristán negó con la cabeza.

—Los documentos vinieron en un sobre dirigidos a él, pero en el interior iba otro sobre con el nombre de un tal Fabricio Silvestri, que debía llegar aquí por aquellos días desde el monasterio de Montecassino, en Roma.

Alguien se los había mandado para que se los entregara a su llegada.

El hombre que vino lo sabía y torturó al hermano Blas hasta sacarle que los había mandado a un monasterio de Murcia, ahora no recuerdo cuál.

—¿Y no mató a Blas Mejuto?

—Aquel asesino estaba a punto de acabar con su vida cuando otro hermano entró, le rompió un jarrón en la cabeza y le hizo perder el conocimiento.

Llamamos a la policía inmediatamente, pero, cuando llegó, el hombre ya había despertado y huido saltando al jardín desde la ventana de la celda del hermano Blas.

—¿Y saben por qué mandó los documentos a Murcia antes de que llegara su destinatario?

—No los había mandado aún. Fue una argucia suya para salvar la vida.

Pero sí es cierto que durante aquellos días el abad le insistió mucho para que se deshiciera de ellos y de Fabricio apenas llegara, y decidieron que el mejor sitio para el joven procedente de Roma y sus documentos era el monasterio murciano.

—¿Cuándo llegó Fabricio?

—Unos días después. Era muy joven, educado, afable y bien instruido. Pero el abad ya había prohibido su estancia. Al hermano Blas no le quedó otra. Como le he dicho, cuando llegó el chico, ya lo tenía todo preparado.

—¿Conocía el abad el contenido de esos documentos?