El informe Mancini CAPÍTULO I
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El informe Mancini

El informe Mancini

Por Antonio Miguel Cascales

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CAPÍTULO I

Sin moneda para Caronte

No obstante, no se sentía derrotado. No era un hombre pusilánime ni se podía decir de él que no fuera constante ni tenaz; si sus contrincantes pensaban que iban a doblegar su voluntad, lo tenían claro.

Ni se había dado por vencido ni lo haría.

Tenía el propósito de seguir avanzando en su empeño y no cejaría hasta conseguirlo.

A pesar del agotamiento, la responsabilidad y su honor lo obligaban a trabajar aún un rato más, así que se llevó el trabajo a su habitación.

No es que todo su proyecto dependiera de su dedicación aquellos últimos minutos del día, pero de los treinta y tres días que llevaba desempeñando su nuevo cargo, del que siempre tuvo la seguridad de que le iba a durar poco, no le había sobrado ni un solo minuto, pero sabía que no tenía más remedio que seguir luchando, que no le quedaba otra.

«Humildad» era su lema y su objetivo llevarla de nuevo al seno de la Iglesia católica, e indudablemente conseguirlo exigía sacrificios.

Desde la austera ceremonia de su nombramiento al frente de la institución más grande del mundo, no había dado ni un solo paso en otro sentido, y eso le había granjeado la enemistad de muchos de los que le rodeaban que no deseaban tal cambio de rumbo.

No obstante, si algo tenía claro Albino Luciani era que el éxito no estaba previsto para los cobardes.

«Estos no me conocen aún —se decía así mismo—, no saben de mi determinación y arrojo; limpiaré el nombre de la Iglesia y devolveré al catolicismo la dignidad que tantos años de corrupción y oscuras finanzas le han robado.

La virtud mancillada del cristianismo se repondrá».

Ni su educación ni su temperamento ni su audacia por conseguir su propósito le permitirían rendirse.

Gracias a Dios, no todos lo rechazaban; una buena parte de los suyos en todo el mundo lo acogieron con entusiasmo.

No era el sector más poderoso de la institución, desde luego, pero sí el más cuantioso, honesto y sincero.

De ahí sacaba la energía que lo impulsaba a seguir adelante con las grandes reformas que tenía en mente.

Abordaba su objetivo con tanta decisión que ni siquiera se planteó continuar la agenda de visitas por el resto de las delegaciones que su antecesor, Pablo VI, había dejado por hacer.

«Si me he propuesto ser la antítesis de su gestión durante los últimos quince años, bajo ningún concepto voy a continuar por el mismo camino que él; si aún no se han dado cuenta, deberían hacerlo».

Cada vez que algún consejero le preguntaba por los viajes y proyectos por realizar, él respondía lo mismo: —Ya los hará el próximo, no os preocupéis.

—En privado, mirando fijamente a los ojos de su secretario personal, había llegado a decirle—: Yo me marcharé pronto, lo sé, también sé que me sustituirá aquel que estaba sentado frente a mí en el cónclave en el que yo fui elegido.

Entre las personas más cercanas a él se sabía que no era al único que se las había referido.

Había repetido tanto aquella frase durante aquellos días que resonaba incesantemente en los oídos de los más allegados.

Sin embargo, nunca pronunció el nombre del misterioso cardenal ni el motivo por el que no salió elegido, habiendo entrado en la Capilla Sixtina como el preferido de la curia y buena parte del clero; un misterio que se llevaría a la tumba.

Al entrar en la habitación, le sorprendió sobremanera ver que sobre la mesa del escritorio ya le habían dejado la bandeja con el Effortil que el médico le había recetado para contrarrestar su baja tensión, la jarra de agua habitual y el vaso.

«Esta mujer es un cielo», dijo para sí refiriéndose a sor Vincenza Taffarel, la monja que lo asistía desde hacía más de veinte años.

Por lo general, se lo solía servir unos minutos después de retirarse, pero en aquella ocasión la mujer se había superado.

Dejó sobre la mesita de noche los folios con las notas que pretendía repasar por enésima vez, las gafas y un lapicero.

Se desnudó lentamente, se puso el pijama, las zapatillas, y se acercó a la mesa donde yacía un cartapacio cerrado y la bandeja, se llenó el vaso con agua, vertió en él la cantidad de gotas prescrita y se las bebió de un trago.

Normalmente, el agua le disipaba el sabor amargo de las gotas, pero en aquella ocasión no lo hizo.

Se sirvió otro, bebió un trago y se lo llevó a la mesita a medio consumir.

Se sentó en la cama sin dejar de pensar en todo lo que iba a suceder al día siguiente tan pronto como el mundo conociera los cambios que tenía previstos.

Apagó la luz del techo y dejó encendida la de la mesita, más cálida y acogedora que la anterior. Se puso las gafas, cogió el manojo de folios, se reclinó sobre la almohada y comenzó a releerlos.

Apenas llevaba unos minutos leyendo cuando empezó a sentir un sopor inusual. Dejó las hojas manuscritas sobre las sábanas, se incorporó, puso un par de almohadones más sobre el cabecero para quedar más erguido, bebió otro trago de agua y se recostó de nuevo esperando haberse despejado.

En realidad no tenía nada pendiente por hacer, todo estaba decidido.

Más que otra cosa, lo que le interesaba era repasar el discurso que su secretario pasaría a la prensa al otro día, cuando la curia actual saltara por los aires.

No consiguió finalizarlo, una leve náusea se lo impidió.

Intentó incorporarse para no manchar las sábanas si vomitaba, pero el leve esfuerzo de separar unos centímetros la espalda de los cojines le consumió el poco resuello que le quedaba.

Alargó la mano lentamente hasta el vaso de agua que había dejado sobre la mesita de noche, lo cogió entre los dedos y, entre temblores, se lo llevó a los labios, bebió lo que quedaba en él y, con mucho esfuerzo, lo volvió a dejar donde estaba, luego se volvió a recostar.

Si alguna idea extraña se le pasó por la cabeza, nunca se sabrá. Aquel calvario de treinta y tres días acababa allí.

Pocos minutos después, entró sor Vincenza en la habitación con la bandeja en la que normalmente le servía las gotas para la tensión baja y la jarra de agua.

En apariencia, Albino ya dormía, no era lo normal, pero tampoco se sorprendió: con el ajetreo que llevaba últimamente, no era de extrañar que cayera rendido en la cama.

Se acercó a él para quitarle las gafas y los folios, y conminarlo a que se acostara mejor.

Fue en ese momento cuando vio el color violáceo de sus labios y se asustó.

Primero le tocó la frente, luego intentó tomarle el pulso, pero no se lo encontró; arrimó su oído al pecho del santo padre y exclamó: —¡Dios bendito, está muerto!

Sor Vincenza era enfermera de formación y automáticamente lo supo. No tocó nada, tomó de nuevo la bandeja que había llevado ella y se ausentó del lugar con los ojos inundados por las lágrimas y el convencimiento pleno de que alguien en el Vaticano había envenenado al papa.

Cualquier otra noche habría vuelto a su habitación, pero aquella no.

Salió de aquel pequeño apartamento por un pasadizo que comunicaba la estancia del papa con la calle.

Todos los papas de los últimos siglos habían disfrutado de aquel angosto pasillo para salir y entrar discretamente del Vaticano.

Había más, pero aquel era de uso exclusivo de sus santidades.

No tenía ninguna duda sobre lo que tenía que hacer a continuación.

Su prima Cinzia vivía en una comunidad pequeña cerca de la puerta de Santa Ana y tenía un vínculo especial con un médico.

Vincenza sentía la imperiosa necesidad de saber cómo había muerto Albino y no disponía de un solo minuto que perder: o lo averiguaba aquella noche o la incertidumbre la acompañaría toda la vida, pues bien sabía que si el santo padre había sido envenenado, como ella presumía, no habría autopsia, una premisa vaticana lo prohibía, y el homicidio quedaría sepultado por la curia vaticana.

Cinzia era una mujer próxima a la cincuentena, delgada, bajita, de facciones suaves y una faz dibujada dentro de un óvalo perfecto que le hacía parecer una niña.

Al principio se mostró reticente a colaborar, nunca había sido una mujer valiente y por nada quería verse involucrada en todo aquello que su prima le acababa de contar y que tan mal olía.

Sin embargo, era consciente de lo mucho que le debía a Vincenza y, tras un «no» rotundo, llegó la reflexión y al final se avino a avisar al médico que su prima le requería con tanta perseverancia.

La labor no era fácil. Sabía dónde vivía y cómo encontrarlo, pero necesitaba que alguien de suma confianza y ajeno al Vaticano fuera a por él.

Solo una persona de las que se le vinieron a la cabeza cumplía con los requisitos. Ni siquiera pronunció su nombre, tampoco quería implicarlo, pero Vincenza, que entendía sus prejuicios, le leyó la mente.

—¡No nos queda otra, Cinzia, tienes que llamarlo, por Dios! ¡Llámalo y pídele que lo traiga aquí como sea! ¡Tiene que ser antes del alba, Cinzia! ¡No podemos perder ni un minuto!