Capítulo VIII
Tardó más de lo planeado en arribar al valle donde, junto a Viviane, habían defendido al último reptil fabuloso y ella…
Luego de esa batalla, Ektor la buscó durante largo tiempo.
Aunque parecía haber ocurrido siglos atrás, no habían pasado ni veinte años.
Viviane hubiera estado de acuerdo con el general.
Quizás no debió abandonar la capital en una fase tan caótica, pero ignoraba qué hacer.
Cada decisión suya empeoraba la situación.
Precisaba un amigo, un consejero, alguien que en verdad lo ayudara a arreglar ese lío, necesitaba a Viviane.
«No huyo, exploro otras opciones, una perspectiva diferente».
Varios pueblos de la zona, afectados por las guerras mágicas, se recuperaban. A Ektor le agradó que no utilizaran numerosos sortilegios, como los brujos casi no pasaban por allí. Sin embargo, las villas eran muy pobres y sobrevivían con lo básico.
Mientras examinaba las pistas sobre Viviane, ejecutó labores de granja para los lugareños. Le sorprendió hallar cierta paz en las tareas que menospreció de niño.
—¡Eh! —lo llamó la mujer que le daba asilo a cambio de arreglar su cobertizo—. Hay alguien en la aldea con quien tal vez desees hablar, quizás sabe sobre lo que buscas.
Ektor se apresuró a finalizar las reparaciones y corrió al centro del pueblo, donde los escasos edificios incluían un bar. En él, encontró a un viajero que, de inmediato, identificó como un exsoldado.
—Hola —dijo y se sentó a su lado.
—Muchos vienen por aquí en busca de un dragón —gruñó el exmilitar—. Lo último que hice antes de abandonar el ejército. Años de adiestramiento, ocho guerras sobrevividas, para terminar mis días cazando animales. —Negó con la cabeza y bebió un trago—. No hallarán nada.
Ektor se mojó el labio con la lengua.
—¿Aún se realizan excursiones? —vaciló—, ¿nuestras?
El soldado lo miró de arriba abajo. Ektor estaba bastante seguro de que no lo reconocía.
—De todos lados, pero no encontrarán nada. Y tú tampoco. Pon tus destrezas a buen uso y ayuda a la gente de esta aldea.
—Lo intento —murmuró Ektor y suspiró.
—Hubo otra como tú por aquí hace unos años, falleció al dar a luz.
Ektor parpadeó.
—¿Perdón?
—Una de las tuyas, bastante débil, apenas logró terminar el embarazo, según dicen. A muchos les interesaba el bebé —eructó—, no creo que haya sobrevivido. Si no murió en el parto, habrá sido poco después. O sea, ¿quién querría criar a un niño imposible de manejar? Además…
—¿Dónde? —lo interrumpió Ektor—, ¿dónde ocurrió esto?
El soldado se encogió de hombros.
—Nadie sabe con exactitud, es el problema.
Ektor apretó los puños y se esmeró por suprimir su magia.
—Los rumores sobre esa hechicera surgieron de algún lado, ¿no?
El exmilitar volvió a contemplarlo un rato.
—Se comenta en unos ranchos no muy lejos de aquí, ya no son un pueblo, ahí quedan muy pocas personas. Hacia el sur.
—Gracias. —Ektor se levantó.
—Quizás no te guste lo que descubras.
Ektor titubeó.
—Gracias —repitió y salió del bar.
Pasó por la granja que lo alojaba para despedirse de la mujer luego de obtener indicaciones. Existían un puñado de casas hacia el sur y unas cuantas leyendas. Ektor partió esa misma noche y caminó hasta que ya no pudo moverse. Entonces, utilizó un hechizo para seguir andando.
—Viviane —musitó al distinguir unos edificios a lo lejos.