El informe Mancini CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

Dos meses y medio antes

A nadie en el mundo le hubiera interesado que un anciano quisiera pasar unos días en la montaña junto a un bello lago, ningún periódico hubiera gastado una gota de tinta en contárselo al mundo, ninguna emisora de radio o televisión lo hubiera pregonado o retransmitido de no ser porque, para todo el orbe, aquel anciano era Pablo VI, el santo padre de Roma, y se dirigía al palacio de Castel Gandolfo, segunda residencia papal desde el siglo XVI, cuando el papa Urbano VIII empezó a frecuentarla.

Por su trayectoria vital, su manera de dirigir a la Iglesia y su actitud, no siempre honesta y digna, bien se podía suponer que su estado físico no era el más grave de los problemas que lo acuciaban.

Asumir que todas las oscuras maniobras, políticas y económicas, que había abordado durante los quince años que ya duraba su papado pronto saldrían a la luz para escandalizar al mundo entero no debía ser tarea fácil de digerir para el anciano obispo de Roma.

Presumir que todos los andamiajes que había construido se derrumbarían en apenas unos meses, quizá ni eso, en tan solo unas pocas semanas, no era el mejor compañero de viaje para quien ve pasar los últimos días de su vida.

Aun así, había decidido tomarse un descanso, necesitaba ahuyentar los fantasmas que le quitaban el resuello, la pasada primavera había sido la más aciaga de su vida.

La crisis que intuía había empezado a mediados de marzo con el secuestro de su amigo de juventud, Aldo Moro, líder del Partido Democristiano y, a la sazón, presidente de la República Italiana.

El rapto lo habían reivindicado las Brigadas Rojas, una sanguinaria organización terrorista marxista-leninista con posturas insurreccionales muy radicales, una escisión del Partido Comunista Italiano, al que consideraban demasiado moderado.

Aquel acontecimiento había mantenido en vilo a toda Europa durante cincuenta y cinco días, pero a Pablo VI le había afectado especialmente porque, desde su lugar de cautiverio, Aldo Moro se había dirigido a él directamente suplicándole que intercediera en el asunto o su vida habría llegado al final.

No era la primera vez en la historia en que un papa se veía sometido a una presión similar.

Pío XII ya había pasado por ese trance cuando la Gestapo hizo prisionero al profesor Giuliano Vassalli.

En aquella ocasión el sumo pontífice decidió implicarse, se entrevistó con la administración nazi y el reo fue puesto en libertad solo unas horas antes de que se formara el pelotón de fusilamiento.

Aquel sólido precedente obligaba a Pablo VI a implicarse en el asunto y suplicar a los captores la libertad sin condiciones del presidente de la República.

La carta se publicó en todos los periódicos y se difundió por todas las emisoras de radio y televisión del mundo con las consecuentes críticas: unos la encontraban demasiado blanda y otros, una intromisión innecesaria.

En un orden más reservado también emprendió otras acciones, entre ellas proponer a la organización el pago de un rescate.

El intento no resultó fructífero y el 9 de mayo el cuerpo de Aldo Moro apareció acribillado a balazos en el maletero de un Renault 4L.

En los días posteriores la humanidad pudo ver al papa, perceptiblemente arrebatado por los acontecimientos, presidiendo el funeral de su amigo en la catedral de San Juan de Letrán de Roma.

Muy posiblemente, nadie de los que lo rodeaban en ese momento y se apenaban al ver su decaimiento era capaz de imaginar los pensamientos que le atenazaban.

Solo él y quizá algunos de sus colaboradores más próximos podían intuir la catástrofe que se cernía sobre la Iglesia católica debido al momento crítico que sobrevolaba al Banco Ambrosiano, cuyo mayor accionista era el IOR, más conocido en los foros económicos como el Banco Vaticano, debilidad que inevitablemente lo llevaría a la quiebra y a la posterior divulgación de los comprometidos vínculos criminales de este con la Mafia y con la curia romana.

La muerte de Aldo Moro y las posteriores investigaciones, tanto judiciales como periodísticas, podían dejar al descubierto aquel oscuro entramado de corrupción y blanqueo de capitales que el anciano pontífice había construido.

En su imaginación debía ver las cabeceras de todos los periódicos del mundo publicando el escándalo del Vaticano.

Si en algún momento de aquella primavera el papa presumió que aquellos iban a ser sus últimos días, nadie lo supo, sin embargo, sucedió algo que dio que pensar a los que lo rodeaban que sí era así.

Aquel caluroso 14 de julio, a mitad de camino entre Roma y Castel Gandolfo, Pablo VI dio órdenes a su comitiva de que se detuvieran en la iglesia de San José, en la pequeña localidad de Frattocchie del municipio de Marino.

El templo guardaba los restos de su amigo y mentor, el cardenal Giuseppe Pizzard, el hombre de cuya mano había entrado en el Vaticano por primera vez cincuenta años atrás.

Nunca Pablo VI había detenido su viaje allí.

El hecho levantó algunas suspicacias entre los miembros de su séquito, pero solo cobro algún valor emocional unos días después, cuando falleció y todos se preguntaban si sería una premonición.

A primeros de aquel agosto, a pesar de su débil estado de salud —estaba cansado, sufría problemas respiratorios y necesitaba oxígeno—, el papa invitó a la residencia a Sandro Pertini, nuevo presidente de la República, y estuvo reunido con él en privado más de dos horas.

El domingo siguiente, 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, Pablo VI no se levantó de la cama, se encontraba demasiado cansado para ello.

Desde su lecho oyó la misa de la tarde y comulgó.

Después, sobre las seis de la tarde, sufrió un infarto agudo de miocardio y a las diez menos veinte de la noche falleció.

Intramuros del Vaticano, la cristiandad vivía una de las guerras más virulentas que jamás hubiera acontecido antes.

El día 26 —el segundo cónclave más corto de la historia y el que más obispos había congregado—, eligió papa a Albino Luciani, patriarca de Venecia, el tercero de ellos que alcanzaba tal honor y el más inesperado a la vez, pues de todos era sabido que los favoritos eran Giuseppe Siri y Giovanni Benelli.

El primero lo era por segunda vez. De hecho, se rumoreaba entre los muros vaticanos que en el cónclave del 58 ya había salido elegido.

Había hasta quien se aventuraba a asegurar que se había puesto nombre y todo; Gregorio XVII, pero que el régimen vaticano —nadie sabía quién imponía ese régimen— le había obligado a renunciar por temor a las represalias de los países del otro lado del telón de acero, dado su talante ultraconservador.

El cardenal Benelli, por el contrario, era todo un liberal declarado, gozaba del apoyo de los reformistas que habían alentado el Concilio Vaticano II y de los cardenales italianos, pero sus votos no fueron suficientes.

La tercera facción presente en el cónclave era la de los cardenales no italianos, un grupo cada vez más numeroso y con más peso específico en el panorama internacional, ellos también tenían su candidato: el cardenal Karol Wojtyła, pero su candidatura tampoco consiguió el respaldo suficiente.

Los comentaristas acreditados hicieron correr el rumor de que la extrema rapidez con la que se había solventado el proceso de elección era debida al enfrentamiento entre las distintas familias ideológicas del Colegio Cardenalicio, conclusión que, como toda teoría de la conspiración, también explicaba por qué había sido elegido un extraño con espíritu innovador cuya primera decisión ya resultó polémica, pues tomó el nombre de Juan Pablo I; era la primera vez que un papa se ponía un nombre compuesto y un adjetivo ordinal.

Hasta ese momento, sus antecesores habían utilizado nombres sencillos con un ordinal a partir del segundo para indicar el puesto que ese nombre ocupaba en la relación de papas, pero nunca al primero, pues este no necesitaba esa especificación.