El informe Mancini CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

La revelación

Mientras Mancini realizaba la autopsia de aquel enigmático cadáver, Fabricio exigió a su tía Cinzia una explicación de todo lo que estaba ocurriendo.

—Como bien sabes, Fabricio, nací cerca de Bolzano, provincia de Belluno, en una aldea de origen medieval en un bosque de los montes Dolomitas, en la ribera este del río Piave, un grupo de granjas perdidas de la mano de Dios que tan solo conocían los habitantes del valle.

Fabricio asintió. Había oído a su tía contar historias de aquel lugar en infinidad de ocasiones.

—La primera vez que salí de mi aldea tenía siete años.

—Lo sé, tía. Fue para ir a Belluno a recoger tu vestido de primera comunión, que te había bordado tu prima mayor, Vincenza.

Cinzia asintió.

—La segunda vez fue de madrugada, escondida entre la carga de heno de un carro tirado por un caballo percherón que conducía mi padre.

Tenía diecisiete años y estaba embarazada de cuatro meses.

—Cinzia se calló, miró a Fabricio esperando alguna expresión de este, pero él ni se inmutó—.

Me llevaban al mismo convento en el que había estado internada mi prima.

Aunque ella ya no estaba allí; había entrado al servicio personal del nuevo vicario general de la diócesis: Luciano Albini.

—¿El papa Juan Pablo I?

—El mismo —contestó mientras asentía.

—¿Y quién es mi padre?

—Un joven y desdichado médico de Anzio que ejercía en Belluno desde hacía un año.

—¿Mancini?

Cinzia volvió a asentir antes de añadir:

—Él era el tercero de seis hermanos. Era hijo de un tal Alessandro, el hijo menor del duque de Mancini, y Adriana, una rica heredera de Anzio.

Su tío paterno, Claudio Mancini, era el elegido para heredar el ducado, y con él el poder político de la familia en el Lacio.

Su tío Augusto, el segundo después de Claudio, heredaría los viñedos y a Alessandro, su padre, no le quedó más remedio que compartir la ganadería con sus cuatro hermanas mayores.

Luca siempre supo que, siendo el tercer varón del tercer hijo de su abuelo, en ningún momento podría vivir de la herencia, pero los estudios no se le dieron mal y con veintiún años se licenció en Medicina y fue destinado a Cantù, en la provincia de Como, Lombardía.

—¿Luca Mancini? —interrumpió mientras señalaba la puerta por la que el médico y Vincenza habían salido.

—Sí. Después de la guerra, los negocios de la familia empezaron a ir mal, la crisis posterior les afectó de lleno y necesitaban una inyección de dinero que ningún banco estaba dispuesto a facilitarles.

Sin embargo, en la provincia había una familia, los Marinetti, que, aunque sin abolengo ninguno, estaban haciendo dinero.

Eran banqueros y después de la guerra y de sus repercusiones les fue muy bien.

La cuestión es que esta familia tenía una hija, Ornella, que vivía en Roma.

Era una chica bella e inteligente, pero casquivana, y se había quedado embarazada de un gitano que trabajaba como caballerizo en las cuadras de la familia.

Para ocultar el desatino, los Marinetti propusieron a los Mancini una boda de conveniencia, un matrimonio que salvara de la ruina económica a los segundos y que les favoreciera el ducado por vía hereditaria a los primeros.

El único hombre disponible en la familia era Luca.

Fabricio la escuchaba absorto.

—En apariencia el plan funcionó bien: Luca heredó el título de la familia, que un día heredaría su hijo.

—¿El de Ornella y el caballerizo?

—Sí, pero nieto de los Marinetti al fin y al cabo.

—Entiendo. Y los Mancini tendrían un dinero que necesitaban como agua de mayo para sanear su economía.

—La operación económica y social salió bien. Pero el matrimonio por conveniencia no hizo feliz ni a Luca ni a Ornella. Albano, el mozo de las cuadras, ni por asomo desistió de ella ni ella de él. Lo heredó y se lo llevó con ellos a Cantú. Luca, tu padre…

—Luca Mancini es mi padre, ¿verdad? Y tú mi madre.

—Así es, Fabricio —contestó Cinzia entre lágrimas.

Un silencio se apoderó de ellos durante unos segundos.

Luego ella se secó los ojos y siguió hablando—: Tu padre no estaba enamorado de ella, y que el niño no fuera suyo le daba igual.

Pero, cuando los sorprendió en el viaje de novios, la cosa fue a peor.

No obstante, consintió la relación extraconyugal, siempre que ella no diera escándalos.

—¿Entonces fue cuando te conoció a ti?

Cinzia asintió con la mirada clavada en la de él.

Al salir de nuevo a la calle ambos hombres, se encontraron de bruces con el nuevo día y, aunque aún era septiembre, el inicio del otoño estaba resultando más fresco de lo normal.

Después de la noche que habían pasado y todo lo sucedido durante las horas en vela, ambos sintieron frío.

se subieron el cuello de sus respectivas chaquetas apenas la pesada puerta se cerró tras ellos como una sentencia.

Mancini caminaba detrás de Fabricio. Parecían dos sombras negras pegadas a la fachada del edificio del que acababan de salir.

Se seguían silenciosos y cabizbajos, sin mirarse, pero intuyendo el uno la presencia del otro.

Aquella noche habían descubierto cosas trascendentales de sus vidas, pero ninguno de los dos podía sospechar aún que aquel día pondría fin a una era, principio a otra y cambiaría sus vidas para siempre.

Mancini caminaba mirando al suelo buscando los pies del joven Fabricio, cuya corpulencia le protegía del viento.

Si alguno de los dos tenía conciencia de las repercusiones que sus actos de aquella noche podrían tener después era él.

Algo en su interior, quizá un instinto atávico concebido durante años de servicio al hampa, le avisaba de que algo no iba bien.

El cadáver que dejaban atrás y las circunstancias que lo rodeaban no eran el mejor augurio.

Un hombre como él, con su experiencia, curtido en las entrañas de la maldad, no podía dejar de hacerse preguntas mientras una infinita sucesión de dudas y malos presagios se agolpaban en sus sienes: ¿quién era el hombre cuya muerte, casi con toda seguridad, se iba a ocultar al mundo?

¿Qué organización dirigía? ¿Qué motivos tendrían sus asesinos para apartarlo de este mundo de una forma tan taimada y sutil?

La Mafia era más descarada, no ocultaba sus crímenes ni los disimulaba, no lo necesitaba: en cierto modo, su poder se basaba en el terror que sus crímenes infligían en la sociedad.

De entre todas las ideas que estallaban en su cabeza, dos resaltaban sobre las demás: la austeridad de la estancia en la que fue hallado el finado y las medidas de seguridad en torno a su persona.

Nada encajaba en todo aquello. Los grandes hampones de la Mafia estaban en los círculos de poder del Vaticano, del palacio Chigi o de la sede del Banco Ambrosiano en Largo Belotti (via Clerici) Milán…

Podía ser un eclesiástico, alguien de la curia vaticana que habían mandado al otro mundo por la vía más rápida.

Pero el Vaticano tenía sus policías y su ley, ¿por qué sospechaba la monja que no iban a hacerle la autopsia?

Quizá porque el asesino era un alto cargo…

Fabricio, después de recuperarse del choque emocional de la noche, tampoco encontraba una explicación lógica a todo lo sucedido: hacerle viajar en plena noche desde Subiaco a Anzio por carreteras de montaña; localizar allí a un médico viejo y alcohólico, retirado años atrás de la profesión, para llevarlo a Roma.

«¿Qué clase de enfermedad puede haber sufrido alguno de los residentes del convento que no ha podido ser atendida por los servicios sanitarios del internado?

», se preguntaba. Y solo una respuesta acudía a su mente: un aborto clandestino de una de las hermanas o alumnas, acaso víctima de una violación o del abuso de algún sacerdote pedófilo.

Sabía que la Iglesia estaba plagada de ellos, sus treinta años de vida habían discurrido de convento en convento, pero no imaginaba a Cinzia ocultando un asunto tan sórdido.

«Sea lo que sea, ya ha pasado», se dijo mientras se acercaban a su coche.

De una esquina próxima apareció un individuo que venía en sentido contrario, un hombre de mediana edad que, como ellos, también buscaba el refugio de la pared.

En su caso más bien parecía que huyera de la luz del alba para ocultarse de miradas inoportunas.

Fuese lo que fuese lo que le hacía taparse, había sido más precavido que ellos.

Llevaba al cuello un pañuelo de lana fina, un sombrero que le cubría la cabeza y se había subido el cuello de la chaqueta —más que por frío, para ocultar la cara entre las solapas—.

Fabricio lo vio, se fijó en él, pero no le dio importancia.

Mancini no lo había visto al principio, pero, al cruzarse, sus hombros se rozaron levemente, ambos se giraron y se miraron a la cara para pedirse disculpas.

Fue solo un momento, pero lo suficientemente largo para que ambos se reconocieran.

Unos instantes después, Mancini giró la cabeza ciento ochenta grados para convencerse de que había sido un error, una mala pasada de su imaginación, un susto infundado, un engaño de sus ojos cansados.

No fue tal, el hombre de traje y sombrero oscuros estaba detenido y vuelto hacia atrás en mitad de la acera, observándolo, quizá intentando confirmar lo mismo que él.

Sus miradas volvieron a cruzarse, en esa ocasión con la estupefacción por ambas partes de sentirse reconocidos el uno por el otro.

Después ambos se dieron la espalda y echaron a andar deseando que aquel encuentro no hubiera sucedido jamás.

Si las dudas sobre todo lo sucedido aquella madrugada ya eran preocupantes, el encuentro con aquel hermano benedictino multiplicó la desazón del viejo médico.

Aceleró el paso hasta alcanzar a Fabricio, se puso a su lado y en un susurro le preguntó: —¿Estamos cerca del Vaticano?

—¿No conoce Roma? —preguntó el joven con cierto desdén en su entonación.

Mancini dio la callada por respuesta. Claro que conocía Roma, mejor de lo que aquel joven engreído creía, pero la llegada de madrugada, resacoso y medio dormido, las brumas y la velocidad del coche por las grandes avenidas, lo habían desorientado—.

Estamos en Borgo Pio, muy cerca de la entrada de Santa Ana.

La plaza de San Pedro está ahí al lado —añadió Fabricio con cajas destempladas mientras levantaba el brazo derecho y señalaba un punto imaginario a su derecha sin mirar a la cara al preocupado anciano que lo seguía.