El imperio mágico: Ciclo Transformación. Libro 1 (Crónicas hechiceras 4) Capítulo IX
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Capítulo IX

Eran apenas una decena de chozas ; la mayoría, destruidas. Ni cincuenta personas vivían allí y casi no contaban con medios para subsistir; sin embargo, se negaban a abandonar sus hogares o mudarse a un sitio con magia. Ektor no fue bien recibido, así que acampó a cierta distancia de las casas.

—Viviane —susurró mientras contemplaba los ranchos.

Quizás ella había pasado sus últimos días en uno. ¿Por qué Viviane no lo había contactado? Durante su pesquisa, él debió de visitar esa aldea al menos una vez. Suspiró. No lo recordaba, todos los pueblos lucían muy similares.

—¿Por qué, Viviane? —preguntó Ektor—. Te hubiera ayudado, sin importar quién fuese el padre.

—Un dragón se lo llevó volando.

—¡Y a ella también! —gritó otro chico.

Ektor asintió.

Después de varios días, logró que algunos aldeanos le hablaran, pero solo consiguió historias extravagantes.

—Gracias. —Les sonrió a los niños y continuó su marcha por el yermo pueblo.

Frenó al arribar a uno de los límites. Desde ahí, distinguía el valle de la última pelea donde…

—Hazte a un lado o ayuda —gruñó a sus espaldas una mujer.

Ektor giró y, al notar que la extraña tiraba de un carro con escasos bártulos, la auxilió.

Ella no habló de nuevo hasta que llegaron a una choza semiderruida. Un delgado caballo merodeaba cerca de una diminuta huerta.

—Lo que buscas ya no está aquí —expresó la lugareña, sin mirarlo, mientras ordenaba los pocos enseres.

Él vaciló.

—Ni dragón, ni hechicera, ni bebé —agregó ella.

Ektor inspiró.

—¿Los viste?

La mujer se encogió de hombros, todavía sin mirarlo.

—Ella permaneció acá durante el embarazo, del dragón solo vi sombras. —Agitó la cabeza—. Un día, ella se esfumó. Cuando la encontramos, estaba muerta y el bebé, desaparecido. —Escupió hacia un costado—. Nadie sabe nada más, solo que la magia crea problemas.

Él apretó los labios.

—Gracias —murmuró tras lograr contener la emoción que lo llenaba—. ¿Podrías indicarme dónde la hallaron? —Titubeó de nuevo—. ¿La enterraron?

—Quemamos el cuerpo —gruñó la mujer y señaló en dirección opuesta al valle—. Hacia allá.

—Gracias —repitió Ektor e inició la marcha.

Las horas pasaban sin que encontrara nada, pero siguió caminando. Cada tanto, ojeaba el cielo en busca de sombras y a veces creía…

Sacudió la cabeza.

No paró hasta el anochecer, cuando se sentó y frunció la nariz. Si continuaba por aquella ruta, pronto arribaría a la frontera.

«¿Y si Viviane dejó al niño en otro territorio? ¿Cómo podría hallarlo?».

Reflexionó hasta que amaneció. Al final, decidió arriesgarse a cruzar y, al menos, examinar la zona.

Sin embargo, antes de llegar al límite, se topó con un grupo de soldados. Por suerte, logró ocultarse a tiempo. Primero creyó que pertenecían al Imperio, luego notó las banderas y las armaduras: correspondían al reino de Morold.

«¿Qué hacen en este lado de la frontera? ¿Desde cuándo están aquí?».

Ektor se escondió en las cercanías del campamento militar y los observó por unas jornadas, no lucía como una operación nueva ni espontánea. ¿Poseerían cómplices en su gobierno?

«¿Quiénes? ¿Magos, civiles, el ejército? ¿Todos?».

Suspiró. Aunque estaba casi seguro de la lealtad del general hacia el Imperio, resultaba tan difícil confiar en las personas del palacio…

«Si se enteran del bebé de Viviane, asumirán que es mío y…».

Apretó las mandíbulas. Debía encontrarlo a como diera lugar.

Sin embargo, en ese momento, tenía que retornar a la capital y preparar las defensas, con probables traidores a su alrededor. Rechinó los dientes, odiaba que siempre lo forzaran a…

Inspiró y relajó los puños.

«¿Por qué nunca puedo dedicarme a lo importante?».

Suspiró e inició su marcha. Por suerte, él viajaría a una velocidad superior a la de un ejército.