El informe Mancini CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

Drogas, fútbol y chatarra

Muy lejos de Roma, del Vaticano y de sus intrigas, en un barrio de aquellos —todos iguales, todos con nombres de santos o beatos y todos con los mismos sobrenombres: «las casas baratas», «las mil viviendas», «las dos mil» o «las seis mil», dependiendo del número de hogares que se hubieran construido— que tanto proliferaron por el territorio español entre los años cincuenta y sesenta del siglo XX, vivía Giovanni Amador, un chiquillo de once años cuyos días pasaban tranquilos.

Por supuesto, no era ajeno a la muerte del papa, sabía que era el segundo en un mes, pero aún estaba muy lejos de entender lo que aquella muerte podía suponer para la estrategia geopolítica mundial.

Giovanni Amador iba a un colegio cercano a su barrio.

Los vecinos los llamaban el Centro Piloto, aunque en realidad su nombre era Narciso Yepes, pero, como había una placa en la fachada que especificaba que era un centro piloto en educación, por el barrio en el que se hallaba, ese fue el nombre con el que pasó a la eternidad.

No obstante, el chico era un verso suelto en su entorno. Ni llevaba una navaja en el bolsillo ni una bolsa de pegamento en la cartera ni se juntaba con pandilleros para hacer incursiones en los barrios cercanos requisando por las bravas relojes, bicicletas o cazadoras a otros chicos de su edad.

Todos sus profesores comentaban con entusiasmo su evolución, la facilidad con la que captaba todo cuanto se le enseñaba, su predisposición a aprender, su amor por la lectura…

Todas aquellas facetas calaron tan hondo en el claustro de profesores que por unanimidad le propusieron entrar en un programa de niños superdotados.

Ni Rosario, su madre, a la que todos apodaban la Viuda porque lo era desde los dieciocho años, ni Sebastián Amador, su padre natural, que llevaba cuatro años en la prisión provincial de Sangonera, estuvieron de acuerdo y no lo permitieron.

Don Fulgencio, el párroco, un benedictino próximo a los sesenta años con una intuición psicológica muy afinada, forjada tras muchos años en misiones, conocía bien su parroquia y no fue ajeno a la situación de Giovanni.

Por su cuenta y riesgo decidió ayudar al muchacho y un día le abrió las puertas a su nutrida biblioteca, donde empezó a pasar muchas horas leyendo libros de aventuras, de viajes y de historia, de filósofos clásicos y modernos; libros que lo trasportaban a otros lugares y a otros mundos a bordo de «la nave del conocimiento». Así llamaba don Fulgencio a la cultura.

Como a todos los chicos de su edad, a Giovanni también le gustaba el fútbol.

Cada vez que se le presentaba la ocasión, jugaba algún partidillo en una explanada situada detrás de su bloque de vecinos.

Allí, junto a las chatarras de motos y coches que sus primos y vecinos —no quedaba bien definido dónde terminaban unos y empezaban otros— depositaban después de sus excursiones nocturnas por los barrios de la ciudad, allí imaginaba sus tardes de gloria en algún estadio de fútbol.

Algunas veces, muy pocas, la policía visitaba el barrio.

Entonces sus compañeros de juego salían corriendo sin motivo ni razón aparente, solo un instinto atávico los movía.

Giovanni no comprendía aquella actitud y siempre era el chico al que la policía pillaba y preguntaba, aunque nunca se lo llevaron, lo cual, a pesar de su temprana edad, despertó inmediatamente las peores sospechas de sus parientes.

Una tarde de aquel azaroso octubre de 1978, Giovanni no volvió a su casa después de pasar la tarde jugando en la explanada.

Rosario, su madre, no lo echó de menos hasta las ocho y media o nueve de la tarde, cuando su último amante, un hombre de otro clan que la ayudaba a salir adelante mientras Sebastián estaba en la cárcel, se marchó de su casa.

Salió a buscarlo inmediatamente, pero ya no quedaban niños en la calle.

Preguntó a un grupo de jóvenes que estaban sentados en un banco del parque más deteriorado que ojo humano haya visto jamás y bajo el cual se acumulaban varias botellas de cerveza, bolsas con restos de pegamento y alguna que otra jeringuilla, pero ninguno supo dar una respuesta coherente.

Solo uno de ellos, después de mucho dudar, se aventuró a decir que le había parecido verlo a la salida del colegio deambulando por los bloques de Ayuso, pero estaba achispado y Rosario no le hizo caso.

Volvió sobre sus pasos hasta el portal del bloque en el que vivían y llamó a varios timbres. Unos instantes después, un batiburrillo de voces —unas de niños, otras de mujeres y alguna de hombre, todas con el mismo acento calé— contestó a la vez. Rosario preguntó en voz alta y alterada:

—¿Está el Giovanni?

Los noes se fueron sucediendo y Rosario comenzó a gritar preguntando a la nada:

—¿Dónde está mi hijo, por Dios?

Unos minutos después, el desvencijado portal se fue llenando de vecinos en cuyos conciliábulos se daba por consumada la tragedia.

Todo el barrio estaba al cabo de la calle de que tanto ella como Sebastián, su marido, habían estado jugando con fuego: ella permitiendo sin recato alguno las visitas del Jano mientras su marido estaba en presidio a sabiendas de que ambos, marido y amante, pertenecían a clanes enemistados ancestralmente; él, Sebastián, su legítimo esposo, por haber delatado desde la cárcel a Jesús Heredia, un individuo mal encarado y violento al que todos conocían como el Camborio, uno de los traficantes de droga más potentes del barrio.

La intención de Sebastián no era otra que intentar reducir su condena y arreglar así las cosas con su mujer.

Se rumoreaba que, como consecuencia de aquella delación, la policía había podido detener unos días antes de la desaparición del chico al Camborio, hecho que realmente había sucedido.

Desde ese momento, todos esperaban la venganza de su familia, un desenlace violento, pues se daba por hecho que el clan de los Camborios no se iba a quedar de brazos cruzados.

Las mujeres empezaron a llorar contagiadas por los sollozos de Rosario mientras los hombres se reunían taciturnos sin querer mirarse a los ojos. Vecinos de bloques cercanos acudieron en multitud a ver qué se cocía.

— El Giovanni s’ha perdío —era la única expresión que destacaba entre la multitud silenciosa.

No hacía falta dar más explicaciones. Solo con oír aquella exclamación, hacía que todos enmudecieran, bajaran la mirada al suelo y lloraran impotentes.

Nadie llamó a la policía, aunque uno de los ancianos lo propuso.

Un vendedor de vasos, uno de los hombres más sensatos del barrio, se acercó a Rosario, la rodeó con sus brazos por los hombros y la condujo hasta el interior de una de las viviendas del bajo.

Rosario, sentada en un sillón de vinilo rojo, se deshacía en lloros y juramentos. Por la ventana sin persianas ni cortinas se asomaban algunos de los vecinos y a lo lejos se vieron aparecer los destellos azules de las luces de un coche de la policía.

—Habéis jugado con fuego —le recriminó Isabel, la mujer de Pencho.

—¡Calla, mujer! —le ordenó circunspecto este—. Lo más probable es que se lo haya llevado el Raimundo —añadió para tranquilizar a Rosario mientras reprendía a Isabel con una mirada de fuego.

Raimundo era el patriarca de la familia de Sebastián, su marido, y por tanto la autoridad reverencial de la familia paterna del niño.

—Está claro, Rosario —añadió otro gitano—. Raimundo no va a aguantar que el chaval se esté criando con el Jano mientras uno de los suyos, precisamente el padre, está en la cárcel.

La explicación, además de convincente, era la mejor de las suposiciones y, poco a poco, Rosario y otros de los presentes la fueron dando por buena.

Si era así, no había nada que temer: su hijo estaría en Alcantarilla con sus otros primos y allí nada le iba a faltar.

Sin embargo, sus temores abrían otro frente, el honor mancillado entre clanes se restituía siempre a punta de navaja, el Jano estaba en peligro.

No es que lo quisiera especialmente, pero no se había portado mal con ellos.

Entre todos los presentes, el Richar, el hijo mayor de Rosario, se abrió camino hasta el centro del comedor y alternando su mirada entre su madre y Pencho añadió:

— ¡ Ha venío la policía!

Todos se miraron entre sí.

—¿Qué le decimos? —preguntó otro de los presentes a Pencho.

—¡Na, no decirle na! —ordenó tajante.

Dos policías vestidos de marrón entraron sin pedir permiso. Contaban con la aquiescencia tácita de los demás, que, a su paso, se apartaban para franquearles la entrada hasta el atestado comedor.

—¿Qué ha ocurrido aquí, Pencho? —preguntó el policía más veterano.

— ¡ Na , señor agente! ¡La Rosario , que s’ha mareao en las escaleras, s’ha caío al suelo y s’ha liao el follón!

—¿Qué te ha pasado, Rosario? —preguntó el policía, que ya conocía a casi todos los gitanos del barrio y sus cuitas.

— ¡ Na …! ¡Que m’he mareao !

—Esto no tendrá nada que ver con el Jano y con el Sebastián, ¿verdad?

—¡Qué va…, señor agente…, na de eso! —terció Pencho—. ¡Lo que yo l’he dicho: un mareo…, ya sabe usted…, las mujeres!

—¿No estarás embarazada otra vez? —preguntó el otro policía.

No es que a él le importara especialmente la vida de aquella pobre mujer, pero, si lo estaba y el marido no había aparecido por allí, y sabiendo que un hombre de otro clan la frecuentaba, el trabajo de la comisaría se iba a complicar, y mucho. Los dos policías se miraron.

—¡Puf! —exhaló el primer policía previendo la cantidad de problemas y de alborotos que se le venían encima en aquel puñetero barrio del demonio.

Después abandonó el apartamento en silencio seguido de su compañero.

Al salir a la calle, el olor a cubos de basura sin recoger y la visión de las ropas colgadas en los tendederos improvisados en las ventanas no fueron un buen augurio.

Desde uno de los balcones próximos al coche, un vecino oyó al policía explicarle a su central:

—La Viuda…, una de las putillas del barrio, está embarazada y por lo visto le ha dado un mareo y se ha caído en la escalera, pero está bien.

Lo malo es que su marido es Sebastián… Está en la cárcel, sí…

Exacto, el que ha delatado al Camborio… Sí, sí…

Lleva dos años sin venir por su casa, cuando se entere, si es que no se ha enterado ya, no le va a gustar nada, y pertenece a un clan peligroso.

—OK. Permanezcan en la zona hasta que les llegue el relevo.

Jonathan, el segundo hijo de Rosario, oyó la conversación del policía y no le gustó que definiera a su madre como una putilla, pero no dijo nada. En una ocasión similar se había enfrentado a otro policía que había hecho un comentario parecido de su madre y del jetazo que recibió perdió dos muelas.

Juan de Dios, otro de los vecinos del barrio, entró en el comedor de Pencho cuando la policía ya se había ido. Traía el gesto descompuesto y tenía la tez pálida.

—¡El Curro no está! ¡ Ha desaparecío ! —dijo por todo saludo mirando a Pencho.

El Curro era el lugarteniente del Camborio. Que hubiera desaparecido la misma tarde que Giovanni no hacía más que confirmar las peores sospechas de todos.