El imperio mágico: Ciclo Transformación. Libro 1 (Crónicas hechiceras 4) Capítulo VII
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Capítulo VII

—Cruzaste una línea —señaló la maga encadenada en uno de los sótanos del palacio.

—No —respondió Ektor—, ustedes la cruzaron. Años atrás, acordamos no practicar determinados sortilegios.

—Nos forzaron —intervino otro brujo inmovilizado—, tú y los tuyos; jamás fue una posición unánime.

Ektor apretó los puños. Los miembros de su cofradía compartían su visión y él creyó que, con el tiempo, habían logrado persuadir al resto, pero…

Inspiró profundo y trató de no mostrar su desilusión.

Observó a los hechiceros encadenados. ¿Trabajaban en contra del Imperio desde el principio? Relajó las manos y anunció:

—Permanecerán aquí hasta que…

—¿Qué? —indagó la mujer.

—Hasta que sea necesario —dictaminó Ektor y dio la espalda a los doce magos practicantes de lo prohibido.

Las investigaciones del general habían producido fruto en menos de una quincena y varios brujos ayudaron a apresar a los disidentes, algunos detrás de los recientes disturbios.

Sin embargo, Ektor no podía contar con el apoyo del resto de los hechiceros.

Estaban enojados por las últimas medidas.

Ahora sabían que él reprimió sus habilidades; solo los liberaba, de manera parcial, cuando se precisaban sus servicios en la ciudad.

Y para ello siempre los escoltaban soldados con espadas encantadas.

—No lograrás sostener esta situación a largo plazo —expresó el general, mientras ambos caminaban por los pasillos.

—Es temporal —murmuró Ektor e hizo una mueca; había repetido eso muchas veces, demasiadas.

—Debes tomar decisiones permanentes —lo urgió el militar—. Si no, la rebelión no terminará nunca.

—Precisamos magos —señaló Ektor—, el caos que causaría su ausencia…

—Pasará, como todo.

Ektor arrugó los labios.

—Pero mientras, se perderían vidas. ¿Y los reinos vecinos? ¿Acaso no aguardan un asomo de debilidad?

—No obtuvieron hechiceros, nos aseguramos de eso.

Ektor sacudió la cabeza.

—Necesito pensar.

—No te demores —aconsejó el militar—, la falta de acción de un líder fuerte representa un problema.

Ektor se mordió la lengua e ingresó en su oficina. Luego de trabar la puerta, caminó hacia la ventana. Añoraba alejarse de todo, al menos pocos días. Una nube oscureció el sol durante unos segundos y él se imaginó un dragón. Quizás…

—No —musitó—, eso crearía más dificultades. —Suspiró—. Tal vez, nuestra rápida desaparición sí convenga.

Inspiró y se dirigió a su escritorio. Examinó los papiros sobre él. Ningún asunto con el que deseara lidiar, excepto…

—Viviane —susurró.

—Cometes un error —expresó el general un día después mientras Ektor terminaba de preparar su mochila—. Cuando vuelvas, si regresas, ya no serás Emperador.

Ektor se encogió de hombros.

—Quizás… Tal vez, debí hacer esto desde un principio. Y disfrutaríamos de un lugar donde todas las personas…

—El mundo no funciona así —lo cortó el militar—. Aún actúas como un niño.

Ektor frunció los labios y consideró otra estrategia.

—Me ausentaré pocos días. Nadie tiene que enterarse.

El general apretó las quijadas y lo miró en silencio un momento.

—Ni siquiera sabes en quién puedes confiar.

—Quizás ahora lo descubra —respondió Ektor y se puso la mochila al hombro.

Había decidido viajar solo; le seducía la idea de pasar tiempo por su cuenta, sin que lo observaran. Su destino: el último lugar en el cual vio a un dragón… y a Viviane. Le llevaría un par de semanas. Si al regresar a la capital ya no fuese emperador…

—Igual nunca lo deseé —susurró.