CAPÍTULO IX #4
Yo asentía. Pero mi mente había volado a la Cerdaña.
—Don Quijote de la Mancha fue seguramente un personaje basado en algún ciudadano real sobre el que Cervantes construyó un personaje de ficción —continuó Efraín con su explicación—.
¿Existió don Alonso Quijano? Pues en algún pueblo de La Mancha habrá alguien que se llamó así. El Cid Campeador es otro de tantos.
—El Cid sí existió, Efraín.
—Sí, pero la verdadera biografía de Rodrigo Díaz de Vivar tiene más claroscuros que su radiante imagen del héroe que antepone la fe y el honor del reino a su destino. Así lo presenta y glosa el Cantar de mío Cid , pero este se escribió más de un siglo después de su muerte.
—Ya. La historia se repite.
—¿Qué es lo que ocurre? Pues que el autor cristaliza en su personaje otras leyendas orales más interesantes que su vida y así se forja un mito.
Sucede lo mismo con el caballero Roldán (o Roland), cuya leyenda ha sobrepasado a su biografía; en menor escala histórica, con el cantante Elvis Presley, el magnate Jesús Gil o la mismísima Marilyn Monroe, sobre los que se han formulado toda serie de conjeturas. Y vivieron en el siglo XX.
—¿En Dios tampoco crees? —pregunté cortándolo.
—No —contestó aseverando lo que ya me estaba indicando con la cabeza.
—¿No crees que la belleza del mundo, la propia vida, son obras de la creación de un ser superior?
—Ese ser superior es la naturaleza, Mario.
La naturaleza y millones de años de evolución desde que se originara la primera célula con compuestos orgánicos sintetizados en algún respiradero del fondo marino, entre los poros de una roca calcárea, hasta nuestros días.
Si es bello es porque nosotros lo vemos así.
—Dame una pista, Efraín. ¿Qué haría que se tambalearan los cimientos de la Iglesia católica?
—No lo sé, Mario. A estas alturas, creo que nada. Como no sea algún escándalo financiero… Pero ya sufrieron uno en los años ochenta, recién fallecido Juan Pablo I.
De pronto me sentí invadido por una sombra.
—Juan Pablo I murió en 1978.
—Sí.
—¿Tú crees que lo asesinaron?
—Realmente sí lo creo —contestó con un semblante serio.
—Y, si alguien pudiera demostrarlo, ¿ese dato removería los cimientos de la Iglesia?
—No lo sé. Correría mucha tinta, desde luego y, con todo el escándalo de los curas pederastas…
, la cosa se les pondría mal, pero hace ya tantos años de eso que no creo que hoy día le afectara a nadie penalmente.
Ese episodio ya es historia. No creo que ahora causara estragos.
Unos años después, un periódico publicó datos de una autopsia clandestina y no sucedió nada.
—¿Qué decía esa autopsia?
—Ya no lo recuerdo bien. Pero se basaba en el testimonio de un benedictino que había trabajado en la Secretaría de Estado con el arzobispo Giovanni Benelli. Según el monje, a Juan Pablo I alguien le hizo una autopsia clandestina.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero desde entonces corre el rumor por el Vaticano de que un amigo de la hermana Vincenza (la monja de confianza del papa), un médico muy vinculado a los benedictinos, fue introducido en el Vaticano aquella noche por una puerta falsa y le hizo una autopsia.
—Pero al papa lo encontró el camarlengo.
—No. Eso se desmintió. Lo encontró la hermana Vincenza, pero el Vaticano lo ocultó para evitar que nadie difundiera suposiciones o teorías extrañas.
—¿Extrañas?
—¡Joder, Mario! Pareces tonto. Alguien podría pensar que al papa le había dado un infarto mientras se follaba a la monja.
—¿Y si fue por eso?
—¡Qué va! Murió por la ingestión de una dosis altísima de un vasodilatador, el cual, según la versión oficiosa, se lo había recetado por teléfono su médico personal de Venecia. Esa versión concluía que el papa debió de equivocarse y tomó una dosis excesiva.
—¿Y tú qué crees?
—Nunca me creí eso de que su médico personal le recetara una medicina contraindicada a su tensión baja. Eso es una patraña que no se cree ni el que asó la manteca, Mario, y suponer que él se la tomó, una aberración. Juan Pablo I era un hombre inteligente, ¡leería el prospecto, joder!
—Entonces, si ingirió una medicación que no le había recetado su médico y murió por la reacción, ¿se puede pensar que hubo una acción criminal?
—Se puede pensar, sí.
—¿Y si alguien sospechara que esa autopsia está aquí, en un convento benedictino?
Efraín me miró sonriendo.
—Pues que ya tendrías la causa de esas muertes. Todos los fallecidos son de aquella época y todos estaban en el Vaticano por entonces.
—¿Cómo sabes tú eso si ningún periódico lo ha publicado, Efraín? ¿Dónde estabas tú en el verano de 1978?
El filósofo sonrió.
—Pues la verdad es que también estaba en Roma, en el Vaticano.
—¿En el Vaticano? ¿Qué hacías tú allí?
—Estaba allí, sí. Pero a ver si vas a pensar que por eso tomaba café con el papa todos los días. Nada más lejos de la realidad. En los casi tres años que pasé allí, no lo vi ni una sola vez. Yo era un simple documentalista de la biblioteca, un becario…
He de reconocer que no salí de aquel encuentro completamente convencido de nada, lo único que tenía era un mar de dudas enorme, un dolor de cabeza considerable y el sabor del vino murciano en la boca, pero, de un motivo para matar a religiosos de la forma que lo estaban haciendo, nada de nada.
Aunque aquella teoría del informe de la autopsia me había enganchado; quizá eso explicaría muchas cosas.
Pero no había sido un tiempo perdido. Al menos algo sí me había convencido: necesariamente debía de haber más que mística en todo aquello, algo más terrenal. Y yo estaba dispuesto a descubrirlo.