TERRY #3
Paty: Solo lo estaba felicitando, consiguió un mejor empleo y… (Su entusiasmo me enerva, me acerco quedando a escasos centímetros de su rostro).
Terry: ¡Me vale madre lo que haya conseguido ese estúpido muerto de hambre!, no quiero escuchar su nombre.
Paty: Usted no me dirá con quién puedo o no hablar, y no permitiré que lo ofenda, solo porque no ha tenido una vida perfecta como la suya.
Terry: ¡¡¡Vida perfecta!!! ¿¡Le llamas a esta mierda, vida perfecta!?
Grito exasperado al tiempo que golpeo el manubrio de la bicicleta estática en la que se encuentra. ¡Mierda!, tengo que salir de aquí.
Subo a mi habitación a tomar una ducha que no ayuda en nada a relajarme, “vida perfecta”, he pasado la mayor parte de mi vida con dolor crónico y a eso le llama “vida perfecta”.
Ignoro su presencia en la habitación mientras me visto.
Terry: No te quiero ver en la oficina.
Bajo sin esperar respuesta, tomo un par de sorbos del jugo de naranja y le quito las llaves de mi auto a Frankco, mientras le ordeno que no me siga, me voy directo a la oficina, necesito quitarme de alguna manera la rabia que me quema y ya que no puedo hacerlo en el gimnasio, solo queda una opción.
Lía va saliendo de mi despacho con algunos documentos en mano, se sorprende al verme, pero me sonríe como de costumbre, es sexy y me gustan sus largas piernas, no respondo a su saludo, me agacho y la echó sobre mi hombro derecho.
Lía: ¡¡Sr.!! ¿Qué…? (La bajo presionando su cuerpo entre el ventanal y el mío, tiro de su cabello hacia un lado para lamer su cuello). ¡Sr., por favor! (Se retuerce entre mis manos, tiro de su blusa y los botones saltan, bajo las manos a sus caderas). ¡Sr., basta!
Terry: ¡Siempre te gustó duro y es justo lo que necesito ahora! (Recorro sus caderas y me pego a su cuerpo).
Lía: ¡No puedo, Sr., tengo pareja ahora!
Terry: ¡¡No me importa con quién te acuestes!! (Estoy a punto de meter la mano entre sus piernas).
Lía: ¡¡Deténgase, por favor!! (Exige en un grito. Me paralizo, la sujeto por ambos brazos mientras contemplo sus senos cubiertos de un blanco encaje).
Terry: ¿Vas a despreciar una buena cogida por un imbécil que no tiene por qué enterarse?
Lía: ¿Y Paty?
Terry: Yo no prometo lo que no doy.
Lía: Aun así, no puedo.
Terry: ¡Si meto la mano entre tus piernas y estás húmeda te voy a coger hasta que hagas retumbar los ventanales con tus gritos!
Lía: ¡Es Frankco! (¿¿Qué??, la suelto y doy un par de pasos hacia atrás, mientras ella se cierra la blusa sin botones).
Terry: ¿Sales con Frankco? ¿Desde cuándo?
Lía: Dos o tres meses. (Froto mi frente, las ganas que tenía de cogérmela desaparecen, ¿cómo no me di cuenta?).
Terry: A Frankco no le gustará que te haya arrancado la blusa, pide que te traigan una nueva.
Sale de mi despacho mientras yo armo el rompecabezas, ahora entiendo por qué cada vez que le gritaba él se ponía a la defensiva.
No me apetece pasar el resto de la mañana en estas cuatro paredes, así que reviso y firmo los documentos que Lía ha dejado en mi escritorio, al salir Frankco está frente al escritorio de Lía, la cual se cierra la blusa con una mano. ¡Mierda!
Se acerca a mí, está furioso, es la primera vez que lo veo así.
Lía: Espera, no me hizo nada.
Él no la escucha, si yo viera a Paty de esa forma tampoco lo haría.
Lo espero instintivamente en posición de combate, es lo que he estado deseando desde hace mucho y Frankco me lo está obsequiando.
Esquivo su primer golpe, Lía grita exigiendo que se detenga, esquivo un par de golpes más, la adrenalina inunda mi torrente sanguíneo. Mi jefe de seguridad es muy bueno, pero yo soy mejor.
Detengo un puñetazo y lo pateo en el pecho. De la pared con la que se estampa cae una pintura. Doy unos pasos atrás y entramos a mi oficina. Lía nos sigue exigiendo se detenga, pero sigue sin escuchar.
Me veo obligado a detener su siguiente golpe con el brazo izquierdo, el dolor me recorre el brazo al hombro y retumba en mi pecho, caigo en una rodilla, va a reventarme el rostro de una patada, pero alcanzo a detenerlo.
Salto y soy yo quien le voltea la cara de una patada, da algunos pasos hacia atrás.
Si estuviera en mejor condición, la fuerza del golpe en otro momento lo habría derribado. Mi asistente se coloca frente a él.
Lía: ¡¡Ya basta, Frankco!! No me hizo nada.
Frankco: ¿Traes la blusa desgarrada y no te hizo nada??
Lía: Lo conoces, sabes que no me haría nada. (Me observa aún con los ojos llenos de rabia, los cierra y se frota el golpe que acabo de propinarle).
Frankco: Déjanos solos. (Lía lo duda por un momento, pero asiento para que salga cerrando la puerta tras de sí). ¿Qué le hizo? (Exige, el dolor está a punto de doblarme, el combate ha llegado a su fin).
Terry: Llegué y casi le arranco la blusa, no sabía que salía contigo, cuando me pidió que me detuviera lo hice, fin de la historia.
Me sujeto el hombro y me inclino hacia adelante, el dolor es demasiado, Frankco busca en su saco las pastillas, pero niego con la cabeza, caigo de rodillas al tiempo que suelto un gruñido. La mano izquierda me tiembla, estoy sudando, la agonía del dolor parece desgarrarme.
Terry: Inyéctame.
Logro decir entre dientes, mientras me contengo para no gritar. Extrae de mi escritorio la inyección, coloca la liga en mi brazo mientras yo me aferro a la solapa de su saco para no caer, inyecta el líquido que quema mis venas, un ardor que resulta placentero, me quejo sin poder evitarlo…
Parpadeo para aclarar la imagen, estoy en mi oficina, recostado en el sofá, me siento un poco mareado con algo de náuseas, son los efectos que causan las inyecciones.
Frankco: Siga recostado, Sr.
Terry: ¿Me asfixiarás con un cojín?
Frankco: Lamento el arrebato de hace un rato. (Mi chica entra, se arrodilla a mi lado y desliza sus dedos entre mi cabello).
Paty: ¿Qué sucedió? ¿Cómo se siente?
Terry: No era necesario que la llamaras. (Dedico una mirada reprobatoria a mi jefe de seguridad).
Frankco: Fue ella quien llamó aquí.
Paty: Lamento mucho lo que dije en la mañana, pero, por favor, tiene que dejar de lastimarse, estuvo descansando los últimos días, y yo…
Terry: ¡Estoy bien!
Paty: ¿Qué fue lo que pasó? (Frankco baja la mirada, apenado).
Terry: Nada, Frankco me sedó como se lo pedí, son ese tipo de cosas que le pasan a las personas con vidas perfectas. (Añado sarcástico).
Paty: Lo lamento.
Luce apenada mientras intento incorporarme, logro sentarme sujetándome el hombro a la par que la oficina da vueltas a mi alrededor, después de un rato en que el mareo y las náuseas bajan, regreso a casa con Frankco y Paty pendientes de cada uno de mis movimientos.
El dolor es soportable gracias a la inyección que es bastante fuerte.
Necesito cambiar de actitud de alguna u otra forma, o me volveré loco, el dolor no desaparecerá y no quiero perderla.
Estoy molesto, no con el mundo como los últimos días, sino conmigo mismo, ha sido patética mi actuación al intentar combatir con Frankco, soy un puto chiste, del campeón de kung-fu, no queda nada…
PATY
Ha pasado una semana desde aquel día en que Frankco lo inyectó, ha estado tranquilo, aunque casi ausente, nunca me dijeron lo que sucedió, pero ya que Frankco lucía un golpe en el rostro, deduzco que nada bueno.
Es viernes, mas mi Sr. no sonríe, en otro momento estaría planeando salir a bailar, no hoy, está de pie en el quiosco del jardín, contemplando el atardecer con una copa de coñac en mano, me preocupa, me angustia y me duele verlo así.
Paty: Hoy se estrena la obra de Hamlet, ¿quiere ir? (Niega con la cabeza, da un sorbo a su copa, necesito sacarlo de aquí o en verdad se volverá loco). Sería bueno distraernos y la obra promete mucho. (Me observa por un momento antes de responder).
Terry: Debes estar aburrida, no hemos salido, pero tú eres libre de hacerlo, ve si gustas, que te lleve Jesse.
Paty: A mí me gustaría ir de su brazo.
Terry: Hoy no… Tal vez mañana.
La salida del sábado no llegó, la mayor parte del día la pasa en su despacho.
El domingo el Dr. Tarson avisa que vendrá a comer, me preocupa que tengan una nueva discusión, me angustia la actitud de mi Sr., creo que prefiero que esté molesto con el mundo, irritable, a esta indiferencia a la vida que está mostrando.
Comemos en calma, el Dr. Tarson lleva las riendas de la conversación hablado sobre la clínica hasta la sobremesa.
Dr.: Y bien, ¿cómo te has sentido?
Terry: Usted es el experto en la materia.
Dr.: ¿Has bajado el consumo de medicamento? (El Sr. observa fijamente su vaso de agua, sin responder). Si sigues en reposo, poco a poco… (Se levanta de la mesa, nos observa un segundo a cada uno y se despide fríamente). Terry, Terry, espera… (Continúa su camino sin voltear).
Paty: Necesitamos hacer algo, desde que fuimos a su revisión está mal, al principio quería arrancarles la cabeza a todos y ahora desde hace una semana es como si no estuviera, como si ya nada le importara.
Dr.: ¿Ha entrenado? (Niego con la cabeza). Al menos ha estado descansando.
Paty: No tiene opción, el dolor no se lo permite, ¿qué podemos hacer para ayudarlo?
Dr.: Nada, él conoce su única opción, si sigue en reposo en un par de semanas verá resultados, el dolor bajará un poco, quizás, no como antes, pero no será tan intenso como ahora.
Paty: Me preocupa mucho, no puedo seguir viéndolo así.
Dr: A mí también me preocupa, pero no es un niño, está haciendo lo que debió hacer desde hace mucho, ¡¡descansar!!
Los días pasan y su actitud no mejora, quiero sacarlo de ese estado indiferente, verle algún interés, pero nada, se centra solo en la oficina, su frialdad me congela el alma, no me mira, no hay frases lindas, ni miradas coquetas, la luz de sus ojos se apaga, lo veo contemplar el horizonte por el ventanal, como si añorara… su vida.
Tengo un error en la oficina, por un momento veo rabia en sus ojos y un segundo después, vuelve la indiferencia, nunca creí desear que me gritara, que explotara, en lugar del frío silencio.