El imperio mágico: Ciclo Transformación. Libro 1 (Crónicas hechiceras 4) Capítulo X
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Capítulo X

Tardó más de una semana en arribar a la capital y casi dos días para ingresar en ella. El caos inundaba la periferia; sobre todo, disturbios entre civiles y soldados. Llamó su atención la completa falta de brujos; incluso notó que varios edificios precisaban cuidado mágico.

Ektor se apresuró hacia el palacio y utilizó un acceso secreto conocido solo por él; al menos, así lo esperaba.

Cuando llegó a sus aposentos, los halló ocupados.

Por suerte, el hechicero usurpador, uno de los asesores, en aquel momento, dormía.

Ektor lo atrapó en un sortilegio y después lo sacó de la habitación para ocultarlo en otra.

Luego vaciló. Debía alertar al general, pero ¿podía confiar en él?

Divagó por el cuarto unos minutos y, al final, decidió comprobar si Lunet había despertado. Anhelaba que ella aún fuera una aliada. Tras fallar con sus encantamientos, la había reubicado no muy lejos de ahí.

Halló esa pieza vacía. Estaba a punto de abandonarla cuando sintió que un hechizo lo llamaba desde el escritorio. Se arrimó con cautela y pasó la mano por encima de los papiros sin tocarlos. En algunos, surgieron letras antes ocultas.

Titubeó y releyó el mensaje varias veces. Después miró alrededor.

Inspiró. Sus opciones eran escasas. Agitó la cabeza y salió del cuarto.

Sabía hacia dónde ir, pero ignoraba lo que encontraría allí.

Apretó los labios mientras se aproximaba a los sótanos y resistió las ganas de chequear si los magos encadenados seguían ahí.

Giró hacia la izquierda para continuar bajando escaleras hasta llegar a una pieza de suministros.

Entonces, lanzó un sortilegio sobre una pared y aguardó.

Luego de unos minutos, diversas piedras rotaron y surgió una rendija. Ektor encajó las mandíbulas antes de escurrirse dentro.

Se topó con Lunet, así como varios brujos y civiles, solo un par pertenecían a los consejos. También estaba el general, herido.

—¡Por fin! —exclamó Lunet y se acercó a Ektor—. Ya comenzábamos a creer que habías muerto.

Ektor inspiró.

—¿Cuál es la situación?

Lunet narró lo sucedido durante su ausencia. Si bien a él ni siquiera le sorprendieron las personas involucradas, aún no comprendía qué ganaban. ¿Más poder? ¿Para qué?

Ektor sacudió la cabeza.

—¿Cuántos de nuestro lado?

—Menos de la mitad —contestó el general y se aclaró la garganta.

Ektor estudió al militar.

—¿Qué pasó con los soldados?

—Algunos fueron engañados, manipulados con magia; varios desertaron por voluntad propia —dijo el hombre.

Ektor suspiró y se frotó la cara.

—Tenemos otro problema. El reino de Morold invadió el Imperio.

—¿Qué? —reaccionaron unos cuantos a la vez.

—Un ejército bastante considerable acampa en nuestro lado de la frontera.

—¿Ubicación? —indagó el militar.

Ektor vaciló, renuente a especificar dónde había estado.

—¿Quién lidera cada zona? —le preguntó al general.

El hombre gruñó una lista de nombres e indicó cuáles desertaron.

Ektor se pasó la lengua por los labios y luego refunfuñó:

—De acuerdo… Hay algo… —miró de reojo a Lunet—, pero es riesgoso.

—No tenemos opción —expresó ella.

Durante una semana , Ektor ejecutó hechizos atados a su encantamiento de bloqueo, el cual debió compartir con los otros magos.

Varios desfallecieron por el esfuerzo; sin embargo, lograron recuperar el control del palacio y la capital.

Una gran área de la ciudad quedó destruida; el general perdió a muchos de sus hombres.

—No estaremos listos para cuando las tropas de Morold lleguen —informó el militar en la primera reunión tras la batalla.

Ektor apretó las mandíbulas.

—Si posees otro as en la manga —habló Lunet—, ahora es el momento.

Ektor se mordió el labio y después maldijo por lo bajo.

—Ya regreso —anunció y fue a su habitación.

Extrajo un abultado libro de un lugar secreto, una recopilación de todos los hechizos prohibidos, y retornó a la sala.

Puso el volumen sobre una mesa y paseó la mirada por los escasos brujos presentes.

—Esto nos costará el alma —dijo.

En menos de un mes , si bien consiguieron echar a los invasores, la capital quedó arrasada casi por completo y el ejército, diezmado. Durante la reunión diaria, un mago que estudiaba el libro prohibido señaló una hoja.

—Podría ser una solución —murmuró.

Ektor reprimió las lágrimas, ese tomo compilaba todos los errores que debían evitar, pero ya no había vuelta atrás. Inspiró y se acercó al texto.

—De acuerdo —gruñó después de leer el sortilegio—. Lo haremos luego de la coronación.

Cuando la sesión terminó, Ektor se aproximó a una ventana para contemplar la devastada ciudad. Una sombra oscureció el cielo y él suspiró. Ahora que había abrazado su puesto de Emperador, resultaba vital hallar al bebé de Viviane.