CAPÍTULO XI
Por parte de la familia materna de mi hijo también asistieron todos.
Evidentemente, ni Roberta, mi antigua novia, ni Enciso, su padre y tío de Mariona, la madre de mi hijo, pudieron ir.
Ellos ya llevaban años criando malvas. Sí asistió Paul, el hermano de Roberta, que, junto a Mariona, su prima, traficaban con diamantes procedentes de Sudáfrica y que aquellos días disfrutaba ya del tercer grado.
Se acercó a mí y me saludó muy amablemente.
Por supuesto también asistió Meritxell, la hija de mi antigua novia Roberta, que ya había pasado los veinticinco años y se había convertido en toda una mujer.
A ella la veía más menudo, ejercía como abogada en el bufete de los Moncada, otra familia implicada en uno de mis casos más importantes, y vivía en Barcelona con su pareja, un chico algo mayor que ella que era médico.
Oriol, el segundo hijo de Roberta, ya era todo un hombre.
El magistrado Oriol, exmarido de Roberta, su actual pareja Marta —que acababa de tomar cargo como letrada de la Administración de Justicia en el mismo juzgado que Oriol— y el hijo mayor de ambos también nos acompañaron.
Evidentemente Mariona también asistió. Digo «evidentemente» porque ella era la madre de mi hijo, el protagonista de aquel evento y, por supuesto, no podía faltar.
Ahora nos llevábamos muy bien, pero en el pasado no siempre había sido así.
Realmente nunca nos habíamos llevado mal a pesar de que fui yo quien descubrió el caso que, junto a Paul, la llevó a la cárcel.
También asistieron Josep, Gemma y sus hijos, Mariona y Oriol.
Elvira no había podido asistir porque ya estaba muy mayor.
Aquel matrimonio era como un par de hermanos para mí, y su compañía siempre me gratificaba.
Tanto en la iglesia como en el ágape en el Hotel del Prado, Mariona y yo estuvimos juntos como si hubiéramos sido un matrimonio bien avenido.
Nadie que nos viera podía sospechar que solo nos quedaba amistad.
Nos mirábamos con complicidad, nos hablábamos al oído, intercambiábamos sonrisas.
Hubo hasta quien quiso ver amor en nuestras miradas.
—No estaría mal que rehicieran su relación —le comentó Valentina a Nuria en la mesa.
Nuria se volvió hacia ella y la miró desconcertada.
Ella más que nadie sabía del coqueteo que siempre había habido entre Valentina y yo.
En algunas ocasiones llegó a captar la tensión sexual entre nosotros, incluso en multitud de ellas supo —su sentido femenino se lo decía— que había llegado a descargar, nunca mejor dicho, aquella tensión juntos.
—Lo digo en serio, Nuria. Mario se está haciendo mayor, se está quedando solo. Esa mujer lo quiere; que hace años cometiera un delito no le impide ser una buena madre ni pareja.
—¿Eso me lo dices de corazón, Valentina? —Las miradas de las dos mujeres se enfrentaron.
—Entre Mario y yo no hay nada, Nuria —aclaró Valentina, compañera de Mario y socia de la agencia—. Quizá hubo un momento, hace unos años, en que pudo haberlo. Pero ni él se decidió ni yo supe trasmitirle la seguridad suficiente para que se declarara.
—¡Pero algún quiqui habéis echado! —dijo Nuria componiendo una mirada entre pícara y descarada.
Valentina, que acababa de beber un trago de vino y aún lo tenía en la boca cuando su compañera soltó aquella frase, se giró en redondo para no esparcirlo sobre la mesa y se lo tragó.
—¡Qué descarada eres, bruja! —La otra no contestó—. El que hayamos tenido sexo en un par de ocasiones no cambia las cosas. ¡Las personas no se enamoran por eso! —lo último lo dijo entre sonrisas en la intimidad de una conversación puramente femenina y confidencial.
—¿Solo un par de veces…? —exclamó la otra riéndose de su amiga.
—¡No seas chismosa, Nuria!
Después de los postres empezaron las actividades infantiles en el jardín del hotel.
Mi hijo estaba loco de contento. Había recibido regalos para llenar dos habitaciones, nada de lo que deseaba se había quedado en el limbo.
En un momento dado, le pregunté si a partir de ese momento asistiría a misa todos los domingos.
Se volvió hacia mí y me miró con desaprobación.
—¿Todos todos?
—Los que haya partido, no. Los otros… —concedí.
Mariona se acercó a mí y me susurró al oído: —Es un niño listo. Sabe que los milagros no existen, que al Ratoncito Pérez se le puede hacer la rosca, que si alguna Navidad ve a tres tíos dentro de casa tiene que pedir auxilio y que los niños no los trae la cigüeña.
—¿Ya? —pregunté.
—Tiene nueve años. Te estás perdiendo su infancia. Quizá deberías venir más a menudo por aquí, compartir más tiempo con él…
Mariona llevaba razón. No estaba siendo buen padre. Un hijo necesita mucho más que regalos.
—¿Quién le dijo que los niños no los trae la cigüeña?
Mariona se echó a reír.
—No lo sé. Un día me preguntó a bocajarro si nosotros follábamos.
—¡Nosotros! ¿Quiénes? ¿Tú y yo?
—¿Quiénes si no, Mario?
—¿Y cuál fue tu respuesta?
—Antes de que yo reaccionara, lo hizo su prima, que estaba con nosotros. Meritxell, de una forma muy directa y natural, le explicó la lección: «Como todo el mundo, Mario. Como Miguel y yo, como las vacas, los perritos y el resto de los animales».
—¿Y él qué dijo?
—Que había visto a los perros haciéndolo y a los saltamontes. Después preguntó si todos lo hacíamos igual.
—¿Y?
—Meritxell me volvió a hacer el quite. Le dijo que sí, que unos lo hacían de una forma y otros de otra, pero que la cuestión era que el pene masculino se insertara por la apertura de la vagina y sembrara su semilla en el útero femenino.
—¿Y qué dijo Mario?
—Que le hiciera un bocadillo, que tenía partido.
Aquella noche de primavera en la Cerdaña volvimos a dormir juntos después de diez años. No es que fuera una unión definitiva, pero por algo se empezaba.