El informe Mancini CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

La noticia

Fabricio conducía en silencio, Luca Mancini a su lado no dejaba de pensar en todo lo que había ocurrido aquella madrugada. Solo el rumor del brioso motor del Alfa Romeo rompía el silencio.

Llegando a Anzio, pararon en un bar de carretera a desayunar.

El local estaba casi vacío, solo había —acodados en la barra— tres hombres con ropas de campesinos vueltos hacia el televisor que había sobre un estante de madera y hierro.

Detrás de la barra, el barman tampoco le quitaba ojo a la pantalla.

Luca Mancini ni se fijó en qué veían y Fabricio se preguntaba qué sería tan importante como para atraer la atención de aquellos somnolientos hombres a aquellas horas de la mañana.

Se aproximaron a la barra con la intención de captar la noticia que con tanta atención seguían.

El camarero ni siquiera se fijó en ellos, estaba absorto.

Todos se comportaban como si les diera igual todo: al responsable del bar, sus clientes y su negocio; a los otros, sus respectivos trabajos.

Lo único importante en el mundo era el televisor.

No podían apartar los ojos de la pantalla.

Poco a poco, el hombre de detrás del mostrador se dirigió hacia ellos, pero sin desviar ni un ápice la atención del receptor. Por inercia, padre e hijo también.

«Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media, el padre Magee, secretario particular del papa, no habiendo encontrado al santo padre en la capilla como de costumbre, le ha buscado en sus aposentos y lo ha encontrado muerto en su cama, como si aún leyera.

El Dr. Renato Buzzonetti ha acudido inmediatamente a la habitación de su santidad y ha ratificado su defunción, acaecida probablemente hacia las once de la noche del día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio».

A la vista de aquella nueva, Mancini y Fabricio se miraron a los ojos a la vez.

La prematura muerte del papa dejó a ambos estupefactos, aunque por distintos motivos.

Luca lo vio claro: el cadáver al que acababa de hacer aquella autopsia improvisada era el del papa.

Fabricio pensó lo mismo que el resto del mundo: aquello había sido un homicidio. Pero guardó silencio.

El médico pidió un coñac y se dirigió a una mesa alejada de la barra. Sin perder de vista la tele, se sentó, extrajo unos folios de su maletín, la pluma estilográfica del abrigo, y empezó a escribir.

Al poco, Fabricio se sentó a su lado, pero él ni levantó la cabeza. Intentó ver lo que escribía, pero lo hacía muy rápido y con una cursiva entre diabólica e ilegible. El camarero les sirvió dos cafés con leche, magdalenas y una generosa copa de brandi.

Luca tomó un trago del licor y siguió escribiendo.

Fabricio seguía intentando leer lo que escribía, pero era difícil, cada vez la letra empeoraba más.

Por un momento detuvo la escritura, miró al televisor —sin prestar atención a la noticia, era un gesto reflejo para centrarse en sus propios pensamientos—, bebió lo que quedaba de brandi, pidió otro y preguntó a Fabricio: —¿Conocías al benedictino con el que nos hemos cruzado en la calle?

El joven lo miró sorprendido.

—No tengo ni idea de a quién te refieres.

No lo engañaba, realmente no recordaba haberse cruzado con nadie. Luca comprendió que si no se había fijado en él era porque no lo conocía. Bajó la mirada hacia el papel, apoyó la cabeza en la mano izquierda, como si intentara sujetarla, y se sumió en un largo silencio.

Le sirvieron el segundo coñac, pero Mancini, lejos de abordarlo inmediatamente, como Fabricio esperaba que hiciera, aún tardó un buen rato en darle el primer sorbo. Estaba tremendamente concentrado. Necesitaba reordenar sus ideas y asegurarse de que no se estaba precipitando.

Durante toda su vida había visto infinidad de desgracias: crímenes, raptos, violaciones, venganzas crueles; tantas que ahora era incapaz de analizar nada sin perder esa perspectiva, solo veía el mal en cualquier sitio que pusiera su atención.

La noticia de la prematura muerte del papa aquella misma madrugada y el hecho de que Cinzia, después de tantos años sin querer saber de él, lo hubiera buscado en plena noche para que le practicara un estudio post mortem al cadáver de un extraño, viéndose, además, obligada a presentarle a su hijo y a declararle a este quién era su padre, eran dos sucesos que de pronto se le antojaban el mismo.

Cinzia vivía en las proximidades del Vaticano. Vincenza lo había conducido hasta el misterioso cadáver a través de pasillos oscuros que bien podrían ser algunos de los tantos pasadizos que daban acceso discreto al Vaticano.

Si el cuerpo que acababa de examinar era el del papa, y el benedictino con el que se habían tropezado al salir lo había reconocido, él y Fabricio estaban en un apuro muy serio.

—Déjame en la plaza del ayuntamiento —exigió Luca Mancini a Fabricio al entrar por segunda vez aquel día en Anzio.

—¿Qué va a hacer ahora en el ayuntamiento?

—No voy al ayuntamiento, no se me ha perdido nada allí.

El vehículo se detuvo al borde de una acera, frente a la estafeta de correos, junto a unos barrenderos que baldeaban la calle con sus gruesas mangueras.

Ninguno de los dos dijo esta boca es mía.

No sabían qué debían decirse. Fabricio esperaba que su recién conocido padre se bajara del coche, pero este aún tardó un buen rato.

Su mente aún no había procesado correctamente todas las ideas y pensamientos que se agolpaban en ella.

Después de varios minutos de reflexión, dijo: —Fabricio, te voy a dar unas instrucciones que has de cumplir al pie de la letra.

Sé que debes estar tan atribulado como yo, pero no te dejes llevar por los acontecimientos de hoy; si me haces caso ahora, de eso podremos hablar más tarde.

El joven se volvió circunspecto hacia él, pero no lo interrumpió. Tampoco sabía a qué se refería Luca con aquel discurso que más bien sonaba a amenaza.

—Regresa a Roma inmediatamente, busca a Cinzia, llévatela de allí y ocúltala.

Fabricio no entendía por qué Luca Mancini le decía aquello ni por qué debía de hacerle caso.

—Tú tampoco puedes volver a ese monasterio benedictino de Subiaco: corres peligro.

Al oír aquello, su rostro palideció no por miedo o intriga ni nada parecido, lo que verdaderamente creía es que aquel hombre se había vuelto loco, que estaba padeciendo algún brote psicótico, algo que perturbaba su realidad, quizá por el impacto de haber conocido a su hijo.

—Ese benedictino con el que nos hemos cruzado esta mañana y sobre el que tú no has reparado es un hombre de Sindona.

—¿Sindona? —preguntó desconcertado.

Había oído hablar de aquel banquero, pero le era imposible relacionarlo con nada que le afectara a él, un simple profesor de Derecho en el seminario de un remoto monasterio escondido en los montes Simbruininos.

—Estamos en peligro. No es un banquero al uso. Es un miembro destacado de una peligrosa logia masónica.

Fabricio no daba crédito a nada de aquel cúmulo de novedades.

—La P2, Propaganda Due, es una logia masónica del Gran Oriente Italiano que opera en Italia desde finales del siglo XIX. Pablo VI la introdujo en el Vaticano y desde entonces es la que maneja las finanzas vaticanas.

El médico detuvo sus instrucciones, se volvió hacia él buscando su aprobación, pero no halló respuesta alguna. El joven lo miraba sin verlo, aquellas advertencias le impedían tomarlo en serio, aunque lo decía con tal prosopopeya que le impedía echarse a reír directamente.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo o con mi tía Cinzia?

—Con tu madre —le rectificó.

—Con mi madre, sí —replicó enfadado.

—El papa ha sido asesinado, ese benedictino sabe que soy médico y a qué me dedico.

—No le entiendo. ¿A qué coño se dedica usted?

Luca Mancini miró hacia el infinito y, acto seguido, cerró los ojos. Era un gesto de desolación. Aquel joven no intuía el menor peligro hacia sí mismo, estaba inmerso en una de las peores tramas políticas de la historia y ni la olía.

—Esta madrugada le he hecho la autopsia a un cadáver al que me ha conducido Vincenza. Ese cadáver era el del papa. Lo han asesinado.

—¿Pero de qué habla, hombre de Dios? ¿Qué tenemos nosotros qué ver con el Vaticano…, con la muerte del papa…, con Sindona?

—Si ese hombre relaciona nuestra presencia en Roma con ese suceso, supondrá cuál era el motivo de mi presencia allí y nos va a acarrear muchos problemas.

Urge que desaparezcas y que te la lleves contigo.

No queda otra: marchaos de Italia ya. Cuando ese hombre nos relacione con la muerte del papa, no tardará en ir con la historia a ese tal Villot, su nombre figura, entre otros, en unos documentos que el papa sujetaba en las manos al morir.

—¿Pero de verdad espera que me crea que usted le ha hecho una autopsia al papa?

—Te han llamado urgentemente esta madrugada, ¿no? —Fabricio seguía en estado catatónico—. ¿Qué ha pasado esta noche para que tu madre te revele su gran secreto y además haya permitido que yo lo supiera después de años de ocultarnos la verdad a ambos? ¿Qué crees que ha ocurrido?

Fabricio se volvió hacia él.

—¿Fuera de Italia? —preguntó desconcertado aún.

—España sería un buen lugar.

—¿España?

Luca Mancini tomó una cuartilla de su maletín, sacó de nuevo su estilográfica y garabateó unos trazos.

—¿Tienes dinero?

—¿Para qué quiere dinero?

—No lo quiero para mí. —«¡Imbécil!», pensó—. Te pregunto si lo tienes, tendrás que viajar con Cinzia.

Fabricio lo miraba sin saber qué hacer. Evidentemente, no estaba en sus cabales.

—En unos días arreglo unos asuntos y me reúno con vosotros en esta dirección.

Fabricio tomó el papel, lo leyó, levantó la cabeza, miró a los ojos de Luca, quien ahora no parecía tan enajenado, y preguntó incrédulo: —¿En Barcelona…?

Luca asintió, le tendió la mano, Fabricio se la estrechó, después se bajó del coche, cerró la puerta y esperó a que se pusiera en marcha.

Una vez se hubo perdido entre las calles de Anzio, entró a la estafeta de correos, compró un sobre y los sellos necesarios, metió en él los folios en los que había estado escribiendo en el bar de carretera y los depositó sin remitente en el buzón.

Después visitó a un notario.