El informe Mancini CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

La madrugada

Al ver a Cinzia después de más de treinta años, Mancini se arrodilló frente a ella y le besó las manos con fruición y lágrimas en los ojos.

—¿Cómo está nuestro hijo, Cinzia? ¿Cómo es? ¿Qué ha sido de su vida? ¿Es un hombre sano? ¿Se ha casado? ¿Tiene hijos? ¿A qué se dedica? —preguntó atropelladamente.

Fabricio asistió a la escena atónito. Pero lo que aún le extrañó más fue que su tía no negara la existencia de aquel niño ni que la monja que la acompañaba, sor Vincenza Tafarell, no mostrara estupefacción alguna al saber que una monja tenía un hijo.

Él nunca supo de la existencia de ese primo y esperaba que Cinzia lo negara rotundamente, pero no lo hizo.

La monja buscó los ojos de su sobrino y los halló clavados en los de ella, Mancini observó el cruce de miradas, se volvió hacia el joven que lo había traído desde Anzio, se acercó a él, estrechó su cabeza entre las manos, se lo acercó a los ojos lacrimosos y exclamó: —¡Eres tú!

¡Eres tú, Fabricio! ¡Tú eres mi hijo! —Y lo besó en la frente entre sollozos.

Fabricio se volvió hacia Cinzia después de zafarse de las manos del médico y la interrogó con la mirada. Esta dispuso: —Luca, acompaña a mi amiga y sírvela en todo lo que te pida, es muy importante. Luego hablaremos.

Dicho aquello, volvió a mirar a Fabricio a los ojos. Mancini la abrazó con deleite, después se separó de ella, se secó las lágrimas, buscó de nuevo los ojos del joven y, tomando su maletín del suelo, se volvió hacia Vicenza y añadió: —Vamos.

La monja, que solo un par de horas antes había descubierto el cuerpo sin vida del santo padre, echó a andar por un pasillo con una linterna pequeña en la mano y él la siguió.

Salieron del apartamento y bajaron varios tramos de escalera, después abrieron una vieja puerta de madera maciza y entraron en un largo y estrecho pasillo abovedado formado por muros de piedra.

De no haber sido por lo limpio que estaba, el médico habría pensado que era una vieja alcantarilla de la ciudad, aunque quizá lo fuera, o el descargador de una cisterna de las que aún se conservaban desde los tiempos del imperio, Roma disponía de una red de depósitos y canales de carga y descarga y la mayoría de ellos estaban completamente abandonados o eran estudio de arqueólogos.

No pudo calcular cuántos metros habían descendido bajo el suelo, pero sí pudo deducir, por la longitud de sus pasos, que la distancia en horizontal que estaban recorriendo era superior a los trescientos metros, aunque tampoco sabía en qué dirección.

El pasillo tenía multitud de puertas, todas ellas cerradas a cal y canto, algunas completamente abandonadas y oxidadas, pero ninguna abierta.

Al llegar a un recodo oscuro, Vicenza se detuvo ante lo que parecía la puerta de acero de una caja blindada, de debajo de sus faldones sacó una llave con agujeros y acanaladuras complejas.

Después iluminó un teclado en el que el médico no había reparado y, tras insertar un código de más de ocho caracteres, introdujo la llave en una moderna cerradura y abrió la pesada puerta.

Tras ella, se abría otro pasadizo similar al anterior, la puerta se cerró sola accionada por un potente resorte sin hacer el más mínimo ruido debido al marco de gomaespuma que separaba la hoja del marco.

La mujer volvió a cerrar con llave y un gran cerrojo manual que solo se podía abrir por dentro.

Tras recorrer otros sesenta o setenta metros por el nuevo corredor, llegaron a una estrecha escalera de caracol que ascendía inscrita en un tubo vertical de no más de un metro veinte de ancho.

Los peldaños eran triangulares y de mármol.

Su vértice más agudo se incrustaba en una columna redonda que ascendía desde el suelo y se perdía en la oscuridad de la bóveda superior.

Subieron varios pisos, no pudo calcular cuántos por la configuración de la estructura, pero bastante más de los que había bajado al salir del apartamento de Cinzia.

La escalera terminaba súbitamente frente a una pared en la que se abría una estrechísima puerta de alta seguridad casi imperceptible en la oscuridad.

La monja la abrió con la otra llave que iba en la anilla y accedieron a una pequeñísima habitación de espacio similar al de una cabina telefónica.

No era la primera vez que Luca Mancini visitaba a algún hampón o a sus secuaces en un lugar de acceso similar.

Tampoco era la primera que entraba por galerías subterráneas en los palacetes que estos habitaban.

Estaba seguro de que aquellas puertas que había visto en el corredor subterráneo daban a garajes donde potentes coches esperaban para, si hacía falta, sacar a alguien urgentemente de la ciudad o, lo que era peor, a criptas donde la Mafia se deshacía de sus cadáveres impunemente.

La pequeña habitación —si es que se la podía llamar así— comunicaba con otro espacio que después resultó ser el interior de un armario empotrado forrado de madera sobre la que se camuflaba la puerta de acceso.

De ahí se pasaba a una instancia de dimensiones más cómodas adyacente a un dormitorio grande, no exageradamente, pero grande.

Mancini supuso que, por la cantidad de escaleras que habían subido y el lugar de la ciudad en el que estaban, no era ningún chalé, quizá un palacete o más bien el apartamento de algún sicario o quizá algún convento de los muchos que hay en la ciudad donde debería asistir a alguna monja embarazada que tenía que deshacerse del bebé antes de que la barriga se le notara.

Si era eso, tampoco hubiera sido su primera vez.

Solo una lámpara sobre una mesita de noche junto a una cama de un metro veinte aproximadamente alumbraba la segunda estancia.

A su lado había un tarro de Effortil a medio consumir y un vaso vacío.

En la cama, echado sobre unos almohadones, había un hombre recostado con unas gafas puestas y unos folios garabateados arrugados entre las manos y el vientre.

La pierna derecha reposaba sobre las sábanas arrolladas a mitad del colchón, la otra se apoyaba en el suelo.

A simple vista podía parecer dormido, pero al acercarse a él se podía observar que tenía la piel de la cara enrojecida, y los labios y uñas presentaban un tono violáceo.

Esos síntomas, per se , no eran incompatibles con la vida, pero la inmovilidad sí.

—¡Este hombre está muerto, yo no puedo hacer nada por él! —dijo al llegar a su lado.

Sor Vincenza asintió. Hasta ese momento el viejo médico no había hecho preguntas.

Desde su etapa de Milán, donde solo atendía a personas que vivían en la clandestinidad: prófugos, delincuentes heridos en reyertas con otros delincuentes o con la policía, mujeres que abortaban, de grado o a la fuerza, en secreto…

, había perdido todo interés por la vida de sus pacientes.

Aunque un instinto desarrollado en aquellos tiempos de servicio para la Mafia le avisaba de que aquel caso no era distinto.

—Ya sé que está muerto —replicó la monja—. No quiero que haga nada por él. Quiero que me diga de qué ha fallecido, hasta esta noche era un hombre joven y sano.

Mancini se volvió hacia él.

—Joven joven, no era.

—Tiene sesenta y seis años.

A Vicenza aún no le nacía hablar en pasado del hombre junto al que había pasado buena parte de su vida.

Mancini tampoco se inmutó al conocer las intenciones de la mujer.

No era la primera vez que la Mafia se interesaba por las causas de la muerte de alguno de los suyos.

Si Vincenza adivinó sus pensamientos, se abstuvo de hacer comentario alguno.

El médico recorrió la habitación con la vista y luego volvió a concentrarla en el cadáver.

Las manos eran las de un hombre que no trabajaba con ellas, aunque presentaban un pequeño callo al final del dedo corazón de la mano derecha, una característica común en los escribientes.

Tomó los folios por la esquina superior izquierda, tiró de ellos y las manos del cadáver cayeron a ambos lados de sus caderas.

Intuitivamente comenzó a leerlos y al poco se volvió hacia la monja.

Estupefacto, sus miradas se cruzaron, pero ninguno de los dos dijo nada.

Mancini llevaba mucho tiempo desconectado de la Cosa Nostra, pero algunos de los nombres que se citaban en los folios le eran muy conocidos de Milán, de la Mafia y de sus finanzas, pero, sobre todo, del clero.

Sabía que aquellas personas habían acompañado al papa Pablo VI durante todo su pontificado y también que les había confiado las finanzas vaticanas.

Supuso que el finado sería uno de ellos y que la muerte sería un ajuste de cuentas tras la muerte del que había sido su jefe.

También sabía que el nuevo papa estaba haciendo una purga entre los miembros de la curia.

Alguien debía sospechar que, fuera quien fuera el hombre muerto, sabía más de la cuenta y lo habían envenenado, un modo muy corriente en la humanidad, y especialmente en algunos gobiernos, de eliminar al adversario cuando se trata de ocultar el homicidio.

De pronto también intuyó que bien podían estar en el Vaticano.

No conocía Roma a la perfección, pero la calle Porta Pía, en la que se hallaba el apartamento donde había visto a Cinzia, caía muy cerca de la sede papal.

—¿Usted lo conocía? —preguntó volviéndose hacia Vincenza.

Ella asintió entre sollozos. Por un instante estuvo tentado de preguntarle quién era, pero su instinto le previno de que era mejor no saberlo.

—¿Padecía de tensión baja?

No dijo nada, pero volvió a asentir.

Para Mancini era evidente que no había muerto de infarto ni había indicios de lucha con la muerte ni cianosis distal, facial o central. Se volvió hacia el cadáver y le tocó la frente, ya estaba fría.

—¿Cuándo lo encontró?

—A primeras horas de la noche, antes de las diez.

Mancini consultó su reloj, eran casi las tres y media de la madrugada.

—¿Cuándo lo vieron con vida la última vez?