TERRY #2
Terry: ¿Ya le avisaste a tus amigos que están invitados para tu cumpleaños?, falta poco y los chicos están más que apuntados.
Paty: Sí, hablé con ellos en la tarde.
Terry: Bien, que te digan qué día y a qué hora quieren el jet.
Paty: Muchas gracias, mi Sr.
Terry: No tienes nada que agradecer, hermosa, ahora ven acá, necesito mi medicina.
La guío para sentarla en mi regazo y besar su cuello al tiempo que acaricio su espalda, sin embargo, no la siento relajada como de costumbre en nuestros momentos de intimidad.
Intento averiguar qué sucede, pero asegura que todo está bien y empiezo a hacer memoria rápidamente; no tiene el período, no discutimos, nos divertimos toda la noche, tal vez alguien la molestó y no me percaté.
Detengo mis atenciones y centro mi mirada en la suya.
Terry: Vamos, nena, dime qué pasa.
Paty: Nada, solo estoy cansada. (Hace el intento de besarme, pero soy yo quien con sutileza se aparta).
Terry: No, no lo estás, tu cuerpo está conmigo y disfrutando, puedo sentirlo, pero tu mente… Dime qué está pasando por esa loca cabecita, ¿te preocupa algo?
Paty: Es que… Tiene semanas repitiendo algo y no deja de darme vueltas en la cabeza. (La animo a continuar con la mirada). Que soy su medicina. (Sigo esperando que llegue al punto). ¿Usted se acuesta conmigo, solo para aliviar su dolor?
Me congelo al escuchar sus palabras, su mirada refleja vergüenza y espera una respuesta.
Pero ¿cómo demonios puede preguntarme algo así?
, ¿qué hice mal con ella?, creí que todo iba bien, estuve controlando mi carácter, le demuestro en cada momento lo mucho que la quiero o al menos eso intento.
Siempre he sabido tratar a una dama, soy un maldito genio al momento de hacerlas sentir de la realeza, soy experto en llevarlas al clímax, sin embargo, al parecer no tengo la menor idea de cómo demostrarle que la quiero.
Acaricio su mejilla y cierro los ojos, confundido.
Terry: Me equivoqué. (Me levanto lentamente y deposito un beso en su frente). Descansa.
Salgo de la habitación dirigiéndome al jardín, al llegar me recargo en el quiosco a contemplar la plateada luna reflejada en el mar.
Sus palabras se repiten en mi cabeza una y otra y otra vez: «¿Usted se acuesta conmigo, solo para aliviar su dolor?
». ¿Cómo demonios puede preguntarme algo así?
, quizá no he sabido demostrarle cuánto la quiero, tal vez soy incapaz de hacerlo.
Cada noche me he deshecho en caricias, en mimos, creí que teníamos una conexión más allá de lo carnal, pero si así fuera no habría preguntado tal cosa.
Una sensación que no recuerdo haber experimentado antes me martilla el pecho; me derrumba que no reconozca lo mucho que la quiero, que crea que la utilizo como si fuese una muñeca inflable.
Nunca he hecho tal cosa, ni siquiera cuando me he llevado a una desconocida a la cama, mi prioridad siempre ha sido deleitarlas y ella.
Paty: Sr… (Inmiscuido en mis pensamientos no la escuché salir, está un paso tras de mí, no giro para verla, no tengo claro qué decirle, no tengo claro lo que siento.
No estoy molesto, ella no tiene la culpa de que yo no sepa demostrarle mi cariño.
El dolor en mi hombro aumenta al igual que la opresión en el pecho, en el alma, lo único que he conocido por años es dolor, dolor y rabia). Sr…
Terry: Sube a dormir, Paty. (Intenta discutir, pero no se lo permito). Es una or-den.
Lo digo lo más sereno y tranquilo posible. Escucho sus pasos alejarse… Continúo contemplando mi Paraíso, ese que se ha iluminado con su llegada, con su sonrisa.
¿Cómo va querer quedarse al lado de un tipo enfermo que ni siquiera sabe demostrarle su cariño?
No sé cuánto tiempo estoy divagando, recordando desde que salió tras la espalda del Doc vestida con tenis la primera vez que vi sus torneadas piernas, la primera noche que caminamos juntos, lo nerviosa que estaba la primera vez que la llevé al teatro, nuestro primer baile, sus pinturas, la semana que pasamos juntos en la Ciudad de México, los museos que visitamos, la ópera, los besos que me consumían por dentro, mis manos que ardían por tocar su piel, la maldita tormenta que nos dejó atrapados en la isla, su confesión, la noche que me dio el privilegio de hacerla mi mujer, la pelea que tuve con el Doc…
Me he desvivido por ella… ¡No es posible que no se dé cuenta!
Me sujeto el hombro, ni siquiera me había percatado, el dolor me está matando, necesito mi medicamento con urgencia.
Al regresar a casa me encuentro con Toretto echado a unos pasos atrás de mí, tampoco me di cuenta cuando llegó, le doy unas palmadas en la cabeza antes de entrar a la casa.
La habitación está a oscuras, se encuentra acostada, parece dormir.
Me acerco a mi buró y tomo una pastilla, cerrando los ojos echo la cabeza hacia atrás, es de esos momentos en que deseo que la pastilla sea mágica y haga efecto en segundos.
Me siento con cuidado en la cama para no despertarla, sin éxito.
Se recarga en la cabecera mientras me recuesto tratando de no lastimarme.
Paty: Sr…
Terry: Duerme.
Paty: Por favor. (Añade con voz suplicante).
Terry: Ahora no, duerme.
No responde, simplemente se acomoda entre las sábanas boca abajo, justo a mi lado, pero sin llegar a tocarme, su presencia es cálida y al mismo tiempo parece existir una barrera fría entre nosotros.
Salgo a correr y al regresar la encuentro sentada en la cama.
Paty: Me hubiera despertado para ponerle el vendaje.
Terry: No era necesario. (Se levanta de un salto de la cama para ir tras de mí al cuarto de baño).
Paty: Sí, lo era, ¿podemos hablar ahora?
Terry: No.
Me meto bajo la regadera, el dolor aumenta a intervalos, no descansé lo suficiente anoche y, por otro lado, tiene razón, necesitaba el maldito vendaje. Intento relajarme sin éxito, es imposible sabiendo que me espera afuera y lo que menos necesito ahora es otra discusión.
Al salir, la encuentro esperándome, con un short pequeñito morado y una blusa de tirantes a juego, simplemente hermosa…
Paty: ¿Me deja ponerle la pomada al menos?
No puedo negarme, la necesito. Tomo asiento, el contacto con el ungüento es refrescante.
Evito su mirada frente al espejo y al terminar tomo una pastilla del buró, me observa atentamente, puedo sentir su mirada penetrante clavada en mi espalda.
Me recuesto y se acerca para sentarse a mi lado en la cama.
Paty: ¿Podemos hablar ahora?
Terry: No. (Respondo secamente).
Paty: ¿Por qué no?
Terry: Porque necesito descansar y no quiero discutir.
Paty: Yo tampoco quiero discutir y lo necesito a usted. (Me incorporo y una fuerte punzada me atraviesa el hombro).
Terry: ¿¿Me necesitas?? ¿¡A mí!? ¿Al tipo que ha tratado por todos los medios de demostrarte cuánto te quiere y aun así te has sentido utilizada todo este tiempo?
Paty: ¿Qué? No, Sr., yo…
Terry: Aún no tengo claro si yo no he sabido demostrártelo o tú no has sido capaz de verlo, pero hablar en este momento es una de tus peores ideas, ¡así que déjame descansar que el maldito hombro me está matando!
Sus pupilas se inundan, pero mi rabia y dolor nublan la ternura que en otro momento me hubiera provocado. Veo cómo una lágrima rueda por su mejilla mientras se aparta y sale de la habitación al tiempo que yo me recuesto esperando que la maldita pastilla haga efecto.