CAPÍTULO V
Apenas llevaba unos minutos durmiendo cuando un ujier lo despertó llamando a la puerta.
—¡Fabricio! ¡Fabricio!
—Sí —contestó el joven mientras se levantaba de la cama.
—Su tía Cinzia lo llama por teléfono desde Roma.
—¿Mi tía? —preguntó mientras consultaba la hora en su reloj de pulsera.
Se puso una bata que había sobre los pies de la cama y abrió la puerta.
—Parece urgente —dijo el ujier.
Cinzia era el único familiar que tenía en el mundo y si lo llamaba a aquellas horas era porque algo grave había sucedido, pensó mientras bajaba al locutorio.
—Dime, tía, buenas noches.
—Fabricio, cariño, tienes que hacerme un favor.
—Pero ¿qué ha pasado, tía? ¿Estás bien?
—Sí, sí. Estoy bien, pero tienes que ir ahora mismo a Anzio a recoger a un médico, el doctor Mancini, y traerlo inmediatamente a mi apartamento en Roma.
—¿Un médico, tía; en Anzio? Yo no he estado nunca en Anzio. ¿Estás bien? Ir ahora a esa parte de la costa desde aquí me supone casi dos horas de viaje por carreteras de montaña por las que nunca he pasado, y estoy cansado de todo el día.
—Fabricio, nunca en la vida te he pedido nada, pero esta noche es importantísimo que hagas lo que te pido, hijo.
El doctor Mancini vive a las afueras de Anzio, cerca de Nettuno, en un viejo palacete erigido entre la espesura de un bosque próximo al mar.
Dile que vas de mi parte y que es muy importante para mí.
El joven colgó el teléfono circunspecto. No podía imaginar qué sería tan importante para que su tía Cinzia, que siempre lo había mimado como si fuera su hijo, ahora le exigiera aquel esfuerzo a aquella avanzada hora de la noche.
Fabricio no conocía la región, pero dos horas largas después de aquella inoportuna llamada, las luces de los faros de su Alfa Romeo Spider reverberaban sobre las fachadas de piedra de Anzio.
En un cruce de calles, tal y como le había indicado Cinzia, tomó dirección a Nettuno.
Tras abandonar las últimas casas de la ciudad, aceleró, más que por necesidad —el lugar al que iba ya estaba muy cerca— por el placer de oír rugir el potente motor de su coche.
Al poner la luz de carretera comprobó que la calzada discurría a través de una pinada.
Las copas de los árboles próximos a la calzada se entrelazaban sobre ella creando un túnel vegetal que impedía ver el cielo, aunque con la niebla tampoco hubiera podido.
De pronto apareció paralelo a la calzada el largo muro de piedra que circundaba el espeso bosque que su tía le había descrito y, un poco más adelante, el viejo portón de hierro oxidado bajo un arco de piedra del que pendía un escudo heráldico.
Por la broza que crecía a su alrededor y se enredaba en sus barrotes no parecía que se hubiera abierto ni cerrado una sola vez en los últimos años.
Entró en la hacienda por un camino al que la vegetación le había robado los márgenes.
Las ramas rozaban la carrocería del coche y temió que alguna le rayara la pintura.
El firme tampoco estaba cuidado, las aguas lo habían roído dejando unos socavones tan profundos que, al pasar por alguno de ellos y aun yendo a una velocidad inferior a la de un hombre andando, los bajos del coche rozaban el suelo.
Un centenar de metros después de haber abandonado la carretera de Nettuno, entre la bruma marítima, apenas escrutada por los faros, vislumbró la silueta de un viejo caserón, un palacete con muros de piedra combados por la humedad y el deterioro propio del abandono.
Dudó que alguien pudiera vivir allí, no había ni una sola luz exterior que marcara los contornos de la casa o las puertas de acceso, tampoco en el interior se adivinaba vida alguna, aunque a aquella hora de la madrugada era lógico.
Se bajó del coche con el temor de haberse equivocado y notó cómo un aire frío y húmedo con sabor a sal le entraba por la garganta.
Se subió el cuello de la chaqueta y buscó refugio en el umbral de la puerta de entrada.
Aferrada a la madera, recia y oscura, había una aldaba que simulaba la cabeza de un león con una argolla de hierro colgando de la boca.
Al asirlo lo notó rugoso por el óxido y tuvo que ejercer más fuerza de la normal para golpear el pequeño yunque de acero incrustado en la madera.
Era evidente que llevaba años sin que nadie lo usase.
Al cabo de unos minutos sin respuesta, volvió a llamar, esa vez golpeando con los nudillos desnudos sobre la puerta, pero el resultado fue idéntico. Se separó unos pasos de la construcción y miró en derredor.
—¡Doctor Mancini! ¡Doctor Mancini! —gritó.
Nadie contestó, rodeó la casa en busca de algún indicio de vida en su interior; la madrugada avanzaba y el tiempo se le consumía sin resultado alguno.
En la parte de atrás, enmarcada entre las ramas de una frondosa yedra, adivinó otra puerta, se acercó a ella y volvió a llamar con los nudillos. Nadie contestó.
Por intuición giró el picaporte y, para su asombro, la puerta se abrió bajo la atenta mirada de un perro de mediano tamaño, color blanco y manchas negras en el que aún no había reparado. El animal lo observaba atentamente, sentado junto al quicio de la puerta, mientras le movía el rabo.
Una vez abierta, el animal entró en la casa moviendo alegremente la cola. Fabricio encendió un mechero y entró siguiendo al perro. La puerta daba acceso a la cocina más sucia y desvalijada que había visto en su vida, sobre la mesa había restos de comida de varios días atrás.
—Doctor Mancini —susurró.
Antes lo había llamado por el mismo nombre a voz en grito, pero, al entrar en la casa, tuvo la sensación de que estaba invadiendo la intimidad de alguien.
Sin dejar de alumbrarse con el mechero, se adentró en la casa por un anguloso pasillo que se abría por una puerta lateral de la cocina al fondo del cual se adivinaba el parpadeo tenue de una luz.
No había dado ni dos pasos cuando se quemó los dedos, soltó el mechero y este rodó por el suelo con estrépito. Al intentar cogerlo se volvió a quemar, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se ayudó de él para cogerlo con las puntas de los dedos pulgar e índice.
Caminó hacia el resplandor y llegó a una estancia amplia presidida por un hogar en el que unos troncos se consumían lentamente.
Cuando intuitivamente se acercó al fuego, oyó la respiración pausada de una persona dormida.
Era un hombre enjuto, con barba de varias semanas, desaliñadamente vestido y con un olor a alcohol que tiraba de espaldas.
Dormía arrebujado en una vieja manta sobre un raído sillón orejero que había frente a la chimenea.
Al acercarse pensó que, si era Mancini, su aspecto era muchísimo peor de lo que su tía le había prevenido.
Junto al sillón había una mesa pequeña y sobre ella una botella de vermú consumida, posiblemente desde la boca del propio envase porque no se veía vaso alguno en las proximidades.
A medida que sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad, descubría más rincones de la casa.
Rematando la esquina opuesta al hogar, había un viejo chinero a través de cuyos cristales, casi opacos por la mugre, se podía adivinar una vieja vajilla de porcelana y una cristalería.
A la izquierda de este había un viejo aparador negro cubierto de polvo; sobre él, unos candelabros mugrientos de plata y mármol, y un centro de mesa a juego.
Unos quince o veinte centímetros más arriba, pendía un gran espejo enmarcado en madera tallada tan largo como el mueble.
En el centro de la estancia había una mesa de comedor en la que, según calculó Fabricio, podrían sentarse al menos ocho personas.
Sobre ella había un mantel de plástico, y restos de la última comida en uno de los lados.
Las sillas que había a su alrededor eran de caoba y estaban tapizadas en terciopelo rojo con bordados en oro.
Sobre la citada mesa, colgada del techo por una cadena que parecía que en cualquier momento iba a ceder, había una lámpara de araña de bronce.
Sobre las paredes podían verse cuadros con fotografías sepia de personas que, por su indumentaria, peinados y aspecto, ya debían llevar decenios criando malvas.
Le sorprendió la altura de los techos y la superficie de las ventanas de la pared que daba a la pinada.
En realidad, eran puertas de doble hoja detrás de las cuales debía haber un balcón.
Había tres, separadas por una distancia inferior a un metro en la que habían instalados sendos radiadores, aunque dudaba que la calefacción funcionara.
Se acercó lentamente a una de las ventanas y la abrió.
El frescor del jardín inundó la estancia.
Efectivamente había un pequeño balcón con balaustradas de mármol, se asomó a él sin llegar a apoyarse, intuyó que debía estar cubierto de una gruesa capa de polvo humedecido por el rocío y evitó siquiera rozarla.
No podía ver bien lo que había al otro lado —no había luna ni faroles que iluminaran el jardín—, pero era evidente que pinos altos y maleza y, por el rumor que llegaba a sus oídos y el sabor salado del aire, se podía averiguar que el mar debía de estar muy cerca.
Se volvió hacia la puerta por la que había entrado y comprobó que a su lado había una vieja y renegrida llave de luces que funcionaba girando una pequeña manivela de plástico con forma de T; hacía años que no veía una igual.
Se acercó a ella y, con temor a sufrir una descarga eléctrica, la sujetó con la punta de los dedos y la giró a la derecha.
Lentamente, una sola bombilla que se asemejaba a la vela de un candil, cubierta de polvo del año que se le quisiera pedir, se encendió en la vieja lámpara de araña que acababa de ver y de la que, en honor de su nombre, descendían telarañas olvidadas por sus tejedoras hacía años.
Su tenue luz originaba unas sombras oscuras que convertían la habitación en un lugar espantosamente lúgubre.
El perro lo seguía mirando, aunque ahora lo hacía desde el regazo del hombre dormido.
Se acercó a ellos y, con mucha precaución, zarandeó al individuo, pero su gesto fue inútil, no se despertaba.
—¡Doctor Mancini! ¡Doctor Mancini! —volvió a susurrar sin saber por qué mientras lo zarandeaba.
El hombre se despertó sobresaltado, hacía años que nadie lo llamaba así.
—¿Qué quieres? —contestó desabrido—. ¡Si has venido a matarme, hazlo, pero no me molestes y, si lo que pretendes es robarme, ahórrate la molestia y el delito, date la vuelta y sal corriendo por donde has venido, aquí no hay nada que te pueda interesar!
—¿Doctor Mancini? —preguntó con la seguridad de estar ante el médico que su tía le había encargado llevar hasta Roma.
Al oír de nuevo aquel apelativo, el viejo se incorporó, se ajustó sus viejas gafas de hueso con lentes bifocales e intentó enfocar la imagen del hombre que lo zarandeaba.
—¡Me envía Cinzia, doctor Mancini, necesita verlo urgentemente!
El hombre abrió unos ojos como platos y la estupefacción asomó a su rostro, volvió a redirigir la mirada hacia el hombre que lo zarandeaba y luego, con la sorpresa que le causaba volver a oír aquel nombre después de tantos años, preguntó:
—¿Dónde está Cinzia?
—En Roma.
—¿Conoces a Cinzia?
—Es mi tía.
—¿Tu tía? ¿De dónde eres?
—Del Véneto. Ha de asearse y acompañarme inmediatamente.
—¿Del Véneto? ¿Cómo te llamas?
—Fabricio. Dese prisa, por favor.
—¿Fabricio? ¿Fabricio y qué más?
—¡Silvestri, Fabricio Silvestri!
El apellido no le era del todo desconocido: era el de la familia de Cinzia, la monja que lo mandaba buscar.
—¿Le ha sucedido algo a Cinzia?
—No. Pero he de llevarlo a su lado.
—¿A su lado? ¿Está enferma? ¿Conoces a su hijo?
Fabricio se quedó desconcertado al oír aquella pregunta.
—¡Cinzia no tiene hijos! —exclamó—. ¡Es monja!
—¡Tampoco tiene sobrinos! —aseveró contundente el médico—. ¿Quién eres tú?
—¡Su sobrino! —contestó Fabricio sin poder esconder su asombro—. ¿Hay algún lugar donde pueda asearse? —preguntó después intentando modular la voz para que no dejara traslucir su sorpresa—. ¡Es necesario que salgamos inmediatamente!
—¿Salir…? ¿A dónde?
—A Roma. Es urgente. Cinzia lo necesita urgentemente.