21
PATY
Salgo de su habitación indignada, dolida, destrozada, me visto en automático.
Saco el par de maletas con las que llegué, meto la ropa que puedo a prisa, temblando, sin entender del todo lo que está pasando, intento cerrarlas, pero las manos me tiemblan tanto que no puedo controlar mis movimientos.
Lloro desesperadamente con un dolor tan profundo que no me permite respirar…
intento controlarme, necesito salir de aquí, necesito salir cuanto antes, antes de que la poca dignidad que me queda, desaparezca.
Dejo en aquella habitación todo lo que me dio, la ropa, la laptop, ¡no quiero llevarme nada!, desde el celular hago una transferencia electrónica por el total del sueldo que he estado recibiendo hasta entonces por el pago que un día hizo por la casa de mi padre, ¡no quiero deberle nada!
Un momento después estoy dentro de la camioneta con Frankco conduciendo hacia la salida del Paraíso.
Las lágrimas se desprenden de mis ojos, giro el rostro para despedirme de aquella mansión, de aquel Paraíso en donde dejaba sonrisas, suspiros, anhelos, miedos, esperanzas, en donde conocí la gloria entre sus manos y el infierno en sus palabras, mi alma llora, se consume cual cigarro al viento… se vuelve cenizas.
Frankco: ¿Sabe a dónde quiere ir?
Paty: Lejos, Frankco, muy lejos. (Después de un rato en que maneja sin rumbo fijo, le pido que me lleve al aeropuerto, me he quedado con un poco de dinero, así que tomaré un avión comercial).
Frankco: El jet está listo y a su disposición.
Paty: No quiero nada más de él, ya me ha dado suficiente.
Frankco: ¿A dónde irá?
Paty: Lo más lejos posible de aquí. (Llegamos al aeropuerto e insiste en acompañarme a comprar el vuelo, mas no se lo permito, me asegura que puedo contar con él en cualquier momento y sé que lo dice de corazón).
Frankco: Tal vez un respiro de todo esto le haga bien, él no puede controlarse en este momento.
Paty: ¡Él me corrió, Frankco!
Frankco: ¡La ama!
Paty: ¡No, Frankco!, nada nos impide estar juntos, las batallas se luchan juntos cuando hay amor, yo le estaba dando todo de mí, pero su rencor pudo más que su cariño.
Frankco: Señorita…
Paty: ¡No digas más!, despídeme de Adele y, por favor, ¡cuídalo! Solo espero que termine su rehabilitación y que todo este infierno haya valido la pena.
Nos despedimos con un fuerte abrazo y, como un ente sin vida, reviso los vuelos sin saber a ciencia cierta a dónde ir, solo una persona aparece en mi mente…
«Ángel», al mandarle un mensaje, me llama de inmediato, diciéndome que por supuesto su casa es mía y que puedo quedarme con él el tiempo que sea necesario, así que compro el siguiente vuelo a Monterrey.
De alguna forma, logro apagar toda emoción en el transcurso del vuelo, hasta que al llegar y recibir el cálido abrazo de Ángel me rompo, ¿cómo puede doler tanto?
Llegamos a su casa que acababa de rentar, no tiene sala, así que vamos directo a su habitación.
Ángel: ¿Qué pasó? (No puedo contestar, lloro desconsolada entre sus brazos, mientras acaricia mi cabello en silencio). Desahógate, ya estás segura.
Caigo dormida en sus brazos, agotada por el llanto, mas no lo encuentro al despertar, es lunes, así que seguramente se ha ido temprano a trabajar.
Encuentro una nota en el refrigerador donde me dice que tome lo que guste y avisa que vuelve por la tarde.
Lo que menos tengo es apetito. La casa es pequeña con solo lo indispensable y eso excluye la sala, con una cocina integral, una mesa sencilla que hace la función de comedor, un par de habitaciones, sin embargo, solo hay una cama, en la que dormimos anoche.
He llegado a invadir el espacio que apenas está acomodando, aunque sé que no le importa, debo pensar en lo que haré, no tengo mucho dinero, estoy desempleada, sin casa y con el amor de mi vida odiándome.
Respiro profundamente para no volver a llorar, tengo los ojos hinchados, pero a decir verdad no puedo pensar en dar un solo paso, parece que mis fuerzas se han drenado con las lágrimas, así que regreso a la habitación, me meto entre las sábanas y me estremezco recordando sus palabras, su rencor, sufro al darme cuenta de lo fácil que ha sido para él sacarme de su vida, sufro pensando en su dolor.
Recuerdo las palabras de Frankco; «el Sr. no sabe perdonar», cuánta razón tenía, si no consigue terminar la rehabilitación, nada de esto habrá tenido sentido, ruego a Dios para que le dé fuerzas para seguir, al menos habrá valido la pena.
Cuando Ángel regresa por la tarde, me trae unas campechanas para cenar, un taco típico de aquí del norte del país, que sabe me gustan mucho.
Se basa en tortilla de harina, queso asadero, carne de res asada y carne de puerco condimentada.
No me apetece mucho, pero Ángel se da cuenta de que no he comido en todo el día así que insiste, hasta que le doy la primera mordida.
Mi estómago lo agradece, mientras cenamos, me cuenta su día en el hospital, aunque para ser sincera no puedo concentrarme mucho en la conversación.
Ángel: Mañana regresaré más temprano e iremos a comprar unas cuantas cosas, para que estés más cómoda.
Paty: Lamento mucho estarte incomodando, será mejor que mañana busque otro lugar…
Ángel: No lo digas ni de broma, acabo de rentar la casa, por eso no tengo gran cosa, pero de hecho me sirve mucho que estés aquí, así me será más fácil amueblar este lugar, confío más en tu buen gusto que en el mío. Prepárate, que mañana comenzamos con el cuarto de huéspedes.
Paty: No tienes que gastar tu dinero en eso, Ángel.
Ángel: Afortunadamente me ha ido bien y tengo un dinerito ahorrado precisamente para eso, por lo tanto, sin excusas ni pretextos mañana lo compramos, quizá se tarden unos días en traer las cosas, pero bueno, no será la primera vez que compartimos cama.
No me queda más que agradecer su gesto, no me apetece ir a ningún otro lado. No me pregunta nada más, ni al día siguiente que vamos a recoger una recámara, trata de animarme y hacerme reír, pero definitivamente yo no estoy en este mundo, mis pensamientos están con él, en el infierno, en el Paraíso.
Al regresar a casa y disponernos a dormir, no puedo contener un sollozo, me atrae hacia él en un abrazo cálido.
Ángel: Nadie merece tus lágrimas, pero dentro de poco, podrás dormir sin derramar una sola, ya verás...
Quiero creerle…
Paso los siguientes días de la misma forma, en un estado inerte, viendo pasar las horas recostada en cama, aferrada al eclipse que cuelga de mi cuello: “Porque desde que apareciste en mi vida te metiste por mis ojos, pero no sé en qué momento te metiste por mi piel y el resto de mis sentidos; porque ahora estás en mi alma, si es que tengo alma... porque te quiero y tu sonrisa se ha convertido en el sol que ilumina mis días y la maravillosa luna que controla la marea de mis noches.”
Esas fueron sus palabras cuando me dio este obsequio, tan diferente a “no iba a despedirte, sin usarte primero”, ¿cómo pudo cambiar tanto en tan solo unos cuantos meses? ¿Cómo pudo ser tan cruel?
Me torturo recordando los maravillosos momentos que pasamos juntos, los malos, anteriores al disparo, son opacados por las últimas semanas.
Salgo a dar de baja la cuenta bancaria, seguramente cuando se dé cuenta de la transferencia, querrá regresarme el dinero y no lo quiero, o quizá… no le importe.
No he hablado con nadie más, ni mi familia, ni el doctor Tarson, no quiero dar explicaciones de nada, solo quiero apagar el dolor que me consume.
Ángel: Te tengo una sorpresa, ¡nos vamos de vacaciones a Papantla! (Anuncia mientras brindamos con una cerveza el viernes que regresa del trabajo).
Paty: ¿De qué hablas? (No entiendo a qué se refiere).
Ángel: He trabajado muchas horas extras desde que entré a la clínica y tengo días para irnos de vacaciones a Papantla, tú siempre hablabas mucho de tu pueblito y siempre he querido conocerlo, así que nos vamos mañana, a menos, claro, que tengas otros planes.
Paty: ¿Estás hablando en serio?
Ángel: Por supuesto, nos iremos por carretera y como serás mi guía de turista, ve pensando a dónde me llevarás.
Está disfrazando sus verdaderas intenciones de distraerme y qué mejor que mi hermoso pueblo para eso.