El informe Mancini CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Una extraña en mi oficina

Hace unas semanas, una oleada de crímenes circunscritos al ámbito de la Iglesia católica atrajo mi atención.

Es lógico: soy detective privado, ex guardia civil y tengo mi agencia en Barcelona, ciudad donde estaban ocurriendo aquellos crímenes tan característicos y con tanto tufo a depuración católica.

Aunque ningún periódico se atrevía a confirmar que aquellas muertes fueran provocadas y la policía mantenía un secreto riguroso, yo estaba seguro de que eran homicidios.

Coincidían esos hechos con mi repentina curiosidad por el mundo católico.

Mi hijo de nueve años estaba a punto de hacer la primera comunión y no paraba de hacer preguntas para satisfacer su curiosidad infantil que yo no sabía responder adecuadamente atendiendo a los cánones eclesiásticos.

Puedo asegurarles que los niños de hoy no están por la labor de creer, y yo, padre con edad de abuelo y pocas esperanzas de serlo —le llevo casi cincuenta años a mi heredero y es el único que tengo—, estaba dispuesto a saciar toda su curiosidad.

Mi problema en estos días es que yo solo soy católico por inercia.

Me explico: no soy creyente, no practico ninguna religión, aunque cumplo con algunos sacramentos de la católica por convención social, especialmente el bautismo y la eucaristía.

Tampoco me contarán jamás entre esos necios del bautismo o las comuniones civiles o el lenguaje inclusivo.

¡Menuda gilipollez! Cuando detecto una necedad, tengo por sana costumbre alejarme lo antes posible de ella y del necio, y todas estas lo son.

Evidentemente, no soy el mejor ejemplo de practicante para nadie, tengo casi sesenta años, soy ateo por propia convicción, no me he casado nunca, me he liado con mi socia en alguna ocasión y mi único hijo conocido lo tuve de penalti con una homicida, una sobrina del cliente que me había contratado para investigar la muerte de su propio hijo y que, a su vez, era el padre de una antigua novia mía; todo un sainete.

Así que me cuesta mucho trabajo explicarle al crío el trámite religioso que aborda, al margen de regalos, trajes y banquetes.

Soy consciente de que la comunión constituirá para él un umbral humanístico que de alguna manera marcará su futuro hasta que se vea en la misma disquisición que yo.

No obstante, le presento el sacramento como una especie de paso adelante, un salto en su evolución hacia la madurez, una aproximación al mundo adulto, un escalón en el que nos despojamos de la inocencia de la infancia para ir adaptando responsabilidades sociales.

Todo ello desde la perspectiva de los mandamientos de la ley de Dios, que, bien visto, no es más que un código simple y esencial para introducir en los niños un comportamiento social responsable: un umbral humanístico, vamos.

Hasta ahí lo tenía más o menos fácil. El problema era explicarle qué era la fe.

¡Menuda palabrita! Me resultaba difícil, o más bien imposible, engañarlo de una manera tan burda.

¿Cómo le iba yo a explicar a mi vástago, en pleno siglo XXI, que un tipo había sido engendrado sin ayuntamiento carnal por obra y gracia del Espíritu Santo, nacido del vientre de una mujer virgen, que resucitaba a los muertos, devolvía la vista a los ciegos y no se estudiaba en la facultades ni academias de la ciencia y la historia?

Me imagino —recordando lo que yo sentía a su edad— que a lo que se estará abriendo en realidad es a la sexualidad.

Pronto, si no le ha sucedido ya, sentirá la atracción de las féminas de su clase, o quizá de los chicos, qué más da.

Sea lo que sea, muy pronto el sexo invadirá sus pensamientos.

Sé que hay padres que se muestran incapaces de hablar de sexo con sus hijos.

Yo debo de ser una excepción. A mí me resulta más fácil explicarle todos los mecanismos de la reproducción sexual en los humanos, sin importarme los aspectos biológicos, afectivos o sentimentales, que aquella patraña de un niño que nace de madre virgen.

Me es más fácil explicarle que la promiscuidad no es un pecado, aun dejándole claro que sí podía ser una irresponsabilidad, un signo de inmadurez o un riesgo biológico si no se toman las precauciones necesarias, pero nunca pecado.

La palabra pecado no cabe en mi vocabulario, nunca estuvo, y añadirla ahora me cuesta un mundo.

Otro trance difícil para mí es convencerlo de que una persona con los antecedentes de Jesús de Nazaret, un tipo que había desarrollado toda una filosofía, no fuera un personaje histórico como Sócrates, Platón, Aristóteles, Alejandro Magno, Estrabón, Eratóstenes o Claudio Ptolomeo, por citar alguno, que, habiendo vivido varios siglos antes que él, sí tenían su lugar en la historia y en el conocimiento científico; o como el mismísimo Séneca, que había sido contemporáneo suyo y había dejado toda una obra para el resto de la humanidad.

Todas las referencias a su existencia eran los evangelios y la Biblia, pero ninguno de ellos tiene el valor de fuente histórica y están escritos por personas que nunca conocieron a semejante individuo.

Aclarado esto, he de confesar que no sé qué fue primero, si mi curiosidad inducida por la primera comunión de mi vástago o el inicio de los asesinatos.

Lo cierto es que desde hace unas semanas engullo con voracidad cualquier noticia o texto que al respecto caiga en mis manos: ensayos, novelas.

He visto películas, documentales… Pero ninguna explicación me convencía y, como ya he dicho, hablo del tema que me ocupa, la comunión de mi hijo Mario —su madre, Mariona, tuvo la deferencia de llamarlo como yo, aun habiendo permanecido ajeno al embarazo, parto y los primeros años de su vida debido a que por aquellas fechas ella cumplía condena en Wad-Ras, la cárcel de mujeres de Barcelona, gracias a mis pesquisas—, con cualquier persona que se me ponga a tiro, especialmente con Valentina, mi socia, amiga de tantos años y amante ocasional en algún momento de nuestro pasado común, que aguanta estoicamente todas mis peroratas.

Si las mujeres tienen un don especial para aguantar a pelmazos, Valentina se ha ganado un cum laude conmigo.

Un viejo refrán que aprendí hace mucho tiempo dice: «Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad».

Y el refrán se cumplió. Un par de semanas antes de la primera comunión de Mario, se presentó en mi despacho una mujer de mediana edad para contarme que su pareja había desaparecido.

Que usara el término pareja no me sorprendió demasiado: en los tiempos que corren, la gente ya no tiene marido, esposa, mujer o novio, ahora son parejas.

Pero por su austero atuendo y la ausencia de afeites, maquillajes o abalorios de otro tipo, concluí que aquella señora utilizaba el término con más precisión que otros que ni siquiera sabían bien su auténtico significado.

Marta, la señora desparejada, era una mujer guapa o, mejor dicho, muy guapa; su estatura debía de estar por el metro setenta, era delgada, aunque se le distinguían perfectamente las cadera y el pecho, pronunciaba perfectamente cada palabra, construía cada frase con el esmero de un académico de la lengua y, aunque no iba peinada de peluquería, llevaba la melena bien cortada, lo que inmediatamente me hizo deducir que no militaba en ningún partido político de corte progresista de esos cuyas mujeres se cortan el pelo al estilo hachazo.

Aunque por sus expresiones me parecía religiosa, no monja, desde luego —no creo que ninguna monja tenga el valor de denunciar que ha desaparecido su pareja, aunque fuera cierto—, me desconcertaba que tampoco dijera marido , que es algo más formal entre las familias religiosas.

Por otro lado, tampoco me hubiera parecido tan raro que una religiosa abandonase los hábitos por amor y se casase, pero estoy seguro de que en ese caso se habría referido al desaparecido como esposo o marido .

Acerté de pleno. Aquella educada señora había sido monja, pero en los albores del siglo XXI el amor se había cruzado en su camino y ahora era madre de dos hijos de distinto padre, convivía con un tercero y daba clases de Filosofía en un colegio católico de la ciudad.

Evidentemente utilizaba el lenguaje con la misma precisión que un cirujano el bisturí.

Precisamente la filosofía era la que la había unido a Geronimo Veselovský, el hombre cuya desaparición venía a denunciar, y con el que no había tenido hijos porque biológicamente ya era imposible.

—¿Veselovský? —pregunté un tanto desconcertado.

—Sí, Veselovský, con i griega y tilde, es de ascendencia yugoslava. De nombre Geronimo, con ge y sin tilde, aunque la pronunciación se ha castellanizado. Su familia murió en Bosnia a manos de los musulmanes, y los monjes benedictinos lo adoptaron.

—¿Tiene usted alguna sospecha de por qué ha podido desaparecer?

—Yo creo que todos esos crímenes recientes habidos en monasterios benedictinos lo han asustado.

Tengo que reconocer que oí aquella declaración como si fuera un sueño que se me hacía realidad.

—¿Qué relación puede tener él con esos sucesos, que aún no está claro que hayan sido crímenes?

—Lo son, señor Fergó, lo son. Geronimo lo supo desde el primer instante, no me pregunte por qué, pero él lo sabía.

Aquella aseveración me desconcertó. De momento pensé que la persona que tenía delante no se hallaba en sus cabales, quizá sufría una esquizofrenia que le hacía vivir en un mundo irreal. El estupor se tuvo que reflejar en mi cara porque inmediatamente ella me aclaró: