El informe Mancini CAPÍTULO XII
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CAPÍTULO XII

La monja sabía perfectamente cómo se las gastaban aquellos tipos.

En un abrir y cerrar de ojos toda su pena se convirtió en terror.

Movida por el instinto de supervivencia, se echó hacia atrás.

El cardenal se le acercó y ella dio varios pasos más de espaldas hacia un rincón de su cuarto.

El prelado mostraba una cara desencajada por la ira, no podía disimularlo de ninguna forma.

El sicario que lo acompañaba ni se inmutaba: su rostro parecía esculpido en mármol.

Ella le mantuvo la mirada hasta que su cuerpo chocó con una vitrina situada a sus espaldas.

El camarlengo se le acercó hasta casi compartir con ella el aire que exhalaba.

—¿Qué hacía usted la madrugada pasada en las habitaciones de Albino Luciani?

Sor Vincenza no se arredró; sentía terror, pero se mantuvo firme.

De no haber sido por los hábitos, se hubiera visto el temblor de sus rodillas.

Inmediatamente pensó en Cinzia. Si aquellos desalmados sabían que había estado en la habitación del papa durante la madrugada era porque ella se lo había dicho.

Conocía bien a su prima, y ni era afín a ellos ni era una mujer pusilánime.

¿Pero y si la habían torturado? Después recapacitó.

«¿Por qué la iban a torturar? ¿Cómo pueden saber ellos que está involucrada conmigo en esa autopsia improvisada?

No pueden saberlo, es imposible —se respondió—.

Si lo han averiguado tiene que haber sido por otro cauce».

Sacó valor del propio terror, hizo de tripas corazón y, con todo el arrojo del mundo, mirando cara a cara aquel ser mezquino, ruin y corrupto, sin apartar la vista de sus ojos encendidos, se armó de dignidad y por respuesta preguntó: —¿Qué insinúa, mal nacido?

Nadie en su vida le había dicho algo así.

—No insinúo nada, hermana Vincenza —dijo masticando sus propias palabras—. Su negligencia y la de Albino anoche han comprometido a la santa madre Iglesia católica ¡Todo el mundo sabe que usted y ese…!

—¿Ese qué…? —interrumpió la monja con mucha prosopopeya antes de que el enfurecido purpurado terminara la frase—. ¿Qué sabe todo el mundo: que, de no haber muerto Albino, usted ahora estaría destituido; que su secta estaría acabada; que sus sucios negocios habrían terminado…?

La ira inundó la cara del cardenal.

—¡La sucia confianza que había entre ustedes, esas miradas obscenas, esos cuchicheos en público…!

—¡Todo eso son mentiras!

—¿Mentiras?… ¿Cómo pudo morir de infarto súbito un hombre sano? ¿Qué explicación le da usted a eso si no es por su presencia en sus habitaciones en el momento de la muerte?

—¡No ha muerto de infarto! —espetó violentamente—. ¡Soy enfermera!… ¡Nadie que muere de infarto esboza una sonrisa! ¡Nadie que muere de un infarto agudo sostiene durante la agonía nada en sus manos! ¡Usted será un asesino, pero no me tome por tonta!

—¿Cómo puede saber todo eso y seguir manteniendo que no estaba usted con él cuando falleció?

—¡No estuve con él cuando falleció! ¡Estuve después!

—interrumpió a voz en grito—. Yo sabía que él estaba inquieto por lo que se le avecinaba hoy —añadió en un tono de voz más comedido, pero no menos iracundo—.

Desde que murió de repente el señor Boris Rotov, Nikodim, el pasado día 5 de septiembre, casi delante de él, estaba muy nervioso.

No dormía de noche. Desde mi habitación se ve la ventana de la suya.

La luz no se apagó en un tiempo prudencial.

Entonces fue cuando decidí visitarlo por si necesitaba algo.

Yo también estaba preocupada, pero no por su salud, que era buena, sino por su estado de ánimo.

—El secretario papal le sostuvo la mirada—.

¡Lo drogaron! ¡Usted ordenó que lo hicieran!

¡Sabía que era hipotenso, que una leve sobredosis de cualquier vasodilatador podría matarlo!

Pero, aun así, usó nitroglicerina. La cianosis en los dedos de las manos y los pies lo demuestran.

Le habría gustado añadir que por ese motivo recurrió a un médico de la Mafia para que le hiciera una autopsia, pero se abstuvo.

Hacerlo hubiera sentenciado a muerte a Mancini y a Fabricio.

El cardenal, estupefacto, cerró los ojos.

Aquella aseveración era su fin. Se giró hacia el hombre que lo acompañaba, tenía los ojos inyectados en sangre, el gesto descompuesto y la voz quebrada.

—¡Tenemos un grave problema!

Él asintió en silencio, pero, por el color que había adquirido su rostro, se podía afirmar que lo sabía. El cardenal se volvió hacia ella y con una voz mucho más baja le preguntó: —¿Quiénes eran esos dos hombres que han salido esta mañana por la puerta falsa de Borgo Pio?

Sor Vincenza palideció. La forma en que lo dijo exoneraba a Cinzia, pero acreditaba que alguien los había visto y los había reconocido. No era de extrañar. Mancini había trabajado muchos años para la Mafia en el Véneto y, por desgracia para la Iglesia, la Mafia también estaba ahora en el Vaticano.

—¡Contesta, zorra! ¿Quién más sabe que ese médico mafioso y el joven profesor de Subiaco han estado aquí? —preguntó mordiéndose la lengua por la ira.

Vincenza rompió en llanto, aquel malvado sabía más de lo que era aconsejable para conservar su integridad física, también comprendió que las insinuaciones anteriores sobre su relación con el fallecido no era más que un intento de darle una salida para que la verdad no saliera a la luz, y la había desaprovechado.

O ideaba una argucia o a su vida y a la de Cinzia acababan de estamparle la fecha de caducidad.

—Como ya le he dicho, cuando entré en la habitación, Albino Luciani ya estaba muerto.

La nitroglicerina ya había hecho su efecto.

Entonces hice venir a ese médico. Él sabe de qué ha fallecido, ha obtenido y guarda muestras de sus mucosas, del líquido que había en el frasco de Effortil, del vaso de la infusión; tomó huellas, hizo fotografías del cadáver y de los documentos que sostenía en sus manos.

Todo ello se analizará lejos de aquí y se guardará a buen recaudo.

Pero, si nos ocurre algo a mí o a Cinzia, el mundo entero sabrá que lo has matado tú.

El prelado cerró los ojos, bajó la cabeza y se llevó las manos a la frente. Después, con las mandíbulas apretadas, elevó la mano derecha, la agarró por el cuello y apretó hasta saber que su presa daba la vida por perdida.

—Esta tarde, sale usted sin falta para el Véneto. Allí ingresará en un convento de mi confianza del que no saldrá nunca más y, si alguna vez repite las palabras que ha pronunciado hoy aquí, ese será el último día de su vida.

—¿Y sor Cinzia?

—Olvide a esa furcia.

Al salir al pasillo, el oficial cerró la puerta de la habitación dejándola incomunicada, pero oyó las instrucciones que dio al oficial de la Guardia Suiza.

—Encárgate de ese profesor de Derecho, de Mancini…

—Mancini es un tipo muy peligroso —interrumpió el oficial—. Lo protegen sus contactos en la Mafia, durante muchos años trabajó para ellos. Cuenta con buenos amigos entre benedictinos y entre muchos terratenientes, gente que le debe favores, sin olvidar a la nobleza italiana.

—¡Pues manda a alguien con la solvencia necesaria para volver con esos documentos, las fotografías, las muestras que ha cogido y sus cabezas en una bandeja de plata!

Estaba enfadado y ponía tal énfasis en sus palabras que casi parecía que quisiera hacerse daño al pronunciarlas.

El comandante se volvió hacia la otra parte del pasillo y echó a andar.

—¡Otra cosa! —dijo instantes después. El comandante se volvió hacia él—: Averigua si para el análisis se ha apoyado en algún laboratorio. Si es así, asegúrate de su destrucción.

—No se preocupe. Se hará un trabajo limpio.