El Infierno en el Paraíso 12
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TERRY

El concierto estuvo estupendo, sin embargo, el dolor en el hombro es intenso y no me dejó disfrutarlo como me hubiese gustado, aun así, la sonrisa de Paty valió la pena.

Una vez que le indico a Frankco que puede retirarse, me arrodillo frente a ella para descalzarla, la tomo en brazos sin importarme el dolor y sus protestas, quiero consentirla hasta en el más mínimo detalle, se lo merece.

Al entrar a la habitación me besa apasionadamente, con necesidad, puedo sentirla vibrar de deseo entre mis brazos, la deposito en nuestro lecho, desesperado me deshago de la camisa y los zapatos, necesitando sentir su cálida piel rozar con la mía.

Nos sentamos uno frente al otro en la cama, mi piel arde por la ausencia de su contacto, pero es mejor tomarlo con calma, me excita la forma en que recorre mi piel desnuda con la mirada, suelto la coleta que tiene en lo alto y su cabello largo enmarca sus femeninas facciones invitándome a tocarlo.

Lo acaricio, hundo la nariz en él llenándome los pulmones de ese adictivo olor a chocolate que tanto me fascina.

Recorro su cuello con un dedo de la misma forma que lo hice antes, sintiendo cómo contiene la respiración. Expongo uno de sus senos, succiono con fuerza la punta mientras ella enreda los dedos en mi cabello. Al terminar de degustarlo, continúo con el segundo.

Las notas en su garganta por la satisfacción que le provoco, no se hacen esperar.

Desato el nudo de su nuca, que mantiene el vestido en su lugar y cae al frente dejando expuestos ambos senos, cubiertos solo por las ondas de su cabello. La seguridad de su mirada y, contemplarla con la piel blanca sonrosada por la excitación, me vuelve loco.

Tomándola de la mano la guío para que baje de la cama conmigo y así poder deslizar el vestido por sus caderas.

Solo una tanga de encaje blanco cubre su gloriosa desnudez.

Me tomo mi tiempo para observarla mientras me quita el pantalón y el bóxer, me observa con deseo y eso hace que mis pelotas se contraigan.

Deslizo por sus piernas la última prenda que nos separa, al enderezarme no puedo evitar pasar la nariz por su entrepierna para llenarme con su olor.

Recorro sus piernas con ambas manos desde los tobillos hasta las caderas, la siento vibrar cuando deslizo mi lengua entre sus pliegues y un gemido es expulsado sin ningún pudor de su garganta.

Le gusta que lo haga y a mí me vuelve loco su sabor, su olor, su disfrute.

Antes de hacerla terminar me detengo, se recuesta boca arriba y devoro hambriento los huesitos de sus caderas.

Subo por su abdomen, me deleito nuevamente con sus senos.

Terry: ¿Quieres que me hunda en ti? (Asiente en respuesta). Quiero escucharte, nena.

Paty: Quiero sentirlo dentro de mí, mi Sr.

Respondo entre gemidos. Me arrodillo entre sus piernas, levanto sus caderas y la penetro lentamente separando sus pliegues húmedos, disfrutando centímetro a centímetro de su calidez, de su opresión, al tiempo que yergue la espalda al recibirme.

Nuestros gemidos de placer inundan la habitación.

Empujo con fuerza al llegar al fondo. El choque de nuestra piel sensible me estimula a querer más y más de ella.

Una vez en el fondo empujo con fuerza queriendo perderme en su interior.

Terry: ¿Vas a mojarme, nena?

Paty: Sí… sí. (Gimotea).

Terry: Como siempre lo haces, ¿verdad?

Paty: Sí… Pero quiero sentirlo.

Terry: Siénteme, nena. (Digo entre dientes empujando con fuerza, se levanta recargándose en los brazos, clavando la mirada en mis ojos llenos de desesperación por las sensaciones).

Paty: Quiero que termine conmigo.

Terry: Nena…

Paty: Quiero sentir cómo se estremece entre mis piernas. (Su mirada lujuriosa y sus palabras calientes me están haciendo perder el poco autocontrol que me queda).

Terry: Nena… no…

Paty: Quiero sentirlo derramándose en mi interior.

Terry: Demonios… nena… (Nuestros gemidos y caderas aceleradas me acercan más y más al éxtasis, intento mantener el ritmo sin descontrolarme, pero es imposible).

Paty: ¡¡Quiero sentirlo!!

Terry: No puedo más, nena… (Me cierno sobre su cuerpo, levanto una de sus piernas para que me rodee con ella la cadera, con una mano sujeto su trasero y con la otra su nuca, dejando nuestras miradas fundirse). ¡Mójame, nena, mójame!

Nuestros gemidos retumban en la habitación, empujo con fuerza y desesperación. Nuestros músculos se contraen, los espasmos en su interior me succionan. Me derramo entre gemidos, explotando de placer…

Permanezco inmóvil en su interior por un momento, disfrutando de su imagen, beso su frente, nariz y boca. Observo cómo su respiración agitada se acompasa con la mía, pego mi frente a la suya, sin querer salir de ella.

Prometí no terminar hasta que no estuviera segura de lo que me hace sentir, pero no pude resistirme.

Terry: Nunca había perdido el control… (Sus manos recorren con suavidad mi espalda, me gusta la sensación de sus caricias).

Paty: Lo necesitaba.

Terry: Sí, pero…

Paty: Nunca he estado más segura de lo que siente por mí y me gustó sentirlo así.

Terry: ¿Desesperado?

Paty: Aliviado por llegar al clímax en mi interior.

Nos fundimos en un largo beso, en el que le entrego con gusto mi voluntad.

Paty no escucha el despertador, está agotada y, para ser sincero, yo también. El dolor en el hombro me despertó un par de horas después de quedarme dormido. Me desayuno una pastilla, me visto y salgo a correr con Toretto.

Me arde la sangre al recordar a Paty en brazos del imbécil de Ángel, ese estúpido fue el culpable de que la atacaran, si él no la hubiese dejado salir sola esa madrugada, nadie la hubiera maltratado de esa forma.

Llego a casa con la mandíbula y los puños apretados, con ganas de romperle los huesos y destrozarle la estúpida sonrisa.

Paty: ¿Fue a entrenar? ¿Por qué no me despertó para vendarlo? (Pregunta aún somnolienta, estoy adolorido, agotado y furioso).

Terry: No era necesario.

Me meto directo a la ducha, necesito relajarme e intento hacerlo bajo el agua tibia, pero el maldito dolor no cede. Al salir me siento frente al tocador y Paty comienza a colocarme la pomada, lo que es un alivio, el maldito dolor es intenso, ¡demonios!

Paty: ¿Está todo bien?

Terry: ¿Por qué no habría de estarlo?

Paty: No lo sé, por eso pregunto.

No respondo, espero en silencio a que termine de colocar el vendaje, ella no tiene la culpa de mi malestar, ayer fue su cumpleaños y me abstuve de romperle la cara al imbécil de su amigo, un amigo el cual ella cree que la salvó de ser violada, cuando en realidad fue él, el culpable de su ataque.

Terry: No es necesario que bajes a desayunar conmigo, duerme, avísame cuando salgas de casa, Jesse te acompañará.

Paty: Al menos dígame qué lo puso de mal humor. (Me acerco a ella y mirándola fijamente a los ojos para que no le queden dudas de mis palabras, aclaro).

Terry: No quiero que el imbécil de Ángel ni ningún otro vuelva a tocarte, ¡eres MÍA! ¿Te quedó claro? (Sonríe, se atreve a sonreír mientras yo estoy que me lleva el demonio).

Paty: ¿Celoso, mi Sr.? (Pregunta en tono juguetón, provocando que mi ira se desboque).

Terry: No digas idioteces, me contuve ayer, pero no volverá a correr con la misma suerte, así que si lo aprecias tanto como dices, asegúrate de que tenga las manos alejadas de ti.

(Intenta discutir, mas no se lo permito).

De ti depende de que salga entero del Paraíso; te veo a la una, junto con los demás.

Desayuno sin muchas ganas, es de esos días en que hasta el zumbido de una mosca me haría explotar.

Lía: Buenos días, Sr. (¿Qué tienen de buenos?, su minifalda y su sonrisa no me distraen de la furia que siento, voy directo a mi despacho, pero antes de cerrar la puerta alcanzo a escuchar…). ¿Qué le pasó?

Le pregunta a Frankco, regreso enardecido y prácticamente gritando, a escasos centímetros de su rostro, le respondo.

Frankco se acerca demasiado a nosotros, alerta ante mis movimientos, «¿qué carajo le pasa a todo mundo?», me giro para encararlo.

Terry: ¿Qué pendejada crees que estás haciendo? El Sr. aquí soy-yo, que no se te olvide, Frankco, no hagas que cambie el concepto que tengo de ti, mira que no estoy buscando quién me la hizo, sino quién me la pague.

Frankco: Sí, Sr.

Responde entre dientes, con la mandíbula apretada y la mirada desafiante.

La sangre me arde de rabia y el dolor aumenta con él. Froto mi frente, necesito tranquilizarme o haré una pendejada. Respiro profundamente en varias ocasiones, «¿qué me está pasando?».

Me pierdo entre la documentación pendiente y así logro distraerme un rato. Los chicos insistieron en comer un menú de Adele, y el Doc nos acompañará, lo que me falta, al Doc estudiando cada uno de mis movimientos.

Todos están reunidos en el jardín al llegar a casa. Paty se acerca a darme un beso; mientras saludo al resto pido un coñac, necesito algo fuerte.

Me divierto el tiempo que paso con los chicos, no obstante, esta ocasión prefiero estar en mi habitación a oscuras, sin tener que fingir el sentirme bien, el maldito dolor no disminuye, tengo todo el día así, ¡me estoy volviendo loco! Y ese imbécil se desvive en atenciones con Paty.

Dr.: Terry… Terry… (Sin darme cuenta, dejé la mirada fija en mi bebida, tratando de no perder la compostura y fingir lo mejor posible). ¿Te encuentras bien? (Levanto la mirada, todos me observan, el rostro de Paty refleja una clara angustia. Sonrío lo mejor que puedo).

Terry: Sí, claro, me quedé pensando en un negocio que me están proponiendo, ¿qué me decían? (Hago un ademán con la mano restándole importancia, trato de concentrarme en la conversación, pero el dolor es demasiado, estoy transpirando, no podré seguir disimulando).

Carlo: Bueno, ¡hora de jugar! (Señala entusiasmado).

Nois: Pensé que nunca lo dirían.

Excelente, tal vez romperle los huesos a Ángel aliviará mi dolor, le pido a Frankco que traiga el ovoide de fútbol americano. Nos dirigimos a un lado de la alberca, ese espacio es lo suficientemente amplio. Nos dividimos en dos equipos.

Equipo 1: Dereck, la pelirroja, Paty y yo.