Capítulo III
—¿Qué haremos con los rehenes? —inquirió Nimue en la siguiente reunión de consejo.
—No son rehenes —dijo Ektor.
—Todos lo somos —murmuró Kyner.
Ektor suspiró.
—No discutiremos ese tema de nuevo. —Inspiró—. Hay muchos otros que requieren nuestra atención.
—Pongámoslos a trabajar —sugirió Howel.
Un individuo se removió en su asiento.
—¿Qué? —preguntó Ektor.
En general, si no les hablaba directamente, la mayoría de los civiles participaba poco en la conversación.
—La magia ya eliminó numerosas profesiones, mucha gente está desocupada.
—Perdón por facilitarles la vida… —expresó Kyner.
—Las familias no pueden alimentar a sus niños —señaló una mujer ordinaria—. Sin ellos, el Imperio acabará pronto.
Los brujos gruñeron.
—Nosotros tenemos hijos —murmuró uno.
—Pero no sobreviven —refutó ella.
—Basta —intervino Ektor, cansado de esas discusiones—. Debemos preservar la diversidad de profesiones, no permitiremos que el conocimiento se diluya o se olvide.
—La magia lo suple —expresó Nimue.
—Mejor contar con opciones.
—A mí no me importaría dejar de trabajar —comentó un hechicero.
Ektor lo ignoró y continuó hablando:
—Implementaremos un sistema que resguarde las profesiones y asegure una actividad laboral para todos.
Unos días después , llamaron a la puerta de su dormitorio pasada la medianoche. Ektor frunció el ceño, no solían molestarlo a aquella hora, había dado órdenes explícitas para que no lo hicieran.
Abrió y halló a dos asesores civiles.
—¿Podemos entrar? —susurró la mujer; el hombre lucía nervioso.
Ektor los dejó pasar y cerró la puerta.
—Cualquier tema oficial debe discutirse en conjunto —señaló Ektor; sin embargo, él ocultaba algunos asuntos y sospechaba que los demás también. Aun así, él trataba de minimizar la cantidad de secretos, ya resultaba difícil estar al día con los sucesos en el Imperio.
Los asesores intercambiaron una mirada y ella expuso:
—Sé que posees buenas intenciones, pero que tantas personas ordinarias trabajen para ti aumenta la desconfianza de los magos.
Ektor frunció los labios.
—A los hechiceros esas tareas no les interesan.
—No importa, solo ven una cosa: más civiles que brujos cerca de ti. Ya les fastidia que los superemos en número dentro del palacio.
—Así ocurre a lo largo del Imperio —manifestó Ektor cansado.
De nuevo, los consejeros cruzaron una mirada; luego habló el hombre:
—Se trata de una ocupación indigna.
Ektor se sorprendió.
—¿Perdón?
—Son sirvientes —explicó la mujer.
—¡No! —profirió Ektor—. Sus actividades se realizan en todos los palacios, lo investigué.
Ella apretó los labios.
—Como dije, buenas intenciones —inspiró—; sin embargo, el mundo no funciona así. La gente que trabaja para ti…
—Para el Imperio —la interrumpió Ektor.
—Tú eres el Emperador.
Ektor parpadeó y retrocedió.
—Yo no…, ¿emperador? No.
—¿Qué, entonces? —preguntó ella—. Tal vez, ahí yace el problema. Tu posición no está definida, ni la de los miembros del consejo. Necesitamos una estructura.
Ektor sacudió la cabeza.
—No tiene que ser complicado.
—Pero lo es —dijo el hombre y ambos asesores caminaron hacia la puerta—. Piénsalo. Mientras tanto, no tomes más personas a tu cargo.