El informe Mancini CAPÍTULO VI #2
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CAPÍTULO VI #2

—Sobre las nueve de la noche. Después de cenar. Se acostó pronto.

Después se inclinó sobre el cadáver y lo movió, el rigor mortis aún no había aparecido.

Le metió la mano por debajo de la camisa del pijama y le palpó la espalda.

En esa zona la piel también se había enfriado y presentaba un tacto húmedo.

Devolvió el cuerpo a su posición anterior y le pidió a la mujer que lo ayudara a desnudarlo.

A pesar de la gran cantidad de alcohol que aún circulaba por sus venas, el cerebro de Mancini funcionaba con cierta fluidez.

El hecho de que mantuviera la temperatura, de que el rigor mortis no hubiera aparecido y de que las hojas de papel no se le hubieran caído al suelo o sobre la cama le hizo sospechar que la muerte se debía a un desfallecimiento súbito cardíaco.

—No puede ser natural, imposible —murmuró—. Los síntomas apuntan más a una reacción secundaria por la ingesta abusiva de un vasodilatador —dijo sin volverse hacia la mujer.

—¿Lo han envenenado? —preguntó la monja.

—¡No lo sé! —contestó, pero no fue muy convincente.

—¡Lo han envenenado! ¿Son unos asesinos?

—¡Le repito que no lo sé, señora!

—¡Lo han envenenado! ¡Lo han envenenado! —repetía compulsivamente Vincenza entre sollozos.

—¡Nadie muere de una hipotensión, desde luego! —explicó el médico sin darse cuenta de que la mujer no lo escuchaba debido a su estado de agitación.

A la mortecina luz de la lámpara de la mesita, ambos volvieron a quedar en silencio: Vinzenza de pie en mitad de la habitación con el rostro entre las manos mientras sollozaba y Mancini sentado en la cama.

En el rostro del fallecido aún podía adivinarse un esbozo de sonrisa.

Era evidente que no había sufrido, que la muerte le había sobrevenido sin agonía, mientras dormía plácidamente.

—No ha sido un infarto de miocardio —dijo Mancini—.

Este hombre ha debido de tomar algún barbitúrico, eso le ha causado un sueño intenso y después la muerte.

Quizá un vasodilatador, pero han debido de suministrarle una dosis de caballo.

¿Puede haberse suicidado? —preguntó con cierto tono de estupefacción mirando a la monja para ver su reacción.

Al oír aquellas palabras, Vincenza casi sufre un síncope.

—¡No diga eso, por Dios!

Ella sabía que estaba pasando por momentos muy duros en su vida y en su carrera, que la resistencia que estaba encontrando de sus adversarios era desquiciante.

Pero era imposible que hubiera tomado una decisión así.

Albino era un hombre fuerte, estaba decidido a acabar la empresa que había iniciado y lo haría.

Cuando recapacitó, no supo si había pronunciado aquellas palabras o solo las había pensado.

Miró al médico para comprobar si, a tenor de su expresión, podía suponer que las había oído, pero su gesto era el mismo.

Si sentía algún estupor, lo guardaba en su interior.

—Poco puedo hacer yo ya, señora. La autopsia desvelará la verdad.

La mujer lo miró circunspecta.

—Si lo han envenenado, la autopsia nunca lo revelará: no se la van a hacer. Le toca descubrirlo usted.

Ambos reflexionaban en silencio mientras se miraban sin que ninguno de los dos se atreviera a expresar al otro sus reflexiones. Sin más explicaciones, en mitad de un silencio que se podía cortar y de dos miradas que no se veían, Mancini se dispuso a desnudar al cadáver.

—Ayúdeme, hermana, yo solo no puedo.

Después registró su piel meticulosamente, buscaba un lunar o algún lugar del cuerpo donde disimular la marca de una inyección.

Si la muerte se había producido con tanta celeridad, necesariamente le habían inyectado una dosis importante de algún barbitúrico o vasodilatador.

Pero la búsqueda resultó infructuosa. Supuso que, si no querían dejar huella, pudieron servirle algún somnífero con la infusión y después, una vez que se aseguraron de que se había dormido, inyectarle cuarenta o cincuenta miligramos de loracepam en las mucosas de la boca, en la garganta o algún otro lugar oculto.

Sacó dos jeringuillas de su maletín y extrajo sendas muestras de sangre.

Una de ellas exhibía una sangre azulada; la otra era muy oscura, casi marrón, un indicador de que contenía un nivel alto de metahemoglobina, una reacción de la hemoglobina en presencia de niveles muy altos de nitroglicerina disuelta en la sangre.

Al guardarlas vio que sobre la mesita estaban los folios que él mismo había retirado de las manos del difunto.

Entonces recapacitó. En sus suposiciones había un error.

Nadie había entrado en la habitación después del hombre.

Cualquiera que lo hubiera hecho con intención de envenenarlo inyectándole cualquier sustancia le habría quitado aquellos folios: su contenido era demasiado importante como para que los descubriera alguien que no fuera el asesino.

Se atrevió a pensar, incluso, que en ellos podría encontrarse la identidad del asesino o asesinos.

Sin embargo, estaban allí. La sustancia que lo había matado no se había inyectado, estaba ya en la habitación y posiblemente seguía allí: bien en el tarro de Effortil, bien en el vaso de agua, quizá en ambos, incluso en las gafas.

El cianuro inhalado era tremendamente peligroso, se dijo, pero se dio cuenta de que volvía a equivocarse.

Debía ser algo más prosaico. La monja había entrado en la habitación horas antes y no mostraba ningún síntoma.

Además, esos venenos son peligrosos incluso para quien los manipula.

No obstante, tomaría huellas dactilares del vaso, del frasco de la jarra y de la bandeja.

—¿Ha tocado usted el vaso, la jarra o el frasco de gotas? —preguntó a la mujer.

—Yo no he tocado nada, solo a él.

Se volvió hacia el cadáver y le cogió las manos.

Las uñas estaban azuladas, como si hubiera estado manipulando un tintero, pero no había ninguno en las proximidades.

La boca también presentaba cercos del mismo color.

Dirigió la mirada hacia los pies y observó que el pigmento también era visible entre los dedos.