El informe Mancini CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

—No estoy loca, señor Fergó. Ya le he dicho antes que la familia de Geronimo había muerto en Bosnia.

Desde entonces él vivió en distintos conventos y, por lo visto, en alguno de ellos fue partícipe de un secreto importante para la cristiandad, algo que, de revelarse, podría poner en un brete los pilares de la Iglesia católica, o por lo menos destapar un escándalo monstruoso.

En Barcelona hay unos documentos que alguien busca con ahínco y son la causa de los asesinatos, no le quepa duda.

Yo no podía decir nada. De golpe y porrazo me hallaba ante alguien que quería ponerme en el centro de la investigación de los sucesos que tanto me estaban intrigando.

—No se confunda, Mario, no saque conclusiones precipitadas. Geronimo es un hombre culto y liberal, aunque esté muy ligado al clero irregular.

He de reconocer que aquella extraña combinación de cualidades, al menos para mí lo eran, me intrigaban tanto como el secreto del que, según ella, era depositario su pareja y cuya divulgación podría poner en peligro los pilares de la Iglesia católica.

—Pero a estas alturas de la vida, Marta, en pleno siglo XXI, ¿qué podría poner en peligro los pilares de la Iglesia católica?

—Eso lo tendrá que averiguar usted.

—¿No lo sabe?

La mujer negó con gesto circunspecto. El mío tampoco debía de ser muy diferente.

Si hace unos minutos les explicaba que no creía en los postulados de la fe, he de reconocer que tampoco creo que a estas alturas de la evolución social haya nada que ponga en peligro las estructuras de la Iglesia.

Ni aunque nos revelaran que Jesús era el producto de la cópula sexual de un hombre y una mujer y que su madre no era virgen, sino que, en realidad, el embarazo había sido consecuencia de una aventura con un pastor trashumante que pasaba por Nazaret en busca de pastos nuevos nos habríamos ruborizado.

La sociedad actual lo soporta todo: si alguien descubriera que Jesús, además de ser un hombre como todos, también tuvo esposa e hijos e incluso amantes y está enterrado en una tumba de Jerusalén, nadie se alarmaría.

Puede que el Vaticano lo negara; claro, ellos tienen un buen tinglado montado en torno a eso, pero siempre habría incrédulos: ¿acaso no hay todavía gentes que se atreven a decir que la tierra es plana o que una vacuna les va a cambiar el ADN? Pues una revelación así sería igual.

—¿Lo ha denunciado a la policía? —le pregunté tras mis silenciosas elucubraciones.

—Aún no. Él me avisó de que iba a estar unos días fuera.

—O sea, que usted sabía que él se iba a ausentar. —La mujer asintió—. ¿Entonces?

—Lleva un mes desaparecido, señor Fergó, y nadie de su entorno sabe dónde está.

—¿Su entorno es muy amplio?

—No, no lo crea, además de conmigo y con mis hijos, él solo se relaciona con sus compañeros de trabajo: una fundación a la que pertenece en las que se imparten clases de filosofía.

—¿Y ellos qué dicen?

—Nada.

—¿Nada? ¿Un profesor desaparece y ellos no lo echan en falta?

—Él es el presidente de la fundación y director del centro, no tiene horas lectivas. Las ha tenido, pero ahora sus quehaceres son solo administrativos.

—Comprendo —contesté.

No estaba seguro de que aquella desaparición estuviera relacionada con lo que yo suponía que eran crímenes, ni siquiera que fuera una desaparición y no un abandono, aunque ella, la compañera sentimental de Geronimo, aseveraba que sí, que desde que supo del primer fallecido, un fraile del monasterio de Sant Pau del Camp, su comportamiento había cambiado de forma radical.

Pero aún empeoró tras los otros dos asesinatos: el de la abadía de Montserrat y el del real monasterio de San Pedro de las Puellas, donde una de las hermanas había aparecido desnucada en su celda y acostada en su cama, lo que constituía un suceso bastante extraño.

—La fundación que Geronimo presidía está dispuesta a correr con sus gastos, eso no debe preocuparle —añadió solemne.

—Muy bien, muy bien. Le prometo que investigaré la desaparición de su pareja y que no escatimaré en recursos de ningún tipo para…

—iba a decirle «para traérselo», pero me contuve porque sé por experiencia que, si el ausente no quiere volver con los suyos, pocos medios existen para que lo haga— averiguar algo de él —dije finalmente.

No fue una promesa hecha en el agua. Aquella misma tarde reuní a mi equipo y empezamos a trabajar.

A ellos les encomendé hacer las gestiones de rigor: entrevistarse con los compañeros del desaparecido, amistades, conocidos, alumnos; recrear los últimos días de vida normal de la persona en cuestión.

Matizo lo de «vida normal» porque, si no lo dábamos por muerto, aún estaba vivo, aunque no desarrollando su vida como lo venía haciendo hasta que su familia le perdió el rastro.

A mi equipo, especialmente a la parte femenina, no le sentó bien que empezáramos aquel viernes por la tarde, que ellas habían reservado para ir a la peluquería o a hacer las últimas compras antes de la primera comunión de Mario, que tendría lugar ese domingo en Puigcerdà.

Tampoco les pareció bien que yo —en lugar de aprovechar la tarde para subir a la Cerdaña y estar lo antes posible junto a mi vástago— me dedicara a trabajar.

No podían comprender que los enamorados de nuestro trabajo no distingamos dónde acaba este y dónde empieza el ocio.

Y eso era justo lo que me había ocurrido a mí: que estaba tan encantado con la perspectiva de investigar aquellos sucesos que ni siquiera podía esperar a que Marta aceptara el presupuesto que le había presentado, que, por cierto, reduje a su mínima expresión para que no se me echara atrás.