CAPÍTULO IX
Jesús es un personaje literario
Aquella tarde recibí la llamada de mi amigo Efraín, un hombre que había conocido muchos años atrás en el hospital en el que me trataron tras un grave accidente de tráfico cuando aún yo era guardia civil y cuya sabiduría me dejó cautivado para el resto de mis días.
Quería que nos reuniéramos para que le diera alguna pista sobre qué regalo debía hacerle a mi hijo el día de su primera comunión.
El padre Efraín —yo seguía llamándole así, aunque ya hacía más de veinte años que había dejado los hábitos— andaba por los setenta años y era todo un erudito.
No puedo determinar en cuántas carreras se había licenciado, eso era lo menos importante.
Sus aficiones eran la lectura y el conocimiento.
Estaba instruido en ciencias, filosofía y política.
Al llegar a su plena madurez, dejó los hábitos no por amor, como les suele ocurrir a muchos religiosos, sino por haber perdido la fe.
El amor lo buscó después en el Paralelo, en las calles de las Tapias, Escudillers y Robador, donde pronto descubrió la gonorrea y las inyecciones de penicilina.
Nuestra amistad perduraba porque yo le admiraba como fuente de sabiduría y él se sentía complacido de contar con un pupilo como yo, aunque con el tiempo se había rodeado de gente atraída por su arrolladora personalidad y vasta cultura.
Daba clases de Filosofía en la universidad y era muy admirado por su alumnado, especialmente el femenino, sobre el que ejercía una atracción que yo no llegaba a entender.
Chicas jóvenes capaces de volver loco a cualquier hombre se emparejaban con él con la más pura facilidad, aunque igual que venían se iban.
Efraín se podía describir como Antonio Machado se retrató a sí mismo: «Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido, ya conocéis mi torpe aliño indumentario».
Siempre vestía igual: pantalón vaquero, camisa de cuadros y, si hacía frío, una parca, una bufanda y un sombrero de lana que le tapaba —y abrigaba— la calva.
En verano, zapatos castellanos con suela gruesa de goma; y en invierno, botas. Todo ello, unido a su eterna delgadez, le confería un aspecto neutro que ocultaba su edad.
Cada vez que iba a visitarlo a la casa en que vivía en el Carmelo, le llevaba una botella de vino que, la mayoría de las veces, degustábamos juntos.
En esta ocasión fue Clío, un excelente tinto de Jumilla elaborado por Bodegas El Nido con variedad de cabernet sauvignon y monastrell , un cuarto largo de jamón ibérico y un queso al vino que se hace en Jumilla, Murcia.
Sirvió dos copas de vino y un plato de queso mientras yo ponía otro con el jamón ibérico de bellota que había llevado para la ocasión.
No sería aquella la primera vez que habláramos de religión, de la existencia o no de Jesús de Nazaret y de otros muchos temas relacionados con todo el cotarro católico, pero nunca sobre la fragilidad de los fundamentos religiosos y políticos de la Iglesia.
Aquella noche, durante la cena, cuando decidió qué regalo debía comprar a mi hijo, me preguntó qué opinaba yo sobre aquellos crímenes que estaban sucediendo en algunos monasterios de Barcelona.
—¿Tú también crees que son crímenes, Efraín?
—Sí, no pueden ser otra cosa, pero no sé qué los inspira.
—¿Tú crees que a estas alturas de la historia puede haber algo que ponga en un brete todo el tinglado que la Iglesia ha construido a lo largo de su historia?
—No creo que haya nada así. La Iglesia ha pasado por muchas dificultades y nunca ha caído. Pero sí es posible que esté intentando evitar algún escándalo o incluso impedir que alguien pueda generárselo.
—Imagínate que alguien pudiera demostrar que Jesucristo fue un hombre como otro cualquiera, engendrado como el resto de los seres vivos del mundo, con una esposa, hijos…
o gay con pareja y que todos los apóstoles no fueran más que eso, un grupo de homosexuales de la época, y que por eso los perseguían, o simplemente que no existió o que sus restos yacen en los archivos del Vaticano porque no era más que un simple mortal.
—Si la Iglesia hubiera tenido alguna vez los restos mortales de Jesús, ya los habría destruido hace mil años.
Y nada de esas teorías que expones podrían demostrarse científicamente, Mario.
Nada de eso, ni siquiera la existencia o no de Jesús de Nazaret, puede hacer que se tambaleen los cimientos de la Iglesia.
A la Iglesia, como tú dices, le consta desde hace siglos, quizá desde el primer día de su existencia, que Jesús no existió y Dios tampoco.
Aquella aseveración me dejó perplejo, y él lo notó.
—¿Qué sabes tú de esos crímenes, Efraín?
—Lo que dicen los periódicos, pero, cuando me has preguntado por un misterio que podía afectar a los pilares de la Iglesia, he intuido por la cara que ponías y la entonación que le dabas a la pregunta que tú también estás intrigado por ellos.
¿Te han contratado los curas para que investigues?
—preguntó llevándose a los labios la copa de vino.
—¿Eso también lo has intuido, Efraín?
El muy ladino sonrió, pero no contestó a mi pregunta y desvió el tema hacia la vida de Jesús.
—Jesús es un personaje literario, un trasunto ideado por Saulo de Tarso, san Pablo y perfeccionado por Lucas.
—¿San Pablo? ¿El que se cayó del caballo cuando iba camino de Damasco a cazar cristianos?
—Sí, Pablo de Tarso, el apóstol, Saulo, que era como en verdad se llamaba. Pablo era su alias, un seudónimo que no era más que su nombre verdadero latinizado para medrar mejor entre los romanos.
Asentí. Yo conocía esa hipótesis, un amigo mío que es escritor, y, por cierto, también lo es de Efraín, me la había contado.
—Pablo no fue un apóstol; los otros, tampoco; no hubo apóstoles.
Fue un erudito que, merced a su talento, creó un movimiento político-religioso sobre la base de un personaje de ficción.
Después, Lucas, un griego docto, le dio forma al personaje y a su vida; escribió el evangelio y el Libro de los Hechos, vamos.
Esa versión novelada fue la que se difundió por todo el Imperio romano casi cien años después y, la que dos siglos y medio más tarde, en tiempos de Constantino I, daría origen al canon bíblico.
—¿Pero la Iglesia sabe eso?
—Pues claro que lo sabe, Mario. ¿Dejará de saberlo? Pero ¿quién lo va a demostrar?
Efraín bebió un sorbo de vino mientras me miraba con una sonrisa que delataba el placer que sentía al verme interesado en su explicación.
—¿Entonces no era un heredero legítimo del reino de Judea que reclamaba sus derechos a Herodes?
Efraín sonrió.
—Esa es otra historia que circula por ahí. Parece cierta porque da respuestas a muchas interrogantes, pero no lo es. Me creería más que era un hijo bastardo de Herodes, quien, no en vano, llegó a tener bastantes con distintas mujeres… Que cualquiera de ellos inspirara a Pablo no es descabellado.
—¿Pudo ordenar Herodes la matanza de los inocentes para acabar con él?
—No. Tuvo quince hijos, que se sepa. ¿Por qué uno más le hubiera quitado el sueño hasta el punto de ordenar matarlo acabando con todos los nacidos en aquel perdido pueblo del desierto?
Ese hecho no sucedió, Mario. De haber ocurrido, el historiador Flavio Josefo, que sentía hacia él una hostilidad manifiesta, lo hubiera documentado.
Nunca hubiera pasado por alto semejante barbarie.
Ese capítulo lo plagió Pablo del Antiguo Testamento para asimilar la infancia de su personaje, Jesús, al de otro personaje bíblico, Moisés.
—Moisés sí existió.
—No, ni la esclavitud de los judíos en Egipto ni nada de eso.
Esa leyenda está basada en los hicsos, un grupo humano que a mediados del siglo XVII a.
C. se fue introduciendo en el bajo Egipto desde Oriente y, poco a poco, se hizo con su control, llegando a crear una dinastía propia, hasta que los expulsaron algunos siglos después.
Hay quienes sostienen que el éxodo judío sería coincidente con la expulsión de los hicsos del imperio.
Esa expulsión sí está documentada, la de los judíos no, así que, hablando de inspiraciones, se puede suponer que el autor del Antiguo Testamento lo hizo de este hecho.
No salía de mi asombro. Buscaba una historia por la que alguna facción de la Iglesia llegara a matar y Efraín no me la daba. Casi se reía de mí.
—Según los estudios demográficos de la época, en el poblado de Belén, donde Pablo ubica el nacimiento accidental de Jesús y la matanza de los inocentes, residían en aquella época entre trescientos y mil habitantes, de ellos solo unos veinte serían menores de dos años.
¿Qué quiere eso decir? Que, aunque fuera verdad, no pudo tener la dimensión descrita en la Biblia.
—¿Puede que Flavio Josefo lo pasara por alto por eso?
Efraín negó con la cabeza.
—No lo creo, Mario. El historiador siempre presentó a Herodes como un tirano cruel, lo habría dejado reflejado en algún sitio.
Ten en cuenta que él fue el artífice de toda su mala fama, fue él quien mostró al mundo su crueldad, por él sabemos el número de hijos que engendró, algunos de ellos con sus propias hijas y sobrinas.
El historiador no le perdonaba una. ¿Por qué le iba a dejar pasar esta?
—Cualquiera de sus hijos pudo reclamar para sí el reino, ¿verdad?
Efraín asintió mientras terminaba de masticar una loncha de jamón y beber un sorbo de vino.
—Efectivamente, cualquiera de todos ellos podía reclamar sus derechos sobre el trono, pero este estaba adjudicado a Herodes Antipas, un hijo que tuvo con la samaritana Malthace y que se había criado en Roma con Arquelao y su hermano Herodes Filipo.
—¿Pudo Pablo conocer a Jesús?
—No. No pudo. Entre otras cosas porque Jesús no existió, Mario, ya te lo he dicho y te lo repito.
El Jesús que ha llegado a nosotros no fue más que un personaje inspirado en otros tantos personajillos que florecieron en el reino del Jordán durante la ocupación romana y que debieron acabar ajusticiados como Esteban.