CAPÍTULO IX #2
—Pero ¿qué pudo motivar a Pablo a crear esa historia? Porque algún motivo debería tener.
—Paulo o Saulo, me da igual, era un arribista que durante su época de estudiante en Jerusalén en la escuela de…
—Gamaliel —dije interrumpiendo la búsqueda mental que Efraín estaba haciendo del nombre.
—Exacto. Gamaliel: un líder fariseo, doctor de la ley judía y miembro destacado del sanedrín. ¿Quién te ha hablado del él?
—Nuestro amigo el escritor.
—Pues eso. Pablo estudiaba en su escuela al tiempo que medraba, pero sus intenciones fueron descubiertas por sus profesores.
Todos ellos iban delante de él en el escalafón académico, él solo era un alumno, nunca fue nada más, y las cosas empezaron a irle muy mal, tanto que se vio obligado a huir de Jerusalén y refugiarse en Damasco, allí fue donde concibió toda esa historia.
—¿Durante esa huida fue cuando se cayó del caballo? —interrumpí inocentemente.
El padre Efraín se echó a reír hasta el punto de hacerme temer que se atragantara con el vino.
—Sí. Exactamente, ahí es donde se dio cuenta de que la táctica de los fariseos de oposición frontal contra Roma no era la mejor.
No se podía doblegar al imperio con leyes, derechos y soflamas; sin embargo, los saduceos, otra facción del judaísmo que aglutinaba a las clases más altas de la sociedad, se estaban haciendo con el poder de los hebreos de una forma más taimada, sin oponerse totalmente a Roma.
Era ya un clásico que todo el que intentaba conquistar aquellos territorios buscara su apoyo para allanar la voluntad del pueblo judío.
De ahí que sus opositores los tacharan de colaboracionistas con los romanos y que despertaran tantos odios como habían conseguido entre los suyos.
—Ya. Y entonces Pablo se inventó una religión.
—No. No se inventó una religión. Creó un bulo en torno a un personaje que, según la tradición judía, podía ser el mesías.
La zona era la propicia para su llegada; y el momento, mejor aún: los israelíes estaban siendo alienados por el Imperio romano.
La gente era muy supersticiosa, un nuevo mesías podría adquirir la relevancia que necesitaba para hacerse un hueco entre los próceres palestinos.
—Lo de inventarse un nuevo mesías no era difícil, la mayoría de los judíos ya lo esperaban.
Efraín me miró a los ojos antes de continuar.
—Claro que no. Además, basó los predicados de Jesús, su personaje, en la doctrina de los esenios.
—¿Esenios?
—Una secta escindida de los fariseos que, tras la revuelta de los macabeos, abandonaron Séforis, donde habían trabajado como artesanos, y se retiraron al desierto, a Qunran concretamente, junto al Mar Muerto. Allí desarrollaron su propio credo.
—Ya, pero tengo entendido que era una facción del judaísmo con poco peso específico entre ellos, y menos aún entre los romanos.
—No es cierto del todo. Fueron una de las tres principales sectas judías que había en Palestina en los tiempos que nos ocupan.
Y otra cosa, también se los conocía como nazarenos y, de alguna manera, Pablo quiso hacerles un guiño en su obra, aunque para la posterioridad ha quedado como el gentilicio de su personaje, pero es incierto, Nazaret no existía entonces ni existió hasta mucho después.
Antes de formarse la ciudad, a la zona donde está ubicada se le llamaba Nazaret, pero porque allí, en aquel trozo de desierto, vivían los nazarenos, los esenios, aunque no todos, porque el grueso estaba repartido por varias ciudades, incluso en Jerusalén, donde tenían un barrio propio del que no se habla en los textos bíblicos, pero sí en los del Flavio Josefo.
También se sabe que eran pacifistas y vivían en régimen de comunidad de bienes.
—¿Por qué sabes eso?
—Porque eso sí lo escribió Flavio Josefo.
—O sea, que el esenismo no se quedó atrapado en Qumrán. —Yo había oído hablar y había leído más sobre los manuscritos aparecidos en la zona—. Y Pablo le atribuyó a Jesús de Nazaret la doctrina esenia.
—Sí, más o menos. Pero no todo le salió bien a Paulo —continuó Efraín—, por eso intentó dar fuerza a sus teorías con las famosas epístolas.
Se supone que con ellas daba instrucciones desde Damasco a los cristianos de Jerusalén sobre las normas de comportamiento.
Les daba ánimos, les prometía ayuda… y, además, como era un tío inteligente, diseñó todo un organigrama ficticio del nuevo movimiento antimperialista: obispo, presbíteros, diáconos…
—¿Y todo eso era mentira?
—Mentira todo, pero convenció a mucha gente y recaudó gran cantidad de dinero para la causa. También es cierto que muchos se dejaron engañar porque se supone que sus prédicas iban contra los malos malotes: los romanos.
—¿Y por qué le salió mal?
—Pues porque alguien sabía la verdad, lo delató y, aunque no todos en Damasco creyeron a los que desmantelaron su historia, hubo un grupo de violentos que lo persiguió con ahínco hasta forzarlo a abandonar la ciudad y volver a Jerusalén por segunda vez.
Fue en ese viaje cuando conoció a José, un disidente fariseo que en la clandestinidad se hacía llamar Bernabé.
—¿San Bernabé?
—Exacto. Muchas fuentes aseguran que eran primos.
Entre ambos reforzaron la idea de la existencia de un movimiento resistente en el Mediterráneo oriental que en realidad solo tenía dos componentes: ellos.
Pero alguien se dio cuenta del camelo que era aquella historia y otra vez tuvo que huir, esa vez a su Tarso natal, en Turquía.
—Pero luego regresó a Jerusalén.
—Sí, junto a su primo José o Bernabé, como quieras llamarlo, y otra vez se vieron obligados a salir por piernas de allí o el tándem Sanedrín-Roma, que lo dominaba todo, le hubiera limpiado la capaza.
—¿A dónde fueron?
—Los dos crápulas se volvieron a Tarso y reorganizaron su discurso imitando a los saduceos, que tenían el poder dividido en dos ramas, la religiosa, representada por el sanedrín y la política colaboracionista con Roma.
—Y ellos hicieron lo mismo.
—Exactamente igual. Pablo asumió la oposición política al imperio y Bernabé la religiosa, y obviaron a los fariseos, que era su grupo de origen.
—¿Ese es el origen del evangelio? —interrumpí.
Efraín asintió con un movimiento de cabeza, pero con cierta expresión de duda en el rostro que tuvo que matizar.
—La fuente del evangelio fueron las falsas epístolas y otros libros que luego dieron lugar a este, sí.
Una vez forjada la trama, tras obtener los primeros éxitos, se trasladaron a Antioquía.
Allí es donde verdaderamente emprendieron su labor evangelizadora.
Fue allí donde por primera vez se los llamó «cristianos».
—O sea, que ya tenían el tinglado perfectamente montado.
—Exacto. Después, con muchos éxitos obtenidos, una buena historia y el riñón bien cubierto por las donaciones para ayudar a los cristianos que estaban sufriendo el hambre y la persecución en Judea, el dúo de sátrapas retornó a Jerusalén.
—Pero aún no había cristianos.
Efraín me miró a los ojos casi con un desprecio cómico.
—Pues claro que no, Mario. No había nada.
—¿Nadie los acompañó?
—La gente no podía dejar sus menesteres para acompañarlos. Solo Juan Marcos, un primo de Bernabé, que luego fue evangelista, se fue con ellos.
—¿Ya eran tres?
—Eran tres, pero atrás quedaba un grupo de setenta y dos personas completamente convencidas del problema de los cristianos, entre ellos un tal Lucas, que luego se convertiría en el cerebro del partido.
—Ya.
—Pero el trío no fue directamente a Jerusalén, no. Predicaron en otros lugares. Entre estos, Chipre, lugar de nacimiento de Bernabé. Allí los tres pájaros convirtieron al procónsul romano, Sergio Paulo.
—¡Vaya tíos!
—De allí se fueron a Perga, en Panfilia, una región de la actual Turquía, punto de inicio del viaje misionero más peligroso de su historia, tanto que el primo Juan Marcos se acojonó y los abandonó.
Se volvió solo a Jerusalén. Pero ellos prosiguieron sus andanzas misioneras por varias ciudades y naciones del Asia Menor.
—Lo cuentas como si fuera un vodevil.
—Si es que lo es, Mario. Dos truhanes viajando por el mundo con el dinero de una causa inexistente.
—¿Sabes que todo esto me recuerda mucho al origen de Podemos y al movimiento de indignados de 15M?
—Es que es lo mismo, Mario, solo que dos mil años después. Entonces los malos eran los romanos y ahora es el capital, los empresarios, la Constitución, el régimen del 78, como les ha dado a los progres en llamar al actual período constitucional…
—Ya veo…
—En Iconio, capital de Licaonia, los corrieron a hostias y estuvieron a un pelo de ser lapidados por una multitud enfurecida, pero pudieron huir y se refugiaron en Listra, donde Pablo, milagrosamente, curó a un cojo, otro desarrapado que se unió a ellos.
—Efraín, cuentas esto como si estuviera viendo la historia de El bueno, el feo y el malo .
—Pues eso eran estos: unos pillos vendedores de crecepelo que no dijeron una verdad en su vida.
Todo mentira. En Listra convencieron a un puñado de infelices de que habían curado al cojo, y aquellas gentes sencillas, que eran paganos, programaron el sacrificio de dos bueyes para darles las gracias a ellos y a su Dios.
Pero, como ya tenían experiencia, les dio miedo que tanta adulación se convirtiera después en ira y no aceptaron el sacrificio.
Entonces la plebe se ofendió y los apedreó hasta echarlos del lugar.
—A aquellas alturas de la noche y después de unas copas de vino, yo me reía a mandíbula batiente—.
Pablo quedó maltrecho de aquello y estuvo varios días jodido, pero no escarmentaron.
De allí se fueron a Derbe, que no estaba muy lejos de Listra, repitieron la historia y convirtieron a otros tantos, pero no se atrevieron a repetir la historia del milagro.
—¡Qué cara más dura!