CAPÍTULO VI #3
—Es nitroglicerina. Era hipotenso y le han administrado nitroglicerina. Debe de estar en el interior del tarro de las gotas o en el agua —dijo en voz alta para oírse.
—Lo han envenenado, ¿verdad? —repitió la monja. Mancini no le respondió.
Se inclinó por la idea de que el veneno estaba en el agua.
La densidad de la nitroglicerina a temperatura ambiente es de un gramo y medio por mililitro, disuelta en ella al treinta y cinco o cuarenta por ciento de su volumen, daría casi doscientos gramos en trescientos centímetros cúbicos, un vaso de agua, cantidad más que suficiente para matarlo en pocos minutos.
Además, a esa temperatura y diluida es más estable, y su sabor azucarado y su color amarillento se disimulan mejor.
Eso explicaría también el color que presentaban las muestras de sangre que había extraído.
Abrió el frasco de las gotas para la hipotensión, cargó el gotero y lo vació en un tubo de vidrio.
Después vertió el resto del líquido del vaso en otro y los guardó en su maletín.
Acto seguido sacó una aguja hipodérmica que por su extremada longitud y delgadez hubiera asustado a cualquiera.
Le dobló la cabeza al cuerpo, insertó la aguja varios centímetros entre las vértebras cervicales y extrajo un líquido incoloro.
Podía haber hecho la punción entre las vértebras lumbares, pero no quería dejar muchos vestigios de su estudio: en ese lugar el agujero de la incisión quedaría oculto entre los cabellos del muerto.
Si alguien averiguaba que aquel cuerpo había sido objeto de una autopsia preliminar, la mujer se vería en apuros muy serios.
Una vez extraídos unos centímetros de líquido, lo expuso a la luz de la lámpara y lo examinó.
—Será suficiente —se dijo.
La mujer lo observaba atenta, sabía que era líquido cefalorraquídeo, también conocido como líquido cerebroespinal, y supuso que lo necesitaba para analizarlo.
—Está muy claro —dijo Mancini sin apartar la vista del frasco.
Ella no podía saber qué significaba aquel comentario, pero él podía augurar con esa simple observación que el número de leucocitos debía de ser el normal.
—No había disueltos en él pigmentos biliares. En vida no debía estar sufriendo infecciones meníngeas, carcinomatosis ni hemorragias. No obstante, lo mandaré analizar para descartar enfermedades desmielinizantes del sistema nervioso central o periférico.
—¿Dónde va a encargar esos análisis? —preguntó la monja.
Luca se volvió hacia ella y, al ver su rostro, comprendió su nerviosismo.
—No se preocupe, tengo recursos —contestó antes de continuar con su menester.
El siguiente paso para hacer un buen trabajo era extraer una muestra de orina.
Devolvió el cadáver nuevamente a su posición original, le bajó los pantalones y los calzoncillos y dejó al descubierto el pene y el escroto.
La mujer giró la cabeza hacia otro lado movida por un pudor innecesario.
El médico estaba de espaldas y no advirtió el gesto.
A continuación, sacó de su maletín una sonda muy finita y se la introdujo por la uretra hasta la vejiga.
Vincenza miraba de reojo. Unos instantes después, el tubo de drenaje se llenó de líquido amarillento que el médico depositó en otro tubo.
—Lo mejor habría sido abrir el cadáver y extraer muestras de los pulmones, del hígado, de los riñones, del páncreas…, pero eso dejaría signos evidentes de una autopsia y usted lo pasaría muy mal —explicó mientras actuaba.
Su sexto sentido volvía a avisarle de que no debía dejarlos.
Sacó una aguja más gruesa con la que realizó incisiones en determinados lugares.
Por ellas extrajo pequeñas porciones de los tejidos de esas vísceras.
Una vez finalizado el análisis del cadáver, se dispuso a tomar huellas dactilares por un procedimiento arcaico, pero eficaz: tomó un lapicero y rozando el grafito de la mina con una regla metálica produjo minúsculas virutas de este material, las esparció por la superficie del vaso, de la jarra de agua y de la bandeja, y después, soplando con mucha suavidad, las retiró.
Solo las que se habían prendido a la grasa de los dedos quedaron.
Las cubrió con una cinta adhesiva de celofán y con sumo cuidado las despegó, permitiendo que el facsímil de las huellas quedara adherido a la cinta.
Posteriormente fue pegando cada una de ellas sobre un folio blanco. En media hora obtuvo todas las huellas.
Antes de abandonar la habitación, sacó del maletín una pequeña cámara fotográfica con la que capturó imágenes de los folios, de la posición del cadáver, del rostro, de los dedos azulados y de la posición sobre la cama.
Sacó una estilográfica del bolsillo de la chaqueta que había dejado colgada sobre el respaldo de una silla, unos folios que llevaba en el maletín y tomó una serie de notas que Vincenza no leyó.
Si lo hubiera hecho, habría comprobado que las anotaciones eran los nombres que figuraban en los documentos por si en las fotografías no salían bien.