Capítulo IV
Un mes después , temprano en la mañana, Ektor leía el último informe. La cantidad de gente desempleada había subido, incluso con el recupero de varias profesiones. Casi todos los asuntos se resolvían con magia.
Y, con abundancia de individuos desocupados, resultó natural que surgieran disturbios. Ektor trató de utilizar eso como excusa para aumentar el número de soldados; sin embargo, a nadie le gustó la idea de que incrementara su ejército.
Ektor suspiró.
—¿Por qué es tan difícil?
Salió de su habitación luego de unos minutos. Desde la semana anterior, el consejo se reunía dos veces por día. La mayoría de los asesores ya estaban en el cuarto.
—¿Aguardamos al resto? —preguntó una mujer cuando él entró.
—No —contestó Ektor, cansado de esperar a otros hechiceros.
—Los disturbios se extendieron a todos los barrios periféricos —informó el general—. Eso ocupa a la mitad de mis hombres; y con la tercera parte en el palacio, no quedan muchos para defendernos de cualquier amenaza externa.
—No podemos incorporar nuevos soldados —dijo Ektor y percibió que la fatiga lo llenaba.
—Actuemos nosotros —propuso un brujo.
—¿Usar magia contra nuestra propia gente? —Ektor se irguió en su silla y sus dedos echaron chispas—. No.
El grupo lo contempló en silencio y, después de unos minutos, él suspiró.
—Esto carece de sentido.
—En todos los reinos e imperios, siempre hay descontentos —expresó un civil.
—Esto es diferente —insistió Ektor—. Es demasiado y parece…
—¿Organizado? —dijo el general.
Ektor lo observó durante unos segundos y asintió. Luego miró alrededor.
—¿Dónde están Kyner y Nimue?
—Tenían otros compromisos —informó Howel.
—¿Más importantes que el consejo?
—Quizás ayudan a aplacar algún conflicto —sugirió un hechicero.
—O lo están creando —murmuró un civil.
—Basta. —Ektor se puso de pie—. Si no pueden dejar de pelear entre ustedes, buscaré a otros asesores.
—Giró hacia el guardia junto a la puerta—.
Traigan a Kyner y Nimue. —Paseó la mirada por el grupo—.
Alguien trata de desequilibrar el Imperio y necesitamos descubrir quién con rapidez, antes de que estalle un caos.
—Aún ni siquiera confirmamos si existen magos en los reinos vecinos… —comentó una hechicera.
—No me vendría mal recuperar a esos hombres —intercedió el general.
—¿Cuánto tiempo mantendremos encerrados a los exdesafiliados? —inquirió Howel.
Ektor apretó los puños mientras observaba cómo la reunión se descarrilaba. ¿Por qué les resultaba tan difícil enfocarse en un tema? Reprimió las ganas de suspirar y sacudir la cabeza.
Después de unos minutos, relajó los dedos y volvió a sentarse.
—No saldremos de aquí hasta que lleguemos a una decisión en conjunto —determinó—; luego se actuará en parejas mixtas, magos y civiles.
—¿Quién será la tuya? —preguntó un brujo.
Ektor vaciló.
—Él no la necesita —intervino el general—; en la estructura de mando, debe existir un líder claro.
Tras más de dos horas, no lograron hallar a Kyner y Nimue, ni siquiera se pudo confirmar cuándo abandonaron el palacio.
Ya en varias ocasiones habían llegado tarde a las sesiones del consejo, pero era la primera vez que faltaban.
Ektor se vio forzado a despachar soldados a sus residencias particulares.
Muchos brujos vivían en las moradas de los antiguos nobles, extintos dentro el Imperio actual.
Encontraron a Kyner muerto en su estudio y Nimue llevaba días sin pasar por su casa, sus criados no sabían nada de ella.