CAPÍTULO VII
Tomé mi café con leche habitual, charlé con el camarero de los temas de actualidad, intercambié algunas bromas con otro amigo con el que me veía todos los días allí y luego salí a la calle con la intención de empezar a trabajar.
En el portal de la oficina me encontré con Bruno, mi colaborador más singular.
—¿Qué pasa, jefe? —me preguntó al tiempo que me palmeaba la espalda.
Siempre lo hacía, era una costumbre atávica.
Lo mismo que los rizos de sus cabellos negros sobre el cuello de la camisa y el peinado hacia atrás, lo que, junto a su extremada delgadez, le daban ese aspecto, entre yonqui y macarra, que nada tenía que ver con su personalidad real, pero que a mí tanto me había servido para resolver algunos casos.
—¿Tendría que ocurrirme algo, Bruno? —fue toda mi respuesta, aunque el tono sonó a festivo. La verdad es que estaba de muy buen humor.
La oficina ya estaba funcionando a plena marcha cuando entramos en ella. Nuria, embarazadísima de su segundo hijo, andaba con las hormonas revueltas y estaba mucho más femenina y guapa que en otras ocasiones.
—Buenos días, jefe —saludó con su sonrisa habitual—. Hay un señor esperando —dijo mientras señalaba la sala de espera.
Al volverme hacia la puerta que ella me señalaba, vi a un hombre que se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta que unía aquella habitación con la oficina-recibidor donde Nuria trabajaba normalmente, me tendió la mano derecha mostrándome una amplia sonrisa y se presentó: —Ramón Rodríguez.
—Mario Fergó —le contesté estrechando su mano—. Y él —me giré hacia mi compañero— es Bruno, uno de los detectives de la agencia.
«Es un tipo raro, muy raro», pensé mientras ambos se estrechaban la mano.
Se encontraba en plena madurez, pero lo mismo podía tener cuarenta y cinco años que sesenta y cinco.
Su aspecto, aunque aseado, era el de un hombre completamente abandonado: barba muy poblada, mal recortada, larga y canosa hasta el punto de confundirse con el abundante cabello blanco peinado hacia atrás.
Llevaba un suéter de lana de color beis con dos tiras de ochos entrelazados que discurrían desde el cuello de la prenda hasta la cinturilla.
En mi juventud yo había tenido uno igual, pero de color azul oscuro, y desde los años ochenta no había vuelto a ver a nadie que llevara uno igual.
Bajo el suéter asomaba una camisa de cuadros negros y blancos con uno de los picos del cuello sobresaliéndole por encima del suéter y colgando sobre este, que le daba aspecto de leñador alaskeño.
Era un pico grande, lo que dejaba en evidencia que la camisa ya hacía años que se había pasado de moda.
El pantalón era de pana, de color verde claro y con unas perneras anchas que tampoco se llevaban ya.
La campana le caía sobre unas zapatillas de deporte de lona azul acabadas en punta de goma blanca.
Mientras le estrechaba la mano, aventuré que era un fraile vestido de seglar para abandonar el convento momentáneamente y se había puesto el mismo atuendo que llevaba el día que ingresó cuarenta años atrás, si no más.
Su tono de voz, su correcto uso del lenguaje y su perfecta vocalización me reforzaron la idea original de que se trataba de un monje.
—Sígame, por favor.
El hombre me obedeció. Al llegar a la puerta del despacho, la abrí para franquearle el paso, momento que aproveché para mirar hacia la mesa de Nuria.
Lo hice con la plena seguridad de que nos observaba desde su atalaya, y no me equivoqué.
Al cruzar la mirada con la suya, compuse un gesto de duda, ella se sonrió y yo cerré la puerta.
—Siéntese, por favor —le dije señalando una de las butacas que hay frente a mi escritorio.
La ventana estaba abierta y el sol de la mañana se colaba en mi despacho junto a bullicio de las Ramblas, motivo por el que tuve que cerrar los ventanales, de cristal doble, para que pudiéramos hablar tranquilamente.
—En primer lugar, señor Fergó —me dijo cuando tomé asiento frente a él—, tiene que prometerme que nada de lo que le voy a contar saldrá de estas cuatro paredes.
—En esta casa somos profesionales, señor Ramírez. Todo lo que se habla entre cliente y agencia es confidencial, pero con mi gente tengo que hablarlo.
Ramón Ramírez asintió.
—Mire yo soy fraile benedictino en el monasterio de San Miguel de Fay —aclaró.
Ignoro si había adivinado mis elucubraciones o es que acostumbraba a presentarse así, pero, de cualquier modo, mi primera sospecha quedaba confirmada, algo que de alguna manera alimentaba mi ego de investigador.
Por otro lado, pensé que la situación empezaba a ponerse interesante.
Sé que la casualidad existe, y no es que no hubiera frailes con problemas, claro que los habría, pero que justo en el momento en que había recibido un encargo vinculado a la Iglesia apareciera otro religioso en mi oficina era algo más que potra.
—Nunca he oído hablar de ese monasterio —le dije.
—Pues debería visitarlo alguna vez. Es uno de los lugares más bonitos de España, un privilegio para los que lo habitamos; y no solo por su valor arquitectónico, sus paisajes son un regalo para la vista, todo el enclave se halla en un entorno natural muy cerca de las cuevas de Sant Miquel y las Toscas.
Mientras el monje hablaba con emoción de su monasterio y el entorno geográfico, yo tecleé en Google el nombre que me había dado. Efectivamente, era un paisaje paradisíaco junto al río Tenes en mitad de un valle de ubérrima vegetación.
—Ese monasterio no ejerce actividades religiosas desde hace ochenta años, hermano —interrumpí un tanto desconcertado. Acababa de leerlo en una enciclopedia virtual.
—No. Pero seguimos viviendo allí seis hermanos.
Asentí.
—Le prometo que haré por ir. Ahora dígame qué es eso que me quiere contar.
—Siendo yo muy joven, allá por el año 79 del siglo pasado, profesaba en el monasterio de Sant Pere de Rodes, en el Port de la Selva, Girona, otro lugar precioso.
—¡Lo conozco! —atajé, más que nada porque no quería que se enrollara con descripciones y porque yo sabía que sí, que el lugar es bonito y la construcción majestuosa.
—Por entonces vivía entre nosotros un chico de unos quince o dieciséis años, aún sin edad para tomar los votos, pero era un buen estudiante, se pasaba el día en la biblioteca, su curiosidad no conocía límites, se llamaba Giovanni.
—Ignoraba que hubiera seminario en Sant Pere de Rodes.
—No lo había, pero cualquier monasterio puede serlo en un momento determinado.
Un seminario conciliar no es más que un lugar donde formar a jóvenes que pretenden dedicarse al ministerio sacerdotal.
Cualquier sitio con una estructura delimitada (un confesor, un rector, un director espiritual, una biblioteca bien dirigida, hermanos que puedan formar al estudiante en ética, derecho canónico, idiomas, historia de la Iglesia o teología moral, un ecónomo y una autoridad disciplinaria) es suficiente.
—Imagino que sí —contesté sin tener ni puta idea de lo que me estaba contando.
—Claro que sí, la formación de un muchacho con curiosidad y anhelo por aprender es fácil, basta con que sea impartida con responsabilidad.
Por supuesto, todo ello bajo la autoridad del obispo de la diócesis, y puedo asegurarle que no hay monasterio benedictino que no cumpla con esas características.
—¡Ya!
—La cuestión, señor Fergó, es que aquel muchacho es Geronimo, el profesor que usted anda buscando y cuya… —el monje hizo una pausa valorativa mientras buscaba una palabra para definir la relación entre la denunciante de la desaparición y el desaparecido— pareja no ha querido denunciar a la policía.
—La persona que yo ando buscando no se llama Giovanni —atajé.
—Ya lo sé, se llama Geronimo y se escribe con ge de gato porque se hace pasar por un bosnio católico. Pero no es su verdadero nombre, fue bautizado con el nombre de Giovanni, Giovanni Amador, concretamente. El segundo apellido no lo sé.
Asentí circunspecto, pero he de reconocer que atrajo toda mi atención.
—Está bien —respondí—. Dígame por qué ha desaparecido. —El silencio cambió de lado de la mesa.
—Las personas que lo persiguen son muy peligrosas, mucho.
—¿Quiénes lo persiguen?
—Es muy inteligente, no creo que lo hayan cogido.
Asentí, pero mi interés se había puesto en modo de alerta.
—No sabía que lo siguiera nadie.
—Como le iba diciendo, esas personas están convencidas de que guarda en su poder unos documentos muy valiosos que podrían comprometer la estabilidad de la Iglesia católica.
—¿Qué documentos son esos?
—Yo tampoco lo sé. Pero ya entonces había quienes los andaban buscando con mucha vehemencia.
—¿Quiénes?
—Los mismos que los buscan ahora. No han cejado en sus intenciones. —Aquella respuesta no me aclaraba mucho, pero sí me creó una desazón—. Puedo asegurarle fehacientemente que él no los tiene. Evidentemente, ellos lo ignoran.
—¿Quiénes son «ellos», Ramón?
El benedictino se quedó callado. Aquella pregunta debía de ser difícil de responder para él, tan difícil que posiblemente ni siquiera lo supiera con certeza aunque lo intuyera, pero a mí me interesaba su intuición.
—En Sant Pere de Rodes había alguien, un tal Fabricio Silvestri, italiano él, que, por alguna extraña razón, se había hecho con ellos en Roma.
—¿Con los documentos?
—Sí. De Roma huyó a Murcia, donde conoció a Giovanni. Pero enseguida ellos lo encontraron y tuvo que abandonar el monasterio donde se escondía, desde allí llegó a Sant Pere de Rodes acompañado del niño.
—¿De Geronimo?
—Sí.
—¿Fabricio también era monje?
—No. Era seglar, profesor de Derecho en el monasterio benedictino de Subiaco, Roma, Italia.
—¿Y dónde está ahora Fabricio?
—No lo sé, Mario. Unos años después de estar allí, vino a visitarlo un tal Alveroli, alguien de Roma, del Vaticano. Era un amigo de Fabricio y, unas semanas después, Fabricio y el niño abandonaron Sant Pere de Rodes.
—¿Y qué contenían esos documentos para que alguien los buscara de modo tan incesante?
—Tampoco lo sé, yo nunca los leí. Pero alguien lleva más de cuarenta años detrás de ellos inasequible al desaliento, así que han de ser importantes.
—¿Más de cuarenta años?
—Más. Cuando Fabricio llegó a España, corría el otoño de 1978.
—¿Y quién los guarda? —pregunté.
—No lo sé, pero él no, se lo aseguro.
—¿Qué relación existe entre usted y el desaparecido?
—Verá. Unos meses después de que Giovanni y Fabricio abandonaran Sant Pere de Rodes, a mí me enviaron al monasterio de San Miguel de Fay y, para mi sorpresa, allí estaba el niño.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Y no sabe dónde está Fabricio ni el tal Alveroli, el que vino de Roma?
—Fabricio, no. Alveroli, sí. Está enterrado en el cementerio del monasterio de Sant Pere de Rodes.
—¿Enterrado?
—Sí.
—¿De qué murió?
—Alguien le cortó el cuello.
—¿Le cortaron el cuello? —pregunté sorprendido. El fraile asintió—. ¿Cuánto tiempo estuvo el niño con usted?
—Casi cuatro años. Yo fui su profesor durante ese tiempo, he hablado mucho con él, le tengo mucho aprecio.
—¿Y se marchó por su voluntad o se lo llevaron?
—Alguien se lo llevó, pero no sabría decirle quién. Un italiano.
—¿El niño lo conocía?
—Ya no era tan niño. Rondaba los catorce o quince años. Era un adolescente. Supongo que sí lo conocía, o sabía que iban a ir a por él. No lo sé. Yo creo que detrás de aquella marcha estaba Fabricio, pero él nunca me lo confesó.
—¿Cuándo se reencontró usted con él?
—Veintitantos años después. Cuando vino a Barcelona de nuevo con su nueva personalidad, fue a visitarme.
—¿En ese tiempo nunca hablaron ustedes de su ausencia?
—Nunca. Yo le preguntaba, pero él siempre decía lo mismo: que para mí era más seguro no saber nada.
—¿Y usted no insistió?
—¡No!
—¿Ni de los documentos ni del secreto que se guardaba en ellos?
—Nunca.