CAPÍTULO IX #3
—Más que el hormigón armado, Mario. Los dos ladinos continuaron su periplo por varias ciudades y luego, seguramente cuando se les acabó el dinero, regresaron a Antioquía para confirmar a los convertidos y ordenar presbíteros al tiempo que les explicaban que era necesario «pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios».
Durante unos segundos, ambos permanecimos en silencio dando cuenta del vino, el jamón y el queso.
Luego Efraín continuó en un tono menos jocoso: —Bernabé es muy venerado en Chipre.
Para ellos fue el fundador de la Iglesia local y su primer obispo.
De hecho, es el santo patrono de la isla.
En Milán también se le considera fundador de la Iglesia local y primer obispo.
Y en España es patrono de una buena cantidad de ciudades.
—Y de la muerte y resurrección de Cristo, ¿nada?
—¡Nada de nada, Mario, por Dios!
—¿Has oído o leído algo sobre la tumba de Talpiot? —le pregunté.
—Sí, hay quien se atreve a afirmar que es el panteón de la Sagrada Familia, pero yo no lo creo.
—Puede ser, Efraín. Las tumbas son de la época y coinciden el sexo y los nombres. Si eso es verdad, adiós, resurrección; adiós, virginidad…; adiós, fe, en definitiva.
—Lo sé. Pero tampoco es un hallazgo singular. Esos nombres eran muy comunes en aquella época. Hay alguien (a la Iglesia no le faltan enemigos) que ha sacado unas conclusiones demasiado demagógicas sobre el asunto para desmitificar la Resurrección, el pilar básico del catolicismo.
—¡Pero, Efraín, esas pilas funerarias de Talpiot tienen grabados los mismos nombres que la Biblia atribuye a la Sagrada Familia!
—La Sagrada Familia no es más que un prototipo idealizado de las familias de la época a la que se le atribuyen una serie de virtudes que luego fueron el ejemplo de las familias cristianas, una célula fundamental de la comunidad cristiana.
Es muy probable que haya infinidad de familias de aquella época con dichos nombres, que, por otro lado, eran tan vulgares entonces como ahora.
Tras aquel comentario nos miramos en silencio. Yo, cargado de escepticismo; el, de seguridad.
—Piensa una cosa, Mario —continuó—. No estamos hablando de una era prehistórica, la sociedad de aquella época ya conocía la escritura, la filosofía, los clásicos, la ciencia; tenían un conocimiento del universo muy avanzado.
Hay un sinfín de personajes anteriores: Sócrates, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno, Eratóstenes, Pitágoras…
Si Jesucristo hubiera hecho o dicho la mitad de las cosas que los evangelios le atribuyen, todos los historiadores del momento se habrían hecho eco de ello.
—Lo sé, en eso estoy de acuerdo, pero su filosofía sí nos ha llegado.
—Nos ha llegado en textos apócrifos de un personaje de Pablo, Jesucristo. La filosofía al respecto se fraguó trescientos años después, cuando el emperador Constantino I se convirtió al cristianismo; y con él, el Imperio romano.
—¿Constantino también se cayó del caballo?
—No, él no. Aunque utilizó un subterfugio similar.
Durante el periodo conocido como la tetrarquía, en que el poder del imperio se dividía en cuatro personas, Constantino se enfrentó al emperador Majencio.
Según la leyenda, en la víspera de la batalla del Puente Milvio, tuvo una experiencia mística y una voz celestial le aconsejó que sustituyera las águilas imperiales de las insignias de sus soldados por la cruz cristiana, signo con el que vencería.
—¿Y venció?
—No solo venció a los ejércitos. Después adoptó el lema latino «In hoc signo vinces» (‘Con este signo vencerás’). Lo que verdaderamente consiguió fue gobernar el Imperio romano de Oriente.
Yo permanecía callado, expectante y, aunque intenté hacer alguna reflexión seria de todo aquello, no podía borrar la sonrisa que se me había dibujado en la cara desde el principio. Efraín me miraba intentando adivinar qué pasaba por mi mente en esos instantes.
—Mira, Mario, la gente sabe, o intuye, que no existe ningún Dios —con mayúscula—, pero pocos se atreven a reconocerlo públicamente, eso les da un poder decisivo a sus representantes en la tierra: la Iglesia.
La mayoría de los cristianos creen que el símbolo de la cruz se debe a la crucifixión de Cristo; nada más lejos de la realidad.
El primer símbolo cristiano que se conoce era un pez (IXTHUS), que es el acrónimo de Iesous Xhristos Theou Hyios Soter (‘Jesucristo, de Dios el Hijo, Salvador’).
La cruz se comenzó a utilizar en el siglo IV, trescientos y pico años después de Pablo, de su movimiento y de su personaje.
—Ya —asentí.
Efraín bebió un sorbo de vino y prosiguió:
—La cruz se adoptó como símbolo por el Edicto de Milán.
Fue una negociación política. A aquellas alturas, los cristianos representan un grupo con cierta relevancia, Roma era estrictamente pagana.
El emperador necesitaba su favor, así que concedió la libertad de culto a todas las religiones; y ojo, los cristianos eran los más numerosos.
—¿El Edicto de Milán y el Concilio de Nicea son lo mismo?
—No, hay doce años por medio. En ese concilio se sentaron las bases de lo que hoy conocemos como cristianismo.
—¿Y por qué sabía el emperador de aquel movimiento político originado en Jerusalén trescientos años antes?
—¡Joder, Mario! Pablo fue ajusticiado en Roma y está enterrado allí. Pero el movimiento no acabó con él.
—¿En Roma? —pregunté desconcertado.
—Antes te he dicho que en Antioquía los dos pícaros cosecharon una buena colecta, y que esta no fue a parar a los cristianos represaliados en Jerusalén, entre otras cosas porque no había ningún cristiano, ni represaliado ni sin represaliar, pero, como ya había pasado algún tiempo, volvieron, pero allí las autoridades los recordaban y sus allegados también.
Lo primero que hicieron fue pedirles cuentas del dinero y, como no dieron razones válidas, los entregaron al Sanedrín, el consejo supremo nacional y religioso judío.
Esteban no se salvó porque tenía delitos religiosos, y fue condenado a lapidación, suceso que se convertiría en el primer hecho de la represión contra los cristianos.
—¿Y Pablo?
—Pablo era un figura , Mario. A pesar de que los judíos estaban decididos a matarlo, desvió sus alegaciones hacia razones más políticas que religiosas, y estas llamaron la atención del tribuno.
—El payo confiaba más en un juicio legal que en el religioso, ¿verdad?
—Absolutamente. El tribuno entendió que los delitos de los que se le acusaban eran competencia de Roma, no de un tribunal local, y les quitó el caso.
Puso al reo a disposición del procurador de la provincia de Judea, Marco Antonio Félix, cuya sede estaba en Cesarea Marítima, y hasta allí lo trasladaron preso.
—¿Y cómo acabó en Roma?
—Recurriendo. El procurador, tras escuchar sus alegatos, postergó el juicio, aunque lo dejó en prisión provisional y eso le salvó la vida.
Después tardó tanto en retomarlo que dio lugar a que llegara un nuevo procurador a la región dos años después, Porcio Festo.
Este reabrió el caso y entonces sí fue condenado.
Pero, como era conocedor del derecho, ya te he dicho que fue discípulo de Gamaliel, apeló a la más alta instancia romana, al césar, se le aceptó el recurso y se le envió a Roma en calidad de prisionero.
—¿Así fue como llegó a Roma?
Efraín asintió antes de contestar:
—Como ves, todo un despropósito político. La ilusión de todo arribista.
—El sueño de cualquier populista.
—Allí, en el centro mismo del imperio, se le juzgó, condenó y ejecutó en los años cincuenta del primer siglo.
—¿Pero Pedro ya había llegado a Roma años antes?
—Pedro no llegó a Roma porque Pedro nunca existió.
Varios decenios después de la muerte de Pablo, allá por los noventa de aquel siglo, Lucas, el médico de Antioquía del que te hablé antes y que había conocido a los dos pícaros de joven, fue el que le dio forma literaria a la historia de los dos golfos.
En esos textos Pablo sale como autor de sus cartas, precursoras del libro los Hechos de los Apóstoles, y Pedro no es ni más ni menos que su alter ego , un personaje de Lucas.
Así nacieron el libro de los Hechos, los evangelios y toda esa patraña con la que surge el movimiento cristiano y la elevación de sus personajes a los altares.
—¿Entonces Lucas fue el que les dio forma literaria a los escritos y soflamas de Pablo?
—Sin lugar a duda. Lucas, además de ser médico y hombre de educación griega, era miembro de los setenta y dos de Antioquía.
—¿Pero tú verdaderamente crees que una historia fabulada por un hombre puede dar para tanto?
—¡Joder, Mario, no es tan difícil! En pleno siglo XX, Sabino Arana se inventó una historia que, años después, un movimiento político dio por válida y ahí los tienes: mil muertos nos han costado a los españoles el invento de un descerebrado.
—En Cataluña pasó algo similar con Próspero de Bofarull i Mascaró, al final del siglo XIX.
—Otro que tal baila. Se inventó una historia con el objetivo de engrandecer y magnificar el papel de los catalanes en la conquista del Reino de Valencia y hoy es la base del nacionalismo catalán.
—Ya. Hasta en los colegios les cuentan a los niños cómo el rey catalán Jaime conquistó Valencia enarbolando la bandera catalana cuando todo el mundo no nacionalista reconoce como algo incuestionable que es mentira, que el rey era Jaime I de Aragón, más conocido por el Conquistador, y la bandera era la señal de Aragón.
Al pronunciar aquellas palabras, pensé en mi hijo. Mariona no era nacionalista, pero no me fiaba de qué educación estuviera recibiendo.
—Es una mentira, sí, pero la han tergiversado cuatro indocumentados y otros cuatro sinvergüenzas la manipulan a su conveniencia.
Hoy le preguntas a cualquier niño o adolescente educado en esta tierra y te cuenta de pe a pa cómo era la Corona catalano-aragonesa, los reyes de Catalunya y los Països Catalans.
Mentiras que la gente inventa para obtener el poder.